

Cuadernos de Eutaxia, 49
LA CONTRAOFENSIVA Y EL FINAL DE MONTONEROS


El empresario Francisco Soldati, fue blanco de los terroristas Montoneros el 13 de noviembre de 1979.
En el mes de enero de 1980 la cúpula de Montoneros aun existente, es decir, Mario Firmenich, Roberto Perdía, Raúl Yaguer, Fernando Vaca Narvaja, Horacio Campiglia y Eduardo Pereira Rossi, tomó la decisión de continuar con la contraofensiva, continuando con la estrategia iniciada en octubre de 1978 y que había continuado hasta 1979 apoyado en el ingreso clandestino de militantes desde el exterior. Una vez más, como todos los análisis realizados por Montoneros de la situación política-militar era totalmente equivocada. Ellos creían que el gobierno militar estaba en crisis, y que existía una interna militar debido a los modelos económicos, cosa que podía ser cierto, pero eso de ninguna manera significaba que ellos podían liderar esos descontentos o que fueran la solución.
Desde La Habana en 1980, ellos se sentían la «vanguardia del pueblo en su lucha por la liberación», para llegar a esa estúpida conclusión se basaban a que los tres atentados subversivos realizados por células montoneras habían tenido bastante promoción en los medios, que fueron realizados entre septiembre y noviembre de ese año, y la vinculación de Montoneros con los palestinos. Simultáneamente se comenzaron a dar las disidencias internas como la de Rodolfo Galimberti y Juan Gelman, sumado a esto las numerosas víctimas de Montoneros durante la contraofensiva, y la escisión se producía contra la continuación de la estrategia.
La segunda contraofensiva comenzó en febrero de 1980, fue la última estrategia organizada por la guerrilla en el país y el final de la opción armada Montonera. Estrategias que habían crecido amparados en la revolución cubana de 1959. Los tres últimos atentados de Montoneros habían sido cubiertos por la prensa y se hacía notar su vínculo con los grupos terroristas palestinos. A la disidencia de Galimberti de 1979 se sumaría Juan Gelman y los familiares de las víctimas montoneras a la llamada Contraofensiva. La segunda Contraofensiva comenzó en febrero de 1980, y fue la última opción armada de Montoneros en el país.
La aceptación del fin de la via armada que había crecido al amparo de la revolución cubana no fue una decisión de la conducción de Montoneros, sino que fue la aceptación del fracaso de su acción militar, de sus decisiones políticas, de la imposibilidad material de lograr la toma del país por la guerra revolucionaria. Algo más, la Contraofensiva de 1980 prescindió de su aspecto armado. Para febrero de 1980 había sufrido dos secesiones internas y había quedado al borde de su disolución, la muerte de muchos refrentes históricos en la Contraofensiva de 1979, y muchos sobrevivientes se mostraban contrarios a prolongar la lucha armada. Para mayo de 1980 Montoneros no contaba con más de veinte cuadros armado y otros veinte simpatizantes.
El golpe de Estado de 1976 fue un punto de quiebre para la estructura de Montoneros, con pérdidas humanas y secuestros. Según las estimaciones de los servicios de inteligencia del Estado para 1977, apenas contaba con 600 militantes, de los cuales la poco menos de la mitad había abandonado el país.
En ese contexto, a fines de 1976, la cúpula Montonera definió preservar a sus militantes y sus jerarquías al permitir la salida orgánica del país, lo que abriría una nueva etapa para la agrupación. La «retirada estratégica» en el exterior trastocó las experiencias de los militantes y su vínculo con el país, lo mismo que redefinió el marco de acción de la política.
Al partir hacia el exilio, el Consejo Nacional de Montoneros encabezado por Mario Firmenich reorientó la política, habilitando tareas novedosas no armadas, como la denuncia de los llamados crímenes de la dictadura militar desde los organismos y redes que se habían conformado en el extranjero. México y Madrid fueron las ciudades principales. En Roma, el 20 de abril de 1977, se presentó el Movimiento Peronista Montonero (MPM) como parte de la nueva etapa.
El exilio fue un reorganizador de lealtades. Cuando llegaron al extranjero, la mayoría se desvinculó, pero hubo otros que se acercaron a la organización desde el extranjero. Sin embargo, la persistencia de la estrategia político-militar de Montoneros, el afán de centralización en la conducción de los exiliados y las diferencias en torno a cómo enfrentarse a la dictadura generó rápidamente conflictos y fracturas en las redes de solidaridad.
«A partir de octubre 1978 empiezan más tensiones entre los requerimientos de la denuncia humanitaria y los designios de la revolución por construir», apunta Confino. «Hubo militantes que acordaban con la legitimidad de la violencia política contra la dictadura, pero que aun así en el exterior se dedicaron a denunciar los crímenes. Para los dirigentes, la política de derechos humanos podía ser ‘instrumental’. Eso no quiere decir que otros damnificados directos en el extranjero tuvieran la misma concepción», agregó.
Hernán Confino cuestiona la hipótesis del supuesto «desvío militarista» de la agrupación, que arranca en 1974, y que habría sido lo que empujó a la Contraofensiva. Por eso, a diferencia de otros textos sobre el tema, la investigación del autor reconstruye otras dimensiones del «contragolpe» revolucionario a la dictadura, como el accionar propagandístico que se desplegó en esos años. No todos «fueron soldados» en la Contraofensiva, ni se vieron forzados a realizar prácticas bélicas. Algunos, de hecho, tampoco tuvieron formación militar.
«La organización siempre mantuvo una dimensión pública y de masas. La política y la violencia no eran dos componentes antagónicos para Montoneros. La política no prescindía de la violencia, y la violencia que se utilizaba tenía marcas políticas. Esa mirada antagónica surge con la restauración democrática en Argentina», reflexionó el investigador.
En 1978, el gobierno encabezado por Jorge Rafael Videla comenzó a mostrar signos de desgaste. El síntoma era el aumento de los conflictos sindicales y las huelgas. En ese contexto, la conducción de Montoneros resolvió, ya instalada en México, pasar de la «defensiva estratégica» a una Contraofensiva popular.
La Contraofensiva de 1979 fue protagonizada por un centenar de militantes, que integraban los dos destacamentos del Ejército Montonero: las Tropas Especiales de Infantería (TEI) y las Tropas Especiales de Agitación (TEA). Los voluntarios se reclutaron en México y España, pero las TEI se entrenaron en el Líbano a raíz de una alianza con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).
El objetivo de las TEA era ponerse en contacto con dirigentes gremiales combativos y realizar transmisiones clandestinas para interferir en las señales de televisión de los barrios populares y difundir los comunicados de la organización. Por su lado, las TEI debían atentar contra funcionarios del Ministerio de Economía del gabinete Martínez de Hoz, Juan Alemann, Guillermo Klein y Francisco Soldati.
Para la dirigencia de Montoneros, la Contraofensiva se sustentaba en un conocido documento interno de la agrupación que apuntaba a que Montoneros, de permanecer en el exilio, «podía dejar de ser una alternativa política para las masas en Argentina». Al definir la Contraofensiva, la conducción de Montoneros ya transitaba tensiones internas, en especial con la regional de la Columna Norte. Los desacuerdos involucraban los reclamos por la pérdida de independencia que habían sufrido las «columnas» desde el retorno de la organización a la clandestinidad, la conformación del «partido leninista» y la exposición de los miembros ante el accionar represivo.
En febrero de 1979, el sector disidente encabezado por Rodolfo Galimberti y Juan Gelman sinceran la ruptura, en claro desafío hacia la cúpula montonera. Este grupo es considerado desertor y condenado a muerte por el mando revolucionario. La impugnación arrojaba una imagen de una organización partida, señala Confino en su trabajo, entre los deseos y órdenes de la cúpula dirigente y los militantes de base.
La fractura no impidió que la conducción continuara adelante con la Contraofensiva. Pero los conflictos y diferencias que se venían arrastrando desde entonces se materializó durante el despliegue de las tropas de infantería y de agitación, con nuevos desacuerdos y desobediencias. A ello se sumó que no había forma de procesar las diferencias internas: cualquier aporte crítico podía ser visto como una traición. El miedo individual de los militantes, según los testimonios y reportes internos, exponía el escaso convencimiento que rodeaba a las acciones y de la sensación de peligro constante que involucró la vuelta.
En la primera operación, Montoneros atacó con bombas la casa de Guillermo Klein, que era Secretario de Estado de Programación y Coordinación Económica. Klein y su familia lograron salvarse. También hubo un intento de asesinar a Juan Alemann, secretario de Hacienda. El atentado también fracasó en su objetivo. El empresario Francisco Pío Soldati, director del Banco de Crédito Argentino y otro de los blancos montoneros, murió en uno de los ataques. Ese saldo fue más negativo para la guerrilla: hubo varios muertos, heridos y desaparecidos a raíz del traspié con una bomba.
Pese a los magros resultados de la primera contraofensiva, la conducción mantuvo su decisión de continuar con las incursiones armadas. Inspirada con la revolución sandinista e iraní, planificó una segunda ola para 1980.
En ese contexto, el conocido episodio del incendio del guardamuebles de Belgrano, ocurrido el 27 de diciembre de 1979 en la calle Conde 2400, dejó en claro la eficacia de la dictadura. El aparato represivo había encontrado el escondite de las armas y de los equipos de interferencia que había ingresado Montoneros, y los destruyó. En solo 3 días, detuvieron diez militantes en la segunda ola apenas ingresados al país. Los arrestos siguieron hasta mayo, completando un total de 20. La mayoría de los caídos eran sobrevivientes de la primera ola.
«Después de la Contraofensiva, la organización quedó prácticamente desarticulada. Algunos dirigentes pudieron quedarse en extranjero, y permaneció la revista Vencer, pero cada vez va a quedando más claro a principios de la década de 1980 que ningún actor político de Argentina tenía mucho interés en Montoneros de cara a la transición a la democracia», reconstruye Hernán Confino.
Para marzo de 1980, el último operativo de Montoneros había concluido. Los servicios de inteligencia del Estado calculaban, por entonces, que había 10 simpatizantes de la organización en el territorio. Del centenar que viajó desde el exilio, la estrategia finalizó con 84 militantes asesinados, secuestrados y desaparecidos. «Montoneros en ningún momento lanzó un comunicado abandonando las armas; fue más que nada darse de frente contra una imposibilidad. Si fuera una canción, la desarticulación de Montoneros sería una apagándose, una suerte de fade-out», concluyó el historiador.
La Contraofensiva montonera fue un fracaso desde todo punto de vista. El último atentado de la Contraofensiva militar de Montoneros se produjo el 13 de noviembre de 1979 e intentó reparar todos los errores de las dos operaciones anteriores, contra Guillermo Walter Klein, secretario de Coordinación y Programación Económica, al que se le redujo su casa a escombros y sobrevivió junto a su familia, y a Juan Aleman, al que se atacó con ametralladoras y una granada antitanque, y a las dos horas estaba en su despacho de la Secretaría de Hacienda.
El último atentado se produjo seis días después que el de Aleman y se ejecutó en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, sobre la avenida 9 de Julio, a diez cuadras del obelisco. El blanco elegido fue un componente de uno de los grupos económicos que apoyaba la gestión de José Alfredo Martínez de Hoz, el empresario Francisco Soldati, que hasta hacía cinco meses había sido presidente de la compañía de electricidad Ítalo Argentina.
Soldati era hijo de un emprendedor suizo, dueño de un holding, ligado a Martínez de Hoz. Soldati, como Martínez de Hoz, era miembro del Consejo Empresario Argentino (CEA) y formaba parte de la llamada «la patria contratista», empresarios acusados por Montoneros de un supuesto vaciamiento del Estado. Aquella mañana del 13 de noviembre de 1979, a las 10:40, el Torino que trasladaba a Francisco Soldati fue encerrado primero por un Peugeot 504 y luego embestido por una camioneta pick up Ford. Todo había sido cuidadosamente estudiado y planificado.
En los días inmediatamente anteriores, los comandos montoneros habían fallado en dos atentados destinados a matar a dos funcionarios de Hacienda, Guillermo Walter Klein y Juan Aleman, que salieron ilesos de sendos ataques guerrilleros. Esta vez, el comando que intervino estaba decidido a no fallar, pese al escenario elegido para el atentado sobre la calle Cerrito entre Arenales y Santa Fe. El empresario Francisco Soldati vivía con su familia en Cerrito 1364, y todos los días era llevado por su chofer a su oficina en la Sociedad Comercial Del Plata. Un trayecto breve, hasta la sede de la empresa, en el Bajo.
En el operativo guerrillero participaron doce personas en total. Los movimientos y el desplazamiento del empresario habían sido cuidadosamente estudiados para organizar el ataque. Francisco Soldati no era funcionario del gobierno, pero tenía vínculos empresariales con José Alfredo Martínez de Hoz, por entonces ministro de Economía. Inmovilizado el vehículo de Francisco Soldati en la calle Cerrito, tres Montoneros armados con fusiles AK47 y ametralladoras UZI saltaron de la camioneta y abrieron fuego contra el automóvil Torino, dos desde adelante y un tercero desde la puerta trasera derecha, matando al empresario y a su chofer custodio.
Una segunda fase de la operación consistía en colocar una poderosa bomba de retardo debajo del vehículo donde yacían muertos el empresario y su chofer. El objetivo era que explotara 20 minutos después, cuando los atacantes calculaban que efectivos de la policía o funcionarios podrían acercarse al lugar. Pero la integrante del grupo que debía colocar la bomba debajo del Torino trastabilló al descender de la pickup y el artefacto explotó provocando una detonación que lanzó con violencia clavos y otros proyectiles hasta un radio de 50 metros.
La explosión provocó que se esparcieran volantes que decían: «A Martínez de Hoz y sus personeros los revientan los Montoneros». El Torino se incendió y la columna de fuego y humo se elevó a diez metros de altura. Desde la ventana de una habitación del Hotel Embajador, observaba el atentado contra Soldati, era el jefe de toda la operación, Raúl Yager, miembro de la conducción de Montoneros.
La Operación fue conducida por el teniente primero Montonero «Chacho». Era el jefe del grupo TEI (Tropas Especiales de Infantería) número 3. Un tipo joven, no superaba los 30 años, pero con mucha experiencia militar. Había sido trabajador del gremio del Estado y asumió como propia la resistencia contra el gobierno militar. Había integrado el Grupo Especial de Combate del Ejército Montonero entre 1976 y 1977, después se entrenó́ en España y Francia, lanzó los cohetes RPG7 contra el edificio del Comando en Jefe del Ejército y la ESMA durante el Mundial ‘78 y luego instruyó a las tropas del Grupo 3 en Siria.
Con los integrantes del auto de apoyo, un Peugeot 504 gris que debía obstaculizar el vehículo de Soldati cuando cruzara la Avenida 9 de Julio, el pelotón Montonero estaba integrado por doce combatientes. Soldati ya había sido chequeado. Vivía en Cerrito 1364, todas las mañanas se dirigía a su oficina en la Sociedad Comercial Del Plata, a pocas cuadras de su edificio, en el Bajo porteño. Viajaba en el asiento trasero derecho de un Torino, con un policía que actuaba de chofer.
Pero a diferencia de los grupos TEI 1 y 2, que no cumplieron con los objetivos de sus operaciones, pero preservaron sus vidas, lo que sucedió́ con el tercer pelotón tuvo consecuencias peores. El uso de una bomba de retardo estaba a cargo de «Irene» o «La Negra». Había sido una de las más agiles en la instrucción militar en el campamento montonero instalado en el sur de El Líbano, tenía casi el mismo nivel de los guerrilleros del Chad, que tiraban una soga y saltaban una pared en cuestión de segundos.
«La Negra» había tomado cursos de medicina y sanidad en un hospital de Beirut. La explosión prematura hizo volar toda la estructura trasera de la camioneta. Granadas, armas largas y de puño, proyectiles y clavos «miguelitos» quedaron esparcidos en un radio de cincuenta metros. La onda expansiva de la bomba también impactó sobre el vehículo de Soldati y su chofer Ricardo Duran, que ya estaban muertos. También conmovió al pelotón. Los tres montoneros que habían cumplido con la misión de aniquilar a Soldati quedaron aturdidos y desconcertados. Aturdidos a tal punto que Chacho perdió la audición de un oído. Tan desconcertados que ninguno de los tres recordaba dónde estaba el Peugeot 504 gris, que era uno de los vehículos de la retirada.
En medio del desastre, primero corrieron hacia el oeste, en dirección a la calle Cerrito, que corre paralela a la 9 de Julio, pero luego retomaron hacia el norte, hacia la playa de estacionamiento que ocupaba un sector de la avenida. Cuando un Peugeot 404 color ladrillo, conducido por una mujer que todavía tenía el ticket en la mano y se disponía a iniciar la maniobra de estacionamiento, apareció́ a la vista del grupo, se abalanzaron sobre él, hicieron descender a la conductora en forma vehemente, tirándole del pelo, con tanta desgracia que les quedó una peluca rubia en sus manos.
El Peugeot 404, que tenía poca nafta y muchos problemas de carburación, tomó por Arenales y luego giró hacia el norte, para perderse por la avenida Libertador. Chacho se fue sacando la piel de la cara que había quedado quemada para que no se advirtiera que había participado del atentado. (El Peugeot 404 color ladrillo, robado en el estacionamiento, fue dejado en doble mano en la intersección de la calle French y pasaje Bollini, en Barrio Norte, luego de poco menos de diez minutos de trayecto. Se quedó sin nafta. El Peugeot 504 gris que se utilizó́ como apoyo a la operación y también había sido comprado en forma legal, fue abandonado por una pareja de combatientes poco más de media hora más tarde en el barrio de La Paternal, con granadas, armas y panfletos contra Martínez de Hoz).
Los miembros de las fuerzas de seguridad se reunieron en torno a la camioneta. Eran muchos: un policía que custodiaba la embajada de Francia, un patrullero que circulaba por la zona, algunos oficiales de la Marina que se encontraban en la oficina privada del almirante Emilio Massera sobre la calle Cerrito, más otros militares que vigilaban el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, ubicado a cien metros del teatro de operaciones (En la inteligencia previa no había conocimiento de este inmueble).
Los muertos fueron, el chofer de la camioneta pick up, «Patrón», Horacio Firelli, de 28 años, hijo de un ganadero, que había desertado del servicio militar obligatorio para alistarse en el Ejército Montonero y había integrado uno de los pelotones en las acciones del Mundial ‘78, recibió́ varios disparos y murió con la frente en el volante y una ametralladora UZI en la mano. A su derecha, tendido sobre la avenida 9 de Julio, se veía el cuerpo de «Esteban», Remigio Elpidio Gonzalez, de 28, oriundo de Loreto, provincia de Corrientes y docente en Misiones. Había sido detenido durante la dictadura y recuperó la libertad por el beneficio de la opción luego de veintitrés meses de cárcel. Se fue a Noruega. En mayo de 1979, mediante una postal, le anunció a su familia que durante varios meses no tendrían noticias suyas.
Irene quedó atrapada entre los fierros de la cabina y la caja trasera de la camioneta, su nombre real era Graciela Rivero, y era pareja de uno de los tres guerrilleros que había escapado. Otros dos miembros del pelotón, «Lalo», Luis Alberto Lera, de 23 años y «Alejandra», Patricia Susana Ronco, de 27, que habían quedado muy aturdidos por la explosión, lograron arrastrarse unos metros hasta la plazoleta que da sobre la calle Carlos Pellegrini. Aun cuando fueron alcanzados por las balas de las fuerzas de seguridad, siguieron disparando. Pero no por mucho tiempo, y fueron atrapados con vida.
Los dos atrapados fueron trasladados al hospital policial Bartolomé Churruca para su recuperación. Ninguno de ellos fue convocado a declarar por el juez Montoya. A excepción de la mención citada, no hay constancia de ellos en la causa judicial. Ambos figuran en la lista de denuncias de desaparecidos el 13 de noviembre. Pero en el caso de Alejandra, a través de un documento de inteligencia entregado posteriormente a la justicia, se supo que estuvo detenida. Sus secuestradores la interrogaron para que tomara contacto con su pareja, Chacho, jefe del grupo y uno de los que escapó tras la explosión, para poder atraparlo.
Ella dijo que no podía reengancharse con él a través de la Organización, estando en la Argentina, porque, cuando se enterara de que había sobrevivido, no le creería que se hubiese librado de los militares. En busca de una oportunidad para escapar, Alejandra pidió que la llevaran a Brasil. Pese a que el objetivo inicial había sido cumplido, la operación contra Soldati significó para Montoneros un precio demasiado alto. Fueron las únicas caídas de los grupos TEI. Raúl Yager, responsable de todos los pelotones, atribuyo el fracaso a las deficiencias de la preparación militar en Beirut.
Yager había observado la operación desde la ventana del hotel Embajador, donde se había alojado. Con el desastre a menos de treinta metros de su vista, comentó: «Los cursos Pitman no van…». Academias Pitman era un instituto de aprendizaje intensivo.
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1976. Esa noche, Lazarte sintió́ en su conciencia un golpe seco mucho más demoledor e inesperado que el que había recibido en la última cita con el ultimo jefe oficial de la Columna Norte, la tarde en que fue expulsado de Montoneros, no sé si por primera o segunda vez. Fue no mucho antes de enero de 1977 o diciembre de 1976. Entonces había acordado un encuentro con su jefe, el Gallego Willy, en los jardines públicos de un complejo de viviendas para mantener una discusión política.
Los dos llegaron con ánimo de romper algo de la posición del otro. Lazarte había ido al encuentro caminando, tenía el pelo recortado, un traje oscuro, corbata; aparentaba ser un hombre de treinta y tres o treinta y cuatro años, con una ocupación definida y la vida resuelta o en camino a eso. Llevaba enrollado en la mano el diario del día, en el que escondía una granda a la que le había quitado la chaveta. Si abría el diario, la granada en tres segundos explotaría todo lo que había a su alrededor, incluyéndolo a él. En su cinturón, tapada por el saco, Lazarte llevaba una cartuchera desabrochada con la pistola amartillada.
El Gallego Willy, con una campera liviana y cerrada hasta el pecho, bajó de un Renault 4 en el que permaneció́ su asistente. Willy había sido un combatiente montonero de los «originales», que participó en la primera y fracasada toma de un pueblo. Con el correr de los años se había transformado en uno de los cuadros más leales de la Conducción. Se sentía, y lo era, un montonero con historia, que llegaba a tratar de imponer su autoridad en la Columna Norte en los tiempos en que la Columna Norte ya había sido arrasada y no quedaba nada, o nada más que el pelotón de Lazarte.
El pelotón de Lazarte rechazaba la línea política que imponía cada nueva jefatura que llegaba al territorio para intervenir la Columna sin conocer nada del territorio. Y digo cada nueva, porque en esos meses las jefaturas iban cayendo una tras otra bajo las balas, o en las redadas del Ejército y la Marina, mientras que los soldados de Lazarte lograban sobrevivir, según supe por los soldados de Lazarte que sobrevivieron, por rebelarse a las órdenes de funcionamiento interno de la conducción montonera.
Lazarte le recrimino al Gallego Willy que la Conducción nacional se hubiese retirado del país. «Nos mandan a nosotros al combate y ni siquiera son capaces de quedarse», le dijo. Eso enfureció a Willy estaba dudando de la valentía de Firmenich. El Gallego Willy le exigió́ que no volviera a hacerlo, pero Lazarte continuó en la línea crítica, o la línea de la provocación, y le preguntó a que se arriesgaba Firmenich, al final. «¿Se arriesga a que cruzando la Plaza Roja de Moscú el frio le provoque un paro cardiaco? ¿A eso se arriesga, mientras nos cagamos a tiros en la Argentina?»
El Gallego Willy comenzó́ a bajar el cierre relámpago. «Hijo de puta», pensó o le dijo. En ese momento ninguno de los dos se escuchaba. Decidió matarlo. Sería una sentencia del tribunal Revolucionario que le dictaría y aplicaría él mismo, in situ, por conspirador, en resumen, por hijo de puta. Pero mientras sacaba su arma de la campera, ya tenía la de Lazarte acomodada en la boca de su estómago.
«Quieto o te limpio», dijo Lazarte. Una vecina que pasaba se alejó rápido. «Estas expulsado de la Organización», le dijo el Gallego Willy, haciendo valer lo último que quedaba de su autoridad. ¿Pero a quién iba a expulsar? «¿A quién vas a expulsar?», le volvió a preguntar Lazarte, «Si nosotros somos más Montoneros que ustedes. Nosotros seguimos combatiendo y ustedes se van del país. Cagones». «Expulsado, hijo de puta», reafirmó el Gallego Willy. Tenía la pistola y la voz ahogadas en su estómago. Los guerrilleros se iban desmoronaban día a día, en medio de una batalla que los estaba exterminando.
Bajo el peso de la represión del gobierno argentino, las diferencias entre el oficialismo de Montoneros y sus cuadros se profundizaron. Comenzaron los traslados, las intervenciones orgánicas, y también las caídas, las bajas, los secuestros y las delaciones. La tarde en que el Gallego Willy y Lazarte se citaron en el jardín público, prácticamente no quedaba casi nada de la Columna, o nada más que los soldados del pelotón de Lazarte. La Conducción quería terminar con las disidencias y cerrar el funcionamiento. «La guerra popular y prolongada contra el Ejército» por el momento se suspendía.
Lazarte le aseguró que su pelotón seguiría operando sin el mando montonero. Willy sonrió: «Ya estas condenado, si no te vas del país, te matamos», dijo Willy. Lazarte le quitó el arma del estómago. Buscó resolver el problema de los soldados. Empezaron a caminar por los senderos del jardín. Él aceptaba su expulsión, pero en ese momento, «como oficial montonero», le exigió que la Organización se hiciera cargo de su pelotón, «veintiocho hombres entre suboficiales y soldados», y que le devolvieran las armas que les había retenido en el inventario anual, que les consiguieran lugares donde refugiarse y documentos falsos para los que quisieran irse del país.
Lazarte pidió oficializar la entrega de mando de su pelotón, la semana próxima, en un bar de zona norte. Su estrategia conciliatoria fue un fracaso: «No me interesan tus subordinados. están todos expulsados. Ustedes ya no son más Montoneros», replicó el Gallego Willy. A la semana siguiente, custodiado por tres soldados camuflados entre las mesas del bar, Lazarte esperó, en vano, la presencia de algún emisario de la Conducción Nacional. Entonces la orden de Lazarte fue preparar la retirada: repartir el poco dinero que tenían, robar documentos de identidad del Registro Civil de Martínez en una incursión nocturna, terminar con las citas y que cada uno llegara a Brasil como pudiera. Pero la mayoría no tenía idea de cómo irse del país.
Lazarte perdió al menos veinte soldados de su pelotón en Buenos Aires. Fueron eliminaos o secuestrados por las fuerzas militares a fines del verano de 1977. Cayeron como moscas. En los retenes del Ejército, en las casas paternas, disfrazados de mendigos en los parques públicos o durmiendo en las obras en construcción abandonadas. (…)
Ricardo Veisaga
Con este artículo, terminamos la serie sobre Montoneros, para completar Los Cuadernos de Eutaxia faltaría el último intento llevado a cabo en territorio argentino, por la guerrilla marxista. No continuaremos por razones obvias. El «Movimiento Todo por la Patria» (MTP) fue una organización política y guerrillera que actuó en Argentina entre 1986 de 1989. Su principal dirigente fue Enrique Gorriaran Merlo -que en la década de 1970 había sido un importante dirigente del ERP (ejército revolucionario del pueblo- y ganó difusión cuando realizó el 23 de enero de 1989 un ataque al cuartel de militar de La Tablada con el aparente propósito de frustrar una supuesta conspiración militar, hecho que produjo 39 muertos, 60 heridos y cuatro desaparecidos, luego entró en virtual disolución.
