

GUERRA COMERCIAL
ESTADOS UNIDOS – CHINA
Ricardo Veisaga
Desde que Donald Trump anunciará imponer aranceles al gigante asiático (segundo socio comercial de Estados Unidos), sobre las importaciones de acero y aluminio chinos. Beijín respondió con imponer tarifas a una serie de productos. Washington dobló la apuesta anunciando por medio de la Oficina del Representante de Comercio Exterior de Estados Unidos (USTR) la imposición de gravámenes a 1300 productos chinos, en respuesta a las prácticas comerciales desleales de China.
El país asiático respondió con nuevos aranceles del 25% a 128 productos de Estados Unidos, entre ellos soja, maíz, carne de vacuno, jugo de naranja, tabaco, automóviles o ciertos tipos de aviones, por valor de 50 mil millones de dólares (unos 40 mil millones de euros). «En estas circunstancias, China no tiene otra opción que actuar para defender sus intereses», afirmó el viceministro de Finanzas, Zhu Guangyao, en una conferencia de prensa convocada para explicar las medidas chinas.
Zhu insistió en que no desea una guerra comercial a gran escala y volvió a lanzar un llamamiento al diálogo. Pero hizo una clara advertencia: «Si Estados Unidos insiste en actuar por su cuenta, quiero enfatizar que desde la fundación de la nueva China (la victoria de los comunistas en 1949) el país nunca ha sucumbido a la presión exterior».
Además, China ha anunciado el lanzamiento de un procedimiento de solución de disputas en el seno de la Organización Mundial del Comercio (OMC), al considerar que las medidas de Washington violan las normas de ese organismo. El viceministro chino de Finanzas, recordó que el gigante asiático está importando actualmente a gran escala petróleo y gas natural estadounidenses, cuando hasta hace poco no podía hacerlo.
El viceministro dijo que podría comprar alta tecnología si Washington dejara de bloquear las exportaciones a China en ese sector. Zhu recalcó que China no planea usar como arma comercial contra Washington el enorme volumen de bonos del Tesoro estadounidense en manos chinas, que se calcula en cerca de 1.2 billones de dólares (unos 980 mil millones de euros).
El gobierno chino tiene todo el derecho de decir lo que quiera, pero una cosa son las palabras y otra la realidad. China está buscando por medio del miedo la intervención de los países más importantes del mundo, según algunas fuentes, China no estaría actuando en solitario, para continuar con el mismo cuento chino de siempre.
China está acostumbrado a presionar a todo el mundo, pero ahora las cosas cambiaron, ya no está Barack Obama en el poder, tampoco debería usar los bonos del tesoro en manos chinas, porque eso se le volverá en contra. Lo de Sansón es puro cuento. En estos días he leído a algunos analfabetos que hablan de tumbar el dólar, esto lo expliqué ampliamente con argumentos en dos artículos sobre: «La Filosofía de la moneda».
Rusia y china lo intentaron oficialmente y fracasaron en tumbar el dólar. Porque el dólar se acepta en todas partes, es la moneda que el mundo tiene como referencia en el comercio internacional. La moneda China es una divisa con escaso peso en los mercados de cambio. Casi el 90% de todas las transacciones en el mercado de divisas implican el dólar, mientras que solo un 4% afectan al yuan.
Res non verba.
En una guerra de aranceles China solo puede perder, China vende, Estados Unidos (y el mundo) compra, así va la cosa. El perjuicio que China puede infligir a Estados Unidos poniendo trabas a sus exportaciones no es muy grande, porque China compra poco. China planea imponer aranceles del 25% a los autos, aviones con un peso máximo de 45 toneladas, la ternera y el whisky, la soja, pero la soja tiene una importancia especial y un arma de doble filo para China.
China es el mayor importador agrícola de Estados Unidos. Con un valor anual de 12.000 millones de dólares (9.750 millones de euros), el gigante asiático importa 33 millones de toneladas de soja de este país, un tercio de todo lo que consume. Solo la soja ya representa una quinta parte de la cuantía total a la que ascenderán los aranceles chinos: 50.000 millones de dólares (40.000 millones de euros).
Pero esas tasas pueden volverse en contra de China, que es el primer consumidor del mundo de soja, porque necesita sus brotes para producir pienso con el que alimentar a su ganado, también el mayor del planeta. Una escasez de soja en China, que absorbe el 60% de la cosecha global, afectaría a la industria ganadera y haría subir los precios de la carne, ya que el país no tendría suficiente con sus otros principales proveedores: Brasil (50 millones de toneladas) y Argentina (7 millones).
Además de estos tres suministradores, China produce 14 millones de toneladas de soja para consumo humano e importa otros 17 millones de un puñado de países, según cifras recogidas por la agencia Reuters. ¿Porque a China no le conviene la guerra comercial? En una guerra siempre hay víctimas, y en una guerra a gran escala, el gigante asiático podría quedar malherido, no en vano, las exportaciones a Estados Unidos son un elemento clave en su modelo de crecimiento.
El superávit comercial a favor de China (calculado en cerca de unos 347.000 millones de dólares por año) se vería directamente golpeado. Stephen McDonell, corresponsal de la BBC en Hong Kong, dice: «Potencialmente, China está mucho más expuesta. Por esta razón, querrá negociar una salida a este creciente enfrentamiento arancelario».
China más allá de sus bravatas preferirá negociar porque es una economía más dependiente de las exportaciones y, por lo tanto, teme por la estabilidad del sistema comercial global. Ya que de producirse una escalada podría detonar una recesión económica global.
Políticamente a China le conviene que la situación no escale, como una forma de demostrar un liderazgo global y mejorar su reputación a los ojos de otros países como un socio confiable, que hoy por hoy no la tiene, en una guerra comercial al estilo ojo por ojo, en la cual el comercio bilateral entre los dos países se detenga, China tiene más que perder porque el factor clave es la dependencia china del mercado estadounidense.
Las consecuencias económicas negativas para China significaran consecuencias políticas negativas para el Partido Comunista Chino. El gobierno de Estados Unidos dice que esta medida entre otras es la respuesta a «las políticas chinas que obligan a las compañías estadounidenses a transferir su tecnología y propiedad intelectual a empresas chinas», lo que constituye un «tremendo robo de propiedad intelectual», según Donald Trump.
La Oficina de Comercio Exterior mantiene a China a la cabeza de las violaciones de los derechos de propiedad intelectual y patentes a nivel mundial, en una lista negra donde continúan países como India, Turquía. La lista la completan Indonesia, Tailandia, Paquistán, Argelia, Kuwait, Rusia, Ucrania, Argentina, Chile, Ecuador y Venezuela.
La administración Trump acusa a la Unión Europea de cobrar tarifas más altas y de prácticas comerciales desleales.
El robo de propiedad intelectual no sólo es pérdida de dinero para el que la crea y beneficio para el que roba, sino que es una pérdida de millones de trabajos. Afecta a la inversión y al desarrollo, y disminuye el incentivo para la investigación y desarrollo. Un ejemplo de esto es Sinovel, el mayor fabricante de turbinas de China, la segunda a nivel mundial, que fue hallada en Wisconsin culpable de robar secretos comerciales.
Dos empleados chinos convencieron (sobornaron) a un empleado estadounidense para descargar secretamente el código fuente de una computadora de la empresa AMSC, que luego utilizaron los chinos para producir nuevas turbinas eólicas, y además se negaron a pagar los 800 millones de dólares de contrato a AMSC.
La Comisión creada por el gobierno norteamericano en 2013, llegó a la conclusión que Estados Unidos pierde más de 300.000 millones de dólares por año de lo que exporta al Asia, y de ese total entre un 50 y 80% viene de China. Toda empresa que se radica en China, se ve obligada a tener un socio chino, con lo cual se quedan con la tecnología gratis.
Donald Trump entiende la situación y ve que el primer perjudicado con este estado de cosas, el brutal desequilibrio de la balanza comercial americana, es el obrero estadounidense que antes alimentaba a su familia con un sueldo en la fábrica y que ahora, con la fábrica cerrada y reubicada en cualquier país del Tercer Mundo con costes laborales por los suelos, imposibilitados de relocalizarse por esos países, y abandonar a su familia para trabajar por salarios de miseria.
Con la liberalización del comercio mundial, Estados Unidos, produce muy poco, con empresas que se han limitado a seguir siendo americanas para lo que conviene, pero fabricándolo todo allí donde puede producirlo por centavos. Y eso es lo que Trump pretende dar la vuelta. Si quieren aprovecharse del mercado más rico del mundo, vender a los estadounidenses, que lo produzcan aquí o que paguen el precio de hacerlo fuera.
Es decir, eliminar la ventaja económica de producir en el extranjero. Esa fue una promesa de campaña de Trump y espero que pelee por cumplirla. Mientras tanto la Unión Europea, el eje franco-alemán, más alemán que francés, se encuentra dividida por los aranceles de Trump. Por un lado, Alemania (más inteligente) quiere negociar con la Administración Trump y evitar una guerra comercial que afectaría negativamente a la economía.
Por otro lado, está Francia (el tontuelo de Macrón), que quiere responder a las amenazas comerciales del presidente estadounidense con subidas arancelarias a varios productos Made in USA. Donald Trump pide a la Unión Europea que baje los aranceles a los automóviles estadounidenses (entre otros productos) para que, de este modo, Europa quede exenta de la subida arancelaria del acero y el aluminio. Alemania está dispuesta a negociar para conceder algunas de sus peticiones a cambio de salvaguardar a la industria metalúrgica europea.
Según la Comisión Europea en 2017, Estados Unidos, es el mayor socio comercial.
La posición alemana es favorable a cualquier tipo de acuerdo con Estados Unidos, que supondría la reducción impositiva a los automóviles, la maquinaria, los alimentos y los productos farmacéuticos provenientes de Estados Unidos. Lo que supone 640.000 millones de dólares al año, Angela Merkel comenzó a reunirse con la industria automovilística alemana para que acepte la reducción de los aranceles a los coches americanos.
Al parecer, las principales compañías de vehículos se han mostrado favorables a esta reducción de las tasas aduaneras. Francia quiere presionar a China y no aceptar las peticiones de Trump. El gobierno de Trump ha dado de plazo cuatro semanas a Europa para tomar una decisión antes de aplicarles la subida de las tasas aduaneras. Estados Unidos sigue siendo el mayor socio comercial de la Unión Europea, a pesar del fuerte crecimiento de China.
Por esta razón, el acuerdo que se alcance con la Administración Trump puede ser muy relevante para la economía continental. La canciller de Alemania, Angela Merkel, dejando de lado sus aires de superioridad planea visitar a Donald Trump el próximo 27 de abril, según el diario alemán BILD. Es obvio, luego de los desplantes de Trump para ponerla en su lugar, que de concretarse el encuentro no sería un viaje de cortesía sino de necesidad.
El comercio internacional, sigue una tendencia histórica de liberalización y de reducción de aranceles. Gracias a ello, según dicen, la economía mundial ha crecido y la tasa de pobreza extrema se reduce cada año. De hecho, tal y como se puede ver en el último informe de Statista, los países con los impuestos más altos a los productos importados no destacan por tener economías fuertes o prósperas, sino por todo lo contrario.
¿Qué países tienen los aranceles más altos del mundo? Lo encabeza Bahamas, que tiene un arancel promedio de un 18,6%. En segundo lugar, se encuentra Gabón con un 16,9%, seguido de otros ocho países africanos como Nigeria, Níger, Chad, la República Centroafricana o Ghana, que ostentan algunos de los mayores aranceles del mundo.
En el resto de los continentes, Paquistán, Nepal, Bangladés, Camboya y Venezuela son los otros cinco países con las mayores tasas aduaneras. En el caso de Rusia, la media es de 3,4%, mientras que en China es del 3,5%. En el lado contrario, se encuentran Canadá, con unos aranceles promedio del 0,8%, la Unión Europea, Australia o Estados Unidos.
Hace varias décadas, veía con impotencia, como cada día cerraba una fábrica o pequeños talleres en mi natal Argentina, debido a la invasión china y de Taiwán, ante la impasividad de los gobiernos locales, así los chinos se cargaron con casi todo el mundo, dejando un reguero de desocupación.
En una competencia desleal, pagando salarios miserables, sin cumplir con los estándares de contaminación, robando o plagiando los productos a los demás, robando tecnología ajena, sin respetar la propiedad intelectual, no había forma de competir. Ya era hora de plantarles cara a este Imperio depredador.
5 de abril de 2018.