

LA PAZ Y EL NOBEL SANTISTA
Juan Manuel Santos, hizo un uso abusivo de los recursos del Estado, cambió las reglas del juego electoral, permitió que los funcionarios públicos y altos cargos participaran en campaña, algo que estaba prohibido, comenzó la campaña antes de que el Consejo Nacional Electoral lo permitiera. Contó con la complicidad de los gremios empresariales, artistas reconocidos, deportistas y otros famosos.
Usó a figuras conocidas de los medios de comunicación nacional e internacional, incluyendo al analfa-político Papa Francisco. Pero la mitad del país le dijo NO a su proceso de paz. El congresista Jaime Felipe Lozada, quien fuera secuestrado por las FARC junto a su madre y un hermano, y que asesinaron a su padre a tiros en un atentado en el que él mismo resultó herido, dijo: «Se tiene que renegociar los acuerdos y las FARC tendrán que entender que el pueblo colombiano no acepta la impunidad y la participación política».
Lo mismo se preguntó el ex presidente Álvaro Uribe: ¿Por qué el Gobierno redujo el umbral electoral para esta ocasión del 50 al 13 %? ¿Por qué redujo las 297 páginas de los Acuerdos de La Habana a una sola pregunta? ¿Por qué negó recursos oficiales para la campaña del no? ¿Qué le van a decir a 140.000 presos que han cometido delitos menores cuando los mayores responsables de las FARC no tienen condena y pueden ser elegidos políticamente?
Uribe levantó un recorte de periódico con la imagen de un secuestrado de la guerrilla y prosiguió: «A la comunidad internacional le pregunto si un país democrático daría elegibilidad a alguien que puso un collar bomba a un secuestrado. A los jóvenes les digo la paz es ilusionante pero el texto de La Habana decepcionantes. Muchas gracias a todos».
El presidente colombiano Manuel Santos quiere legalizar la impunidad de cientos de miles de delitos atroces, de tortura, secuestros, decapitaciones, campos minados, gente mutilada, bombas en iglesias, restaurantes, pueblos, tráfico de cocaína, niños obligados a matar, violaciones de mujeres. 7,5 millones de desplazados, 280.000 muertos, 5 millones de expatriados.
Decía Álvaro D’Ors, en De la guerra y de la paz.
«La idea de la paz se ha convertido hoy en una idea obsesiva. Gobernantes responsables y simples ciudadanos, hombres de mala y de buena fe, pueblos vencedores y pueblos vencidos, todos tienen hoy ocupada la mejor parte de su actividad mental, por no decir ya de su actividad política, en la realización de ese concepto, la Paz, concepto tan ambiguo como apetecible, tan inasequible, según parece, como realmente buscado».
¿Pero, que se entiende por la paz? Existe una larga tradición filosófica-política, y numerosos los pensadores antiguos y modernos que se ocuparon de ella. La base de mi análisis parte de la tradición realista o realismo político, un realismo que no sostiene verdades inauditas, más bien la sabiduría filosófica política presente en la tradición política de Occidente.
Asentado en los nombres de Maquiavelo, Hobbes, Espinosa, Hegel, Clausewitz, Schmitt, Aron, Julien Freund o Gustavo Bueno, entre otros. Cualquier posición filosófica política sobre la guerra o la paz, depende de la concepción del Estado que se tenga y de las relaciones internacionales.
El conflicto es inevitable en toda sociedad humana política o prepolítica, y el conflicto entre Estados es inevitable, ya que todo Estado implica una expropiación de la tierra con respecto a los demás. Y en consecuencia implica así la existencia de otros Estados que se oponen a él. El conflicto es esencial a la existencia de la sociedad.
Julien Freund dijo en este sentido: «la paz finalmente no es más que un estado excepcional en la sociedad.» (Sociología del conflicto). Los Estados viven en estado de naturaleza, Hobbes así lo afirma en su Leviatán:
«Aunque ni siquiera haya existido nunca tiempo alguno en que los individuos particulares se hayan encontrado en una situación de guerra unos con otros, queda el hecho de que, en todos los tiempos, los reyes y las personas dotadas de una autoridad soberana se han encontrado animados a causa de su independencia, por una emulación continua y se han encontrado también en el estado y en la situación de los gladiadores: sus armas están apuntando y sus ojos fijos, unos sobre otros; yo quiero hablar de sus fuertes, de sus guarniciones y de sus cañones apostados en las fronteras de sus reinos, y de sus espías vigilando constantemente a sus vecinos; lo que es una actitud bélica».
Baruc Spinoza sostiene: «si un soberano ha prometido hacer por otro cualquier cosa y que, luego, las circunstancias o la razón parecen mostrar que esto es perjudicial para la salvación común de los súbditos, está obligado a romper el compromiso que ha aceptado.» (Tratado Político).
La distinción entre el orden interno y el externo siempre fue claro entre los filósofos clásicos. La humanidad no existe, aunque les duela a los progres, hasta ahora nadie me la ha podido presentar. Lo que existen son bandas, grupos, partidos, Estados y mientras la humanidad siga sin existir, existirá la diferencia esencial entre la política interior y la política exterior.
En el interior del Estado el poder político ostenta el monopolio legítimo de la violencia, Max Weber dixit, por si no lo sabe Juan Manuel Santos. Y en el exterior hay una pluralidad de centros de poder político. La esencia de lo político exige la distinción entre amigo y enemigo, y se da concretamente en medio del pluriverso político de Estados, «todas las civilizaciones llamadas superiores han hecho una distinción entre los miembros de la tribu (o de la ciudad o del Estado) y en el extranjero, así como entre las distintas clases de extranjeros». Raymond Aron (Paz y guerra entre naciones).
Los Estados siempre se comportaron así y continuaran de la misma manera, como a lo largo de la Historia. La guerra es la situación normal en la Historia. Por ello «Ningún sistema internacional ha sido jamás igualitario, ni puede serlo». Raymond Aron. La guerra forma parte de la civilización, de la naturaleza humana, y además es innegable la influencia de la guerra en el desarrollo de la civilización. «La verdadera razón de la perpetuidad de las guerras en la humanidad se desprende de la esencia de lo político». Julen Freund.
La guerra es un fenómeno presente en la Historia. Por tanto, no tiene sentido intentar justificarla o negarla, sólo tiene sentido en una charla de café, entre amigos o diletantes como divertimento seudo filosófico. Las guerras no son justas ni injustas. Hay guerra en el mundo igual que hay mal (no ontológico) en el mundo. La paz no tiene un valor superior en sí mismo, es más importante la libertad, la verdad, la dignidad.
Ambrose Bierce, en su genial «Diccionario del diablo», define así a la Paz: «En política internacional, época de engaño entre dos épocas de lucha». La paz es la pausa entre dos guerras, para que exista la paz es necesario que exista la guerra.
Por tanto la paz no es absoluta, es relativa y provisional. Los antiguos así lo entendían con razón. No existe la guerra perpetua por eso hay pausas y treguas. Y también por lo mismo la Paz perpetua es imposible, las guerras interrumpen los periodos de paz. En el momento que existen guerras, la paz se ubica entre dos guerras. No tiene ningún sentido la paz en un mundo sin antagonismos.
La paz como la guerra implica dos potencias hostiles. Y ambos son conceptos conjugados, los fines de la guerra son los fines de la paz. Ambos se exigen mutuamente. Al pensar en la guerra se piensa en la paz y viceversa, la paz se da a través de la guerra y a la inversa. Es un prejuicio el pensar a la guerra como algo externo a la paz. Ocurre, al contrario, que la paz no es la antinomia de la guerra.
Empíricamente la paz está unida al conflicto que se establece entre enemigos. El conocimiento de la paz está totalmente en el estudio de la guerra. Si quieres la paz, conoce la guerra, la paz descansa en el poder. El principio de la paz no es diferente del principio de la guerra. Si ensayamos el enlace metamérico entre los dos conceptos, a saber, el concepto de guerra y el de paz no conseguiremos grandes resultados de interés en cuanto a la verdad de sus planteamientos.
Todas estas reflexiones en torno a la guerra y la paz, están expresadas en Gustavo Bueno. Hay dos errores históricos a través del tiempo, para unos la paz se reduce a la guerra, Heráclito. Todo es guerra, es la madre de todas las cosas. Desear la guerra sin embargo es de insensatos dice Herodoto. Y otros que la guerra se reduce a la paz. Es el pacifismo progresista, kantiano. Es la inmovilidad parmenídea. Una sociedad sin cambios, sin movimiento es algo que resulta de todo punto imposible. Ahí tenemos la utopía platónica entre otras.
La conexión diamérica entre Guerra y Paz queda clara cuando se dice que la guerra es la continuación de la política por otros medios o la política es la continuación de la guerra por otros medios. La paz es también un instrumento de la política al igual que la guerra. La paz es la pausa entre dos guerras, incluso durante las guerras hay momentos de descanso, de agotamiento. Además, el enemigo subsiste durante la paz. Durante la paz hay una tensión prebélica o diplomática.
Aquí tenemos a Clausewitz, Julien Freund, Schmitt, Bueno, Raymond Aron, etc. La guerra y la paz son conceptos correlativos y no meros contrarios lógicos a decir de Freund. Ambas son formas de lucha, de conflicto. No existe la PAZ en abstracto o en el vacio, existe una paz determinada, la pax romana, la pax de Augusto, la de Alejandro, la pax soviética, la pax americana.
Aquellos que no entienden que significa la pax romana o las otras nombradas, creen que se trata de personas retozando debajo de un árbol esperando que caiga algún fruto. «Muchos autores han celebrado la pax romana. En realidad, se trata de la hegemonía secular de una ciudad que ha impuesto su paz a los pueblos conquistados sin poner fin a la guerra en las fronteras del Imperio, mientras que en el interior son patentes la sucesión de interregnos, de sediciones, de guerras civiles, de conflictos en las provincias y de revueltas generales». Julen Freund.
Sólo se llega a la paz mediante la victoria o mediante la derrota. Por eso el pacifista tiene que elegir a cuál de los contendientes apoya o perjudica. Por eso siempre opta en contra de una determinada guerra y de un determinado beligerante y a favor de una paz determinada y de un beligerante, lo quiera o no, lo sepa o no.
Quien lucha por la paz sin precisar nunca qué paz es un estafador o un agente al servicio de uno de los contendientes. El pacifismo no tiene nada de inocente. Según estos, la guerra y la paz se excluyen mutuamente. Sin embargo, toda la experiencia histórica manifiesta que a las guerras les sucede la paz y a la paz le sucede la guerra.
También los pacifistas, los místicos, la opinión pública, el vulgo, considera que una cosa es la guerra y otra la paz, conceptos ajenos el uno con el otro, como sustancias separadas. La paz y la guerra, están más allá del bien y del mal, son éticamente indiferentes. La paz es ante todo un postulado legal. Todos luchamos por la paz, por la nuestra, al servicio de nuestros intereses y necesidades.
Julen Freund cree que el verdadero problema de la paz es que todo el mundo dice quererla a condición de que sea como él quiera. «La paz perpetua o la de los pacifistas es una paz normativa, puramente lógica, ajena a las realidades de la existencia concreta, a los antagonismos, a las contradicciones, a las tensiones y, en general a las données (cantidad de valores) de la naturaleza humana». (La esencia de lo político).
Conviene por lo demás no hacerse muchas ilusiones sobre la paz que no repose sobre la fuerza de las armas, el miedo o ambas cosas a la vez. La paz existe por la amenaza de la guerra. El pacifismo es un factor bélico, implica tomar partido entre contendientes, significa meterse en el conflicto bélico. Bajo la apariencia de alejar el espectro de la guerra, se hace agente de uno de los dos campos que están considerados como enemigos virtuales.
Las doctrinas pacifistas, lo dice Freund «no son más que la tapadera destinada a camuflar con una aparente nobleza de ideas los designios de una potencia política». (La esencia de lo político). Buscando la paz amenaza la tranquilidad pública, la eutaxia política del Estado. Pasa a ser una enfermedad política, una anomalía que amenaza la paz pública y los intereses políticos de la comunidad.
Es más popular la paz que la guerra en la opinión pública y cualquier demagogo progresista pueda utilizar la lucha por la paz, con la demagogia sentimental y eticista como bandera, para perseguir sus inconfesables fines. La paz es una forma de lucha, y la firma del tratado de paz no anula al enemigo. La falta de una teoría acerca de la guerra conduce al pacifismo a forjarse una idea impolítica de paz.
El idealismo cree en el progreso y que ese progreso lo llevará inexorablemente hacia la paz. Demoniza la guerra y considera la paz como algo bondadoso y positivo para la Humanidad. Tiene una concepción positiva y buenuda de la naturaleza humana. Creen que lo que existe es colaboración más que lucha, intereses complementarios más que antagónicos.
Buscan la racionalidad y la moralidad internacionales, y sostienen que hablando se entiende la gente. Que la paz es un fin en sí mismo y que la guerra es algo maligno. La mayor dificultad para la paz es la incapacidad teórica para comprender la guerra o entender al enemigo. Parece ser que ese «clamor universal» por la paz, es la voluntad madura y civilizada de parar definitivamente la guerra, y, por tanto, sobreponiéndose a las edades de la barbarie.
Pero detrás de las fórmulas que expresan emic los objetivos de los manifestantes «Por la Paz», «No a la Guerra», actúan otros intereses, no por ello siempre ilegítimos. Simplemente enmascarados, o encubiertos, por las fórmulas explícitas: «Por la Paz», «No a la Guerra». Y esto es lo que hace que el término Paz sea confuso, puramente ideológico.
Unos entienden la paz como Paz Cristiana, la paz de la Ciudad de Dios, muy lejos de la Ciudad terrena. Otros sobreentienden la paz como la paz propia del estado de Bienestar vinculado al orden capitalista, y habrá quienes sólo entiendan la paz como la propia de una sociedad comunista.
Los que sostienen posturas éticas. Entendiendo aquí por ética a un conjunto de normas definidas, no ya por el origen de su fuerza de obligar (ya sea la conciencia autónoma, ya sean los mandamientos divinos) sino por su objetivo. Y este objetivo que no es otro sino el de la promoción de la vida de los sujetos corpóreos, de la propia y de la ajena (el valor o virtud fundamental de esta ética materialista es la fortaleza, que se constituye en firmeza, cuando se aplica a uno mismo, y en generosidad, cuando se aplica a los demás).
El mal ético por antonomasia es producir la muerte a alguien. Por ello se comprende que, desde una perspectiva ética, la guerra haya de ser condenada. Pero hay que tener presente, que además de las normas éticas existen y actúan las normas morales y las políticas, orientadas a promover la vida de los grupos sociales, de las bandas, de las familias, de los partidos políticos, de los Estados.
Y aunque muchas veces las normas éticas y las morales o políticas son compatibles, muchas veces entran en conflicto objetivo, que en vano se intentará disimular. Desde lo ético hay que dar acogida a cualquier inmigrante, legal o ilegal, ya que es un sujeto corpóreo.
Pero desde el punto de vista económico político, el aumento incalculable del volumen de inmigrantes que, a golpe de ética, llegase a sobrepasar ciertos límites arruinaría la economía nacional, y obligaría a dejar en suspenso el ejercicio de las normas éticas. Decir que «La guerra es inmoral» (correctamente sería: «no es ética»), estaría bien para alguien que no ha superado el estadio ético. Pero un político que condena la guerra apelando a su conciencia ética ipso facto deja de actuar como político, y se aparta de la prudencia política.
Muchos amantes de la paz, en realidad aborrecen el servicio de las armas (fueron o son objetores de conciencia, etc.), no precisamente por motivos éticos sino hedonistas, por la simple voluntad de «disfrutar de la vida». Y un principio así unilateralmente aplicado raya con el idealismo de adolescente, con el cinismo, con el egoísmo, la hipocresía o con la estupidez. ¿Acaso puede olvidar alguien que para disfrutar en paz y en libertad de los bienes y valores del estado de Bienestar, así como para «crear» obras culturales, hace falta petróleo y alimentos, misiles y policías?
¿O es que se pretende, en nombre de una supuesta armonía universal, que otros hagan el trabajo sucio (de policías, o de soldados), a fin de poder disponer de una plataforma desde la cual seguir disfrutando de la vida, o segregando los más puros sentimientos de ética pacifista? Los apolíticos llaman amigos de la guerra a quienes no miran con el ojo de la ética o del disfrute, sino con el ojo de la política, al margen de la cual ni siquiera la ética o el disfrute serían posibles. Desde la perspectiva de la ética la guerra no está justificada. Pero no desde la perspectiva de las normas políticas o morales.
Pero lo fácil es negar el conflicto, tratando de subordinar las normas políticas a las normas éticas. Sin embargo, quienes, viviendo en un estado de bienestar (aquel en el que vive el Papa, o la mayor parte de los artistas o intelectuales del presente) adoptan la actitud de la pureza ética, es porque dejan de mirar a quienes hacen el trabajo sucio de asegurar las condiciones de la sostenibilidad del estado de bienestar.
El pacifismo es una formidable arma psicológica en la guerra o una formidable arma de la demagogia política contra el Gobierno, o contra una parte de la sociedad. El pacifismo es muchas veces un peón en la estrategia de los enemigos del Estado. Ser pacifista no es lo mismo que ser pacífico.
En cualquier caso, el debate sobre la paz o la guerra hay que plantearlo en el terreno político, plantearlo sólo en el terreno ético es una decisión que tiene que ver con la mala fe (en el sentido de Jean-Paul Sartre) e insuficiente. Y el debate en el terreno político depende de premisas complejas como para poder resolverlas desde el sentimentalismo barato o el psicologismo.
Uno de los mayores errores de Karl Marx y los marxistas, fue asignarle a la lucha de clases un papel que no le corresponde. La Historia Universal más que una lucha de clases es una lucha entre Estados. La dialéctica militar entre Estados es superior a la dialéctica entre clases, la Historia con mayúscula es la historia de las incesantes luchas y guerras entre las unidades políticas estatales. La lucha de clases es un factor causal menor en comparación con la lucha internacional.
La guerra entre Estados fue y son más numerosos, influyentes y más potentes, que los conflictos entre clases dentro de los Estados, y tiene mayor poder de transformación histórica. Un Estado debe temer más a otro Estado que a los conflictos internos. El marxismo menospreció el papel de las guerras entre Estados en la Historia Universal y así les fue.
El marxismo le dio a la lucha de clases en cada Estado más importancia histórica y política que la lucha armada entre Estados. El marxismo es una filosofía de la guerra en el sentido que postula la guerra civil entre clases dentro de un Estado, aunque advierte que la lucha entre Estados distrae al proletariado internacional de su misión histórica. Quiso convertir la guerra entre naciones en una guerra social y civil entre clases.
Sin embargo, la Guerra Fría (1945-1991) y la historia de la Unión Soviética (1917- 1991) demostraron que el marxismo era una filosofía de la guerra, aunque bajo la máscara de la paz y de la lucha por la paz, por lo que se demuestra la íntima ligazón existente entre la guerra y la paz. La lucha por la paz era la lucha por la victoria por otros medios.
El interés imperialista de la Unión Soviética estaba por encima de los presuntos intereses del proletariado internacional, proletariado que por otra parte brilla por su ausencia. Los marxistas de principios del siglo pasado, eran internacionalistas y pretendían oponerse al imperialismo capitalista.
La lucha propuesta fue una huelga general revolucionaria, antimilitarista y antiimperialista contra la movilización general antes de 1914 en previsión de que estallara la Primera Guerra Mundial, cosa que finalmente ocurrió. Sin embargo, los hechos demostraron que tales planteamientos ideológicos eran mera retórica. En tiempos de guerra todo el mundo se vuelve nacionalista y patriótico. Así fracasó la socialdemocracia en 1914. Moviliza más el interés nacional que la Idea del Proletariado Mundial como Clase Universal.
La paz y la guerra se deben considerar a escala de los Estados, porque son asuntos políticos. No hay guerra entre hombres o entre individuos, y tampoco hay paz entre hombres. «La guerra no es asunto de los militares y la paz de los sabios, sino que la guerra y la paz son ambas asuntos de la política». Julien Freund. Los que enfocan el problema de la guerra y de la paz desde la perspectiva de la ética, cometen un craso error y por eso no se enteran de nada. Y concluyen que la guerra es irracional desde esta perspectiva errónea.
Para Clausewitz la guerra no es un acto ciego, sino un acto dominado por un diseño político. La guerra está al servicio de la eutaxia política del Estado, y la política es el medio material del desarrollo de la guerra. El fin del militar es la victoria, pero el político debe construir la paz que garantice la seguridad y la concordia. Por eso la paz a cualquier precio es políticamente nefasto, la guerra es un asunto claramente político:
«Todo antagonismo u oposición religiosa, moral, económica, étnica o de cualquier clase se transforma en oposición política en cuanto gana la fuerza suficiente como para agrupar de un modo efectivo a los mismos hombres en amigos y enemigos». Carl Schmitt (El concepto de lo político).
Es un gran error confundir al enemigo público con el enemigo personal. El enemigo personal siente hacia nosotros odio y resentimiento, mientras que el enemigo público en general no está animado por malos sentimientos, pues la mayor parte de las veces no le conocemos personalmente. Las guerras modernas son cada vez más impersonales, generalmente a distancia, eliminan la fase etológica, ya casi no se ve la cara al enemigo, no hay más luchas cuerpo a cuerpo a «bayoneta». El odio en la guerra no existe a decir de Hegel. La guerra es un asunto de profesionales y del ejército.
La ética es superada por la moral y por la política cuando se analiza las relaciones internacionales y la guerra. No se deben aplicar principios éticos a problemas políticos entre Estados. Conviene considerar a la guerra como algo racional. Como dice Hegel, hay que tratar de investigar la porción de racionalidad que hay en la guerra. La paz se hace con el enemigo, no con los amigos.
La guerra no es la supresión de las relaciones entre Estados, sino una situación especial de las mismas. Si el hombre de Estado no se porta de acuerdo con la razón de Estado, entonces es un incompetente, un traidor, falta a los deberes de su cargo. Como afirmaba Julien Freund, si el enemigo te elige como enemigo, entonces no te queda más remedio que hacerte cargo de tal enemistad. No se puede actuar como si el enemigo no existiera.
Los clásicos decían que el objetivo político supremo es la paz. Julien Freund matiza mejor, sostiene que el fin de la política no es la paz, sino la seguridad exterior y la eutaxia política. Raymond Aron, decía que «La paz se nos aparece, hasta el momento, como la suspensión, más o menos duradera de las modalidades violentas de la rivalidad entre unidades políticas. La paz depende de la fuerza de los diversos Estados». Y distinguía según las relaciones de fuerza entre los Estados tres tipos de paz.
Una Paz de equilibrio, en donde las fuerzas de las unidades políticas se encuentran en equilibrio. La Paz de hegemonía, en que las fuerzas de las unidades políticas estatales están dominadas por las de una de entre ellas. Y la Paz de Imperio, en las que las fuerzas de las diversas unidades políticas estatales se ven sobrepasadas por las de una de ellas, hasta el punto de que todas las unidades, salvo una, pierden su autonomía y tienden a desaparecer como centros de decisiones políticas. El Imperio se reserva el monopolio de la fuerza física y la paz imperial se torna en paz civil.
A estos tipos de paz convencionales, según Aron, hay que agregar a las armas nucleares de destrucción masiva nuevos tipos de paz desde 1945. La paz por el terror es una típica paz durante la guerra fría (1945-1991). Es la paz que reina entre unidades políticas que tienen la capacidad de ocasionar daños mortales, o la destrucción mutua asegurada. Julien Freund sostiene tres principios en torno a la guerra y la paz política. Primero, la guerra está subordinada a la política, es el político quien designa al enemigo. Segundo, la guerra es la posibilidad límite de la política, la última ratio, y finalmente, la política y la guerra dependen de la voluntad de los contendientes.
La guerra es el medio extremo para resolver antagonismos que han alcanzado un cierto grado de intensidad. La guerra no puede someterse al derecho, «Inter arma silent leges». Cuando las armas hablan, callan las leyes. (Michael Waltzer). Un elemento fundamental de la guerra es el aumento del poder, el deseo de modificar una relación de fuerzas concreta, un determinado equilibrio de poder. Cada Estado tiene sus propios intereses y, por tanto, su definición propia de paz.
Cuando hablo de Paz, no estoy hablando de «la paz del alma», de la paz interior, o aquellas que alcanzan las damas haciendo yoga, o la paz de los cementerios, la paz del reino de los cielos, del vaticano u otras religiones, que es lo más antipolítico. Y es de mala fe, poner a un lado «los que están a favor de la paz» y al otro «los que están a favor de la guerra», y menos aún pretender correspondencia entre la paz y la «Izquierda» y la guerra con la «Derecha». Sobre todo, cuando la Izquierda hace su aparición en la Historia, con la guillotina debajo del brazo.
Lo que ocurre es que no existen «amigos de la guerra» más que entre enfermos mentales o idiotas. La clase de los amigos de la guerra es prácticamente la clase vacía. Los apolíticos llaman amigos de la guerra a quienes no sólo miran con el ojo de la ética o del disfrute, sino correctamente con el ojo de la política, al margen de la cual ni siquiera la ética o el disfrute serían posibles.
Tampoco existen los «amigos de la paz» como una clase homogénea, según hemos dicho. Los amigos de la paz capitalista son enemigos de los amigos de la paz socialista o comunista, los amigos de la paz china entran en conflicto con los amigos de la paz islámica.
La tradición de las izquierdas definidas (respecto al Estado) nunca fue pacifista. La corriente «pacifista» soviética (quinta generación), fue una estrategia para contener al enemigo norteamericano, que disponía de la bomba atómica, primero la de fisión y después la de fusión. Las izquierdas definidas más realistas usaron el pacifismo para frenar la superioridad del enemigo, pero nunca fueron pacifistas en realidad.
El nuevo movimiento pacifista fundamentalista que vemos en nuestros días, es propio de un nuevo tipo de izquierdas indefinidas (respecto al Estado), no ven al Estado como parámetro y se desplazan en el vacío político, como escritores, artistas, animalistas, ecologistas, ONGs, vanguardistas, los progres en general, etc.
La Paz política, la que realmente importa como homo políticus que somos, es «El orden impuesto por el vencedor». La paz pactada por Manuel Santos, es una bajada de pantalones ante las FARC, es aceptar el orden que este grupo narco-guerrillero no pudo conseguir con las armas. Y todo cocinado en La Habana.
El Comité noruego acaba de otorgar el premio Nobel de la paz, al presidente Juan Manuel Santos, lo sorprendente es que reconozca a Santos por el «acuerdo de paz» y excluya a la otra parte. Al líder de la narcoguerrilla Rodrigo Londoño, alias Timochenko. El criminal de las FARC, formaba parte de la misma candidatura que Santos.
Hay muchas especulaciones en torno al premio, algunas versiones sostienen que el premio ya estaba encargado y pagado antes del referéndum. Y que luego del NO, el Comité dio marcha atrás, por razones morales. Esto no es creíble, de hecho el Comité noruego otorgó el premio a muchos criminales, como para no otorgarle a uno más. Que sólo una de las partes sea reconocido, en un supuesto acuerdo de paz entre dos partes enfrentadas, el Estado y la guerrilla.
¿Esto puede ser un buen acuerdo, considerar a Santos, como el que más esfuerzos hizo? Que en política se traduce, como más cesiones hacia los narcoterroristas. Es decir, están apoyando y reconociendo a un «Estado» que se rinde y claudica ante una banda dedicada al asesinato masivo, al secuestro, a la extorsión, al narcotráfico en complicidad con la cúpula del socialismo del siglo XXI, del comandante Chávez, Maduro y Diosdado Cabello.
Antes de finalizar quiero recomendar el libro de Gustavo Bueno Martínez: La vuelta a la caverna. Terrorismo, Guerra y Globalización.
7 de octubre de 2016.