

FIDEL CASTRO
«NUESTRO HIJO DE PUTA»
Ricardo Veisaga
La frase del subtítulo no es un insulto, luego explicaré el por qué. Dos breves anécdotas de introducción al tema. Hace unos ocho años luego del triunfo electoral de Barack Obama, compartí una charla en un café con una señora amiga. Ante la desmesurada euforia por la elección de Obama como presidente lo que calificaba como un hecho histórico. Tiempos en que los medios de comunicación etiquetaban cualquier hecho referido a Obama como histórico. «La elección de un afroamericano como presidente de los Estados Unidos es un hecho histórico».
Sin importar que Obama era hijo de una americana blanca y un africano, por tanto, un «africano-americano» que no es lo mismo que «afroamericano». «La reforma del sistema de salud, es histórico». Tan histórico que el nuevo presidente Trump lo puede borrar del mapa si su voluntad lo quiere y las leyes lo permiten.
Ante tanto derroche y abuso del término histórico, le dije a mi ocasional compañía, que para considerar ciertos acontecimientos como históricos se debe esperar una posteridad, y que esos hechos nombrados aún no son historia, que tienen más que ver con la sociología, la política o simplemente con la estupidez.
Al aumentar la escalada de opiniones psicológicas, sostuve que el descubrimiento de la bombilla eléctrica o del inodoro era más histórico que la elección de Barack Obama. En especial el inodoro, un gran invento que nos permite defecar de manera más cómoda y civilizada, y que ha contribuido con la higiene evitando la infección y la muerte de millones de personas. Amén de evitar la incomodidad de apuntar nuestros desechos a un hueco en el piso o entre las hierbas.
«Si alguien dice que esos eventos son hechos históricos, se está situando en la perspectiva del cronista ideal, que tiene la ciencia de poder haber visto el pasado, pero también el futuro, sólo desde el futuro que ya ha vuelto pasado se puede decir que es un hecho histórico, esa es la perspectiva de Dios, según las especulaciones y creencias de la teología cristiana, como también lo puede decir un marxista sustituyendo lo de Dios.» Gustavo Bueno.
En otra ocasión, durante una reunión con políticos llegados de México en gira proselitista y, para recaudar fondos para las campañas (y sus bolsillos). Uno de ellos, quien se identificó como delegado municipal, apelaba y abusaba de la «historia» con la destreza de un tahúr manejando las cartas. Le pregunté a este buen hombre que entendía él por historia, y, si se estaba refiriendo en su sentido gnoseológico u ontológico o en otro sentido.
Se largó muy molesto. Tampoco supe más nada de la dama del café, quien rompió todo contacto conmigo. Me imagino que el día nueve de noviembre amaneció con ganas de cometer suicidio. Y el delegado municipal debe seguir interpretando el papel que tan bien desempeñara el excelente actor Damián Alcázar en la película realista «La ley de Herodes».
El periodista y escritor Carlos Alberto Montaner, ex suegro de Jorge Ramos y abuelo de Paola Ramos. Refiriéndose a Fidel Castro dijo: «La historia no lo absolverá». Nuestro aun presidente Obama, desde el estribo, a punto de bajarse del poder sentenció: «La historia juzgará la figura de Fidel Castro».
En cambio, para la escritora cubana radicada en París, Zoé Valdés: a Castro I: la Historia lo disolverá.
«…cuando fue juzgado y condenado solamente a un año de prisión tras el asalto al hospital militar se le permitió defenderse como abogado, y pronunció aquella célebre frase copiada a Adolf Hitler: “La Historia me absolverá”. No, la Historia no lo absolverá. La Historia lo disolverá. Basta ya de creerse Carlos Manuel de Céspedes, y de apropiarse de los versos de José Martí.»
Hay un abuso del término historia que precisa una aclaración. El término historia es sincategoremático, la historia es siempre historia de algo, no existe una historia en absoluto, no existe la historia en sí misma.
La historia, dijo Ismael Carvallo Robledo, director de la Facultad de Filosofía de León (Guanajuato) en sintonía con el materialismo filosófico, desde un punto de vista ontológico –y recordemos que por ontología entendemos todo cuanto tiene que ver con la estructura de la realidad-, la historia (con minúscula) es el plano de configuración real en donde tiene lugar la confluencia acumulativa y siempre conflictiva de líneas operatorias de los diversos grupos humanos constitutivos de sociedades que, a través de formas institucionales normadas que se derivan de dicha confluencia, cristalizan en formaciones dadas en una escala de organización distinta de la antropológica y cuya figura fundamental es el Estado.
Desde un punto de vista gnoseológico –la gnoseología remite a todo cuanto tiene que ver con el conocimiento de la realidad a través del filtro de los saberes científicos-, la Historia (con mayúscula) es una disciplina o ciencia humana caracterizada por el estudio de las reliquias y relatos dejados por sujetos humanos pretéritos que son analizados en orden al esclarecimiento de las cadenas de causalidad que explica la existencia de los mismos.
Pero la pluralidad de contenidos impide hablar de una historia total, o de una historia de la humanidad: hay historia de la música, de las matemáticas, de la política de una nación determinada, de la poesía latina o de la literatura española o finlandesa.
La historia es una disciplina caracterizada por el estudio de las reliquias y relatos dejados por sujetos humanos pretéritos. Y son estos términos, los únicos posibles de ser considerados como la materia de la Historia; por tanto, la historia no es en absoluto «el estudio del pasado» (y mucho menos es una cuestión de memoria psicológica del historiador): se trata del estudio sistemático, a efectos del entendimiento racional, de reliquias y relatos de una u otra época y de un lugar u otro concreto. Diremos entonces que el pasado como tal no existe, sino que está realizado en el presente a través, precisamente, de las reliquias y relatos que son, en efecto, la materia del taller del historiador, como bien dice Gustavo Bueno.
Pero la Historia es también una idea filosófica, susceptible de ser tratada desde una plataforma filosófica determinada antes que de otra. Desde la del materialismo filosófico, rechazamos la concepción sustancialista de la Historia entendida como «Historia del Género Humano»; no existe ni puede existir la Historia como Historia general, sino cursos históricos concretos (historia de México, de la música, de Francia, de la literatura rusa, etc.), entre los que median relaciones materiales de conexión, desconexión o colisión, y que ofrecen en su trabazón el lienzo general sobre el que tiene lugar la dialéctica política. Luego de los últimos descubrimientos antropológicos, no se sabe con exactitud cuándo empieza el género humano.
El error consiste, en creer que la Historia Universal la hace todo el género humano (en caso de que existiera tal Historia Universal), nada más falso, sólo lo hace una parte y esa parte es un Estado o un superestado o Imperio. Imperios que se despliegan entre los escombros y restos de los grandes imperios. El individuo no es el sujeto de la Historia, el Estado es el sujeto de la Historia. Aunque algunos individuos en su delirio se crean o los hagan creer que son sujetos de la Historia.
Este abuso del término historia se extendió a todos los ámbitos de la sociedad. Hace unos años, el actual técnico de futbol de la selección peruana, el argentino Ricardo Gareca, frustrado por la no obtención del campeonato dijo: «La historia es cruel, la escriben los que ganan», remedando aquello de «La historia la escriben los vencedores».
Un tópico al que se le adjudican muchos padres, entre ellos a George Orwell, algunos consideran la frase como un lamento victimista de quienes viven lamentando lo que no pudieron lograr. Un amigo solía decir que la historia la escriben quienes lograron sobrevivir para contarlo. Es obvio, que la Historia en sentido político la escriben los ganadores, incluso llevando agua para su molino
¿En virtud de que, deberían escribirla los perdedores? Los perdedores no hacen ni escriben la historia, lo primero que hacen es lamer sus heridas, tergiversarla, falsificarla, eso es la llamada y promocionada «memoria histórica».
Sostener que el Estado es el sujeto formal de la historia se basa en la hipótesis que Bueno denomina, «hipótesis histórico-política», ya que el concepto de Estado pone a prueba la profundidad de la distinción entre sujetos parciales y sujetos totales, entre historia particular e historia universal, «el estado en efecto suele recuperar dimensiones trascendentales propias de una pars totalis, es decir, una parte especial (encarnada a su vez, en una parte histórica: la Roma republicana de Polibio, o el Estado prusiano de Hegel) a través de la cual se determinan las otras, de suerte que el Estado, o al menos determinados Estados en los cuales se encarna el Weltgeist, parece constituirse en verdadero sujeto universal».
El Estado es el sujeto de la historia y la historia universal es historia de los Estados, de su mutua relación. De donde la historia será formalmente historia política, de los Estados y sus relaciones, eminentemente historia diplomática e historia militar. Los pueblos sin Estados –cabrá decir desde la perspectiva de esta hipótesis- no tienen historia. Es una historia continuativa, en tanto se supone que cada Estado, en el conjunto de los demás Estados, está siempre amenazado de muerte; por consiguiente, su historia sería el proceso dramático, trágico, de su continua ratificación o marcha hacia una situación definitiva que nunca podría ser realizada, puesto que en el supuesto de que un Estado llegase a alcanzar el imperio sobre todos los demás desaparecerían también, por su unicidad, como Estado, y, con él, la historia.
Recuerdo que hace unos años escribí un artículo sobre Bashar al-Assad, y en ella desarrollaba el uso que se hace en política sobre la figura de «nuestro hijo de puta», esta frase fue atribuida a muchos, pero me decanto por la siguiente:
Dicen que Franklin Delano Roosevelt y su Secretario de Estado Cordell Hull, se encontraban a bordo de un trasatlántico en las costas de Nicaragua y Cordell Hull le insistió varias veces al presidente, sobre el reiterado pedido de visita del entonces presidente de Nicaragua Anastasio Somoza, padre. Y Roosevelt no le respondía, pero Hull siguió insistiendo y un día se dio la siguiente conversación: «¡Señor presidente, tenemos que decirle algo al presidente Somoza de Nicaragua!» Roosevelt visiblemente malhumorado, le respondió: «¡Ah…Somoza is a son of a bitch!» Lo cual literalmente traducido es «Somoza es un hijo de perra» (pero se emplea para insultar a alguien llamándole «Hijo de puta»). El secretario de Estado Cordell, sin perder el aplomo le contestó: «¡Yes mister president, general Somoza is a son of bitch! …! but he is our son of a bitch!», que quiere decir: «¡Si señor presidente, Somoza es un hijo de puta!…!Pero él es nuestro hijo de puta!»
Quienes cultivamos el realismo político (no el idealismo) encontramos cientos de ejemplos en la historia política, de sujetos cuyo papel a cumplir en su vida política es la de ser un hijo de puta, figuras necesarias para ayudar a controlar o mantener las plataformas imperiales.
Los moralistas y fundamentalistas democráticos con Barack Obama a la cabeza se horrorizan por la presencia de estos hijos de puta, no toleran gobernantes como el Sha Reza Pahlevi de Persia (Irán) en tiempos de Carter. O Mubarak o Gadafi con Obama y la Hillary, y se fraguaron la «primavera árabe», un despelote que aun arde en llamas. En lugar de Mubarak pusieron a Los Hermanos Musulmanes, pero el general al-Sisi con apoyo de la mayoría del pueblo egipcio y gracias a Alá pudo derrocarlos.
Fidel Castro, luego de que triunfara la revolución, repetía que él no era comunista (hay videos para certificarlos), pero en un momento del proceso tomó la decisión de convertirse o blanquear su comunismo. No me importa el porqué, le asistía su derecho el hacerlo, equivocarse o acertar con la elección son las opciones, hay que hacerse cargo, y se equivocó, eligió el bando perdedor.
Fidel Castro, para los planes del Imperio Soviético en lucha con el Imperio estadounidense, no tenía asignado el papel de gran aliado sino de hijo de puta. Un hijo de mala madre, bastante caro, pero necesario. Debo decir que no es monopolio exclusivo de mi país, esa pretensión de considerarnos el ombligo del mundo o, el punto de apoyo que buscaba Arquímedes para moverlo.
Vale para el resto de iberoamérica. Y en esa gratuita y delirante pretensión le hicieron creer a Fidel, que él era el sujeto de la historia. Pero la Historia en su despliegue dialéctico lo arrolló y los pasó por arriba. La suerte de la Unión Soviética fue la suya.
El corrupto Borbón, Juan Carlos, rodeado de las viudas de Fidel Castro.
La Cuba de Castro se hundió con la implosión de la Unión Soviética, eso ya es pasado. En el peor momento del régimen marxista-leninista, luego de que la URSS le cortara el chorro de dinero, milagrosamente apareció el macaco de Hugo Chávez, que gustosamente se convirtió en el hijo y posteriormente Nicolas Maduro como nieto del H de P. para arrojarle un salvavidas.
Esa otra variante del socialismo la llamada «revolución bolivariana» del siglo XXI, se encuentra a punto del nocaut. Se acabó el determinismo histórico y el socialismo realmente existente. Sin embargo, hay personas que creen que el comunismo puede ser rescatado del desván de la historia. Piensan que, sustituyendo la lucha de clases por la dialéctica de imperios, pueden salir del trastero de la historia.
Pero, necesitarían mucho más que eso, no basta un poco de chapa y pintura, hay que barrer con esa pretensión de la instauración de la dictadura del proletariado y el final feliz de Karl Marx sin la presencia del Estado, un final similar a ese que nos cuentan los testigos de jehová.
No se trata solamente que el Estado, sujeto de la historia, sea capaz de sostener planes y programas en el espacio antropológico, sino que una parte (un imperio) trata de recubrir con sus planes y programas a otros, rectificándolos, asumiéndolos o destruyendo. El avance de esos Estados imperiales lleva tras de sí a millones de personas con todo tipo de necesidades.
En el siglo pasado el enfrentamiento por el poder mundial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, se dio dentro de un marco ideológico (que en cierto sentido ya no existe). Poniendo en juego junto a la primacía del poder, un sistema económico que pudiera satisfacer a las personas. El sistema económico capitalista se enfrentó al sistema socialista, la economía centralista, planificada, fue derrotada.
Para muestra, allí están Cuba y Corea del Norte. Desde los 90’ del siglo pasado, el enfrentamiento entre los imperios se da dentro del marco de una economía capitalista y globalizadora. Eso es la Rusia de Vladimir Putin que vuelve por sus fueros, invito a cualquiera que visite Rusia y lo compruebe. Si alguien cree que Putin es un marxista que se haga revisar.
China que hace unas pocas décadas económicamente estaba por debajo de África, hoy es una superpotencia gracias al capitalismo, un capitalismo a lo chino, brutal (otra que salvaje) que ha desquiciado sin compasión las economías nacionales de cientos de países.
De eso deberían tomar nota los liberales ortodoxos que se rasgan las vestiduras por el supuesto intervencionismo de Donald Trump. Ninguno de los tres contendientes por el poder mundial, tanto Estados Unidos, Rusia o China tienen en mente al comunismo, eso es cosa del pasado, más que a la política pertenece a la arqueología.
Si existen millones de personas que aun idealizan y añoran el comunismo, no es un problema político, sino que es un problema psiquiátrico. Una ideología que construyó muros, que necesitó de la violencia para imponer sus planes y programas, privó de libertad y llevó a la muerte por hambruna a decenas de millones de personas.
¿Qué diferencia existe entre el régimen castrista y los jemeres rojos de Pol Pot? Sólo que los primeros estaban con la Unión Soviética y los camboyanos apoyados por China. Fidel Castro, en su delirio de grandeza llevó su marxismo-leninismo a iberoamérica y al África. Y aún hay quienes creen que su cruzada fue liberadora de los pueblos, ahora uno se entera que someter a la gente al comunismo era liberador y no esclavitud y miseria.
¿Qué importancia tiene Cuba y su difunto Fidel para Rusia? Muy poco, Vladimir Putin como buen político realista no viajó a la isla, ni el primer ministro Dmitri Medvédev, entendiendo el mensaje de Donald Trump, no asistió a la isla para no comprometer su futura relación con la Casa Blanca.
Se limitaron a enviar una delegación de rango secundario, encabezada por el presidente de la Duma, Viacheslav Volodin. Otra cosa hubiese sido si Obama era el presidente, probablemente se hubiesen sumado al coro de viudas desconsoladas. La visita de Barack Obama y el restablecimiento de relaciones entre ambos países, no obedecieron a una política de Estado, fue la satisfacción ideológica de un sociata y progre, realizada al finalizar su mandato, cuando ya no había nada que perder (o eso creía), un proceso sin respaldo legislativo y que se puede deshacer.
Los llamados expertos ahora dicen que Trump es un hombre de negocios, que no debería dar marcha atrás con las concesiones de Barack Obama, pero se olvidan que dentro de unos meses (cuando asuma como presidente) será un hombre de Estado. Obama, en su «histórico viaje» a La Habana, llevó consigo a empresarios, como a la cadena hotelera Starwood y una decena de aerolíneas y firmas como Netflix, Verizon, MasterCard o Tyson Foods, deseosos de hacer negocios.
Los medios de comunicación acostumbrados a que las políticas nacionales se decidan en la prensa, están muy preocupados barajando distintas posibilidades de lo que debería hacer Donald Trump. Lo que haga Trump en relación con el régimen comunista depende de la prudencia y la potencia política de él y de sus asesores.
¿Qué tipo de negocios se puede hacer en Cuba? Muy poco, ya lo hacen otros, no se puede hacer mucho con el miserable salario de un cubano que no llega a 20 dólares por mes, unos 600 pesos cubanos. Luego de medio siglo de dictadura un yogur vale 30 pesos, un kilo de pollo unos 120 pesos, un televisor alrededor de 16 meses de sueldo, una hora de internet 40 pesos. A Cuba le tienen preparado el destino de una pequeña china con mano de obra barata, un capitalismo a la cubana.
Pobre pueblo cubano como si no bastara ser explotado por el régimen y en el futuro por la clase empresarial. Una de las tantas mentiras del régimen es el famoso «bloqueo», le llaman bloqueo a un embargo. Bloqueo es lo que se le aplicó a Libia en el siglo pasado, de la que fui testigo presencial, la flota norteamericana anclada en el golfo de Sidra y el control total del espacio aéreo.
Cuba, durante el supuesto bloqueo recibió dinero de la Unión Soviética. Lo que no dicen es que la miseria y el empobrecimiento cubano está directamente ligado al declive de la URSS, que inyectaba anualmente fondos equivalentes al 30% del PIB cubano. Y ambos, al fracaso económico generado por el socialismo.
En 1958 la producción de azúcar era equivalente a 859 toneladas cada 1.000 personas, actualmente es de 106 toneladas (8 veces menos), desde 1958 la producción de cigarrillos cayó de 92.000 a 26.000 por cada 1.000 personas (3,5 veces menos). Cuba mantiene relaciones comerciales con más de 170 países. América participa en un 53%, Europa concentra el 22 % y Asia y Medio Oriente el 21%. Entre los principales socios comerciales se mantienen Venezuela, China, Canadá es uno de sus mayores socios comerciales, España, Brasil y Vietnam.
Desde 1997 a junio de 2014 Cuba compró a Estados Unidos 4.983,4 millones de dólares en alimentos, el 68% se realizó durante el gobierno de George W. Bush. Sólo hace falta consultar las cifras en el anuario de comercio de Cuba y Estados Unidos y no decir sandeces.
Hablan de embargo, pero no hablan del embargo que el castrismo les impuso a los cubanos durante casi 58 años. Dicen que la Cuba de Batista era el cabaret de los americanos. Después de la peste marxista leninista, la miseria ha convertido a Cuba en el cabaret del mundo, un burdel barato para los turistas que llegan con billetes. Resulta que vivir en la miseria, pasar necesidades, ahora se llama dignidad.
Los actuales salarios no satisfacen las necesidades del trabajador cubano y de su familia.
El modelo actual influye negativamente en la disciplina e incentiva el éxodo de personal cualificado que opta por salir de Cuba
El sistema desestima la promoción de los más capaces, ya que se traduce, generalmente, en que a mayor responsabilidad, menores ingresos personales
Esto no lo dijo ningún «gusano» anticomunista, son declaraciones de Raúl Castro en 2014. Cuba es libre de comerciar con cientos de países, el comercio significa el 40 % de su PIB, pero, la producción de la isla es tan primaria que es un actor marginal en la globalización. Será más importante cuando sea una «maquila». Ya que esa y no otra será su vía de acceso al capitalismo.
Evo Morales, una de las viudas de Fidel Castro dijo: «Fidel no ha muerto, no puede morir, porque está por encima de su propia vida, instalado para siempre en la historia de la humanidad», esta es una versión raquítica y analfabeta de la Historia según el altiplánico Evo Morales. Fidel Castro no tenía nada para decir al mundo, él ya estaba fuera del mundo y de la Historia. Hace rato que fue enviado al trastero de la Historia.
¿La Historia la escriben los vencedores? Desde una perspectiva diamérica según Gustavo Bueno:
«Ésta es la razón por la cual puede tener algún sentido la frase según la cual, «la historia la escriben los vencedores». Este lema pasa por ser una «demoledora» observación gnoseológica (en el sentido del «pirronismo histórico»): «no podemos fiarnos de la Historia porque ésta jamás ha sido contada como fue, sino como los vencedores la vieron». Pero también podemos entender este lema como un lenguaje ontológico: «Sólo los vencedores pueden recubrir (en diversos grados) a las otras sociedades y sólo entonces comienza verdaderamente la Historia, para bien o para mal, a constituirse como punto de vista distinto de la Antropología».
Ninguno de los tres contendientes por el poder mundial, necesitan de una economía improductiva, el régimen marxista leninista ha hecho de Cuba un gran leproso que se cae a pedazos y huele feo. El discurso de las viudas de Castro durante su funeral (Peña Nieto incluido), de ese Socialismo yoruba con orishá por delante, muestra el grado de irracionalidad al que llegó el marxismo leninismo caribeño.
No voy a caer en el tópico de que toda muerte me conmueve, del por quién doblan las campanas, del comunista Ernest Hemingway. Me conmovió en su momento y aun me conmueve, pero celebro la muerte de Orlando Zapata Tamayo, que prefirió morir como un hombre libre, a vivir como esclavo del criminal régimen castrista. ¡Que doblen las campanas! Por la muerte del tirano.
30 de noviembre de 2016.