

EL WOKISMO ES DE IZQUIERDA
PERO EL WOKISMO NO ES MARXISTA
Dicen que el significado literal de la palabra «woke», el pasado de «wake», significa despertar. Pero el término es mucho más complejo y ser o estar woke en slang o jerga estadounidense puede indicar con qué posturas políticas estás alineado. Según muchas opiniones el uso de woke surgió dentro de la comunidad afroamericana de Estados Unidos y quería decir estar alerta a la injusticia racial.
También hay quienes se atreven a señalar al novelista William Melvin Kelley como autor de este término. Hace muy poco leí a un columnista de un medio importante quien se atrevía a señalar a Ernesto Laclau como el estratega de la izquierda woke en 1985 y que su triunfo se habría impuesto desde 2014, y que otro argentino Javier Milei lo hirió de muerte. Creo que esta opinión es incorrecta, ni Ernesto Laclau fue el estratega y tampoco fue herida de muerte por Javier Milei.
Desde que se puso de moda este término, ha corrido ríos de tinta, los opinologos e intelectuales se pelean por señalar su origen y sus raíces filosóficas que seguramente la debe tener, pero puestos en la tarea de buscarle su origen vamos a encontrar por todos lados semejanzas. En el Nuevo Testamento, leemos en la Carta a los Romanos, 13:11, un versículo que perfectamente podrían ser aplicados al wokismo «Y haced todo esto, conociendo el tiempo, que ya es hora de despertarnos del sueño; porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando creímos».
«Lo woke no es un movimiento en el sentido tradicional del término. El primer uso registrado de la frase stay woke (“mantente despierto”) fue en la canción de 1938 del gran cantante de blues Lead Belly, titulada “Scottsboro Boys”, dedicada a nueve adolescentes negros cuyas ejecuciones, por unas violaciones que nunca cometieron, solo se consiguieron impedir tras años de protestas internacionales, como a veces se olvida, por el Partido Comunista, mientras que la Asociación Nacional por el Avance de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés) del activista afroamericano W. E. B Du Bois se mostraba reacio a involucrarse en un principio. Mantenerse despierto ante la injusticia, estar atentos a las señales de discriminación, ¿qué podría haber de malo en eso? Sin embargo, en unos pocos años, el término woke ha pasado de ser elogioso a ofensivo. ¿Qué ha pasado?», dice Susan Neiman, la filósofa del wokismo, que sostiene que «izquierda no es woke».
En un mundo post-cristiano, este término se aplica a despertar ante la opresión, las injusticias, el racismo, y un largo etcétera. Pero me voy a referir a lo primero que estoy afirmando, es decir, porque el wokismo es izquierdismo. Pero quiero aclarar que de ninguna manera el wokismo es toda la séptima generación de izquierdas, no es el todo, es una parte de esa izquierda que no se agota en el wokismo. Para entender esto hay que tener una teoría sobre las izquierdas, entender lo que son las distintas generaciones de izquierda, y lo que es la séptima generación, como así la califico yo desde hace algunos años y la sostengo con argumentos.
El filósofo español Gustavo Bueno Martínez, inventor del sistema filosófico llamado «Materialismo Filosófico», en su libro: El mito de la izquierda. Las izquierdas y la derecha, analiza lo que es la izquierda y niega que se puede hablar de «la izquierda» en singular, ya que estas son diversas y muchas veces están en conflicto, por tanto, no cree posible hablar de una unidad de fondo entre las izquierdas, porque su unidad es analógica, puesto que son diversas.
Gustavo Bueno Martínez, para establecer una idea de izquierda definida, pero «por partes», empieza por la izquierda prístina que surge a finales del siglo XVIII, como consecuencia de la Asamblea Revolucionaria de 1789, que tiene que ver con la oposición entre el Antiguo Régimen (trono y altar) y el Nuevo Régimen, y es donde aparecen la izquierda y derecha política en el contexto de la Revolución francesa. Es decir, que en su análisis parte del primer género generador, o primera generación de izquierda hasta llegar a la sexta generación de izquierda, según el desarrollo que hace el propio Gustavo Bueno Martínez.
El profesor Gustavo Bueno Martínez, hace una distinción entre los géneros porfirianos y los géneros plotinianos. Pero en este caso solo nos vamos a referir a las Ideas o Conceptos plotinianos, que determinan (a diferencia de los porfirianos) clases definidas por conjuntos de notas o acervos connotativos que se aplican a cada subclase o elemento en cuanto derivan o proceden de otras subclases o elementos de la clase general. Y los llamamos plotinianos en atención a un texto de Plotino (205-270) que dice: «La raza de los heráclidas forma un género, no porque tengan un carácter común, sino por proceder del mismo tronco».
Gustavo Bueno Martínez, identifica la primera generación de izquierdas con la izquierda jacobina, la segunda con el liberalismo español, la tercera generación con el anarquismo, la cuarta con la socialdemocracia, la quinta con el comunismo y la sexta generación de izquierdas con el maoísmo o comunismo asiático. Pero quienes seguimos el sistema del materialismo filosófico, creemos que después de su muerte el mejor homenaje al profesor Gustavo Bueno Martínez, es continuar a partir de sus ideas y no quedarse en el tiempo como si la vida no avanzara, y con ella, las ideas y las ideologías.
Como bien dice el filósofo José Manuel Rodríguez Pardo: «Más allá de Gustavo Bueno», esto significa, al menos para nosotros, que hay que seguir con la tarea y si Gustavo Bueno llegó hasta la sexta generación, eso no significa que con el transcurrir del tiempo no puedan surgir nuevas generaciones de izquierdas. Desde hace muchos años ya me refiero y señalo lo que es la séptima generación de izquierdas, la cultural marcusiana. Y no lo hago por simple ocurrencia o por ansias de figuración, sino porque hay suficientes argumentos para defender esta tesis. También, he dejado constancia de lo que digo en numerosos artículos.
Existe una nueva generación de izquierdas sin la cual no hubiese sido posible el wokismo. Por tanto, el wokismo pertenece a esta séptima generación y para que esta nueva izquierda exista y se ponga en marcha, el marxismo necesariamente debía estar muerto, terminado, con su correspondiente certificado de defunción y enviado al cementerio de la historia. Herbert Marcuse supo entender la miseria del marxismo y pudo prever o conjeturar la falsedad de su teoría y de su práctica a través del psicoanálisis y el existencialismo.
El inicio del fin de la historia para el marxismo fue a finales del siglo XX, cuando llegó a su apogeo la sociedad del placer y luego en el siglo XXI cuando superó a la sociedad de consumo. En cuanto a las izquierdas, el hecho de no reconocer una nueva generación de izquierda lleva al error tan generalizado de confundir wokismo con marxismo, y eso no se soluciona escribiendo libros tratando de entender de que izquierda es PODEMOS, tarea imposible si no se entiende la séptima generación.
La referencia a Herbert Marcuse es fundamental, y si no hacemos estas distinciones caeremos en el error que cometen muchísimos intelectuales y que no terminan de entender, y siguen atribuyendo al teórico marxista italiano Antonio Gramsci, el triunfo de la nueva izquierda cultural, porque no entienden que Antonio Gramsci pertenece al marxismo tradicional, pese a sus criticas reformistas. Lo primero es realizar una distinción entre socialismo, comunismo y marxismo.
Vladimir Lenin en su libro: El Estado y la revolución, entre otras cosas, explica que el comunismo tiene dos etapas o fases. La primera, en la que subsiste el Estado, y este se hace con el control de todos los medios de producción para planificar de manera centralizada la economía y, una segunda fase, en la que el Estado desaparece y los medios de producción se vuelven totalmente comunitarios.
A esta primera fase o etapa, Lenin la denominó «socialismo» y a la segunda fase en donde el Estado ya ha desaparecido y los medios de producción son comunitarios, y donde no hay un Estado que planifique la producción social, a esa la llamará «comunismo». A estos términos en mi barrio, los muchachos amigos para no pecar de diletantes, sin entrar en disquisiciones si es primera o segunda fase lo llamaban o llaman groseramente izquierdismo y a sus sujetos operatorios «zurdos» y de pasó le agregaban algún adjetivo descalificativo.
Lo que hace Vladimir Lenin en su libro, no se trata de una definición de socialismo o comunismo que debamos aceptar de una vez y para siempre, en cualquier caso, se trata de una definición más de las muchas que se seguirán dando en el futuro. La definición que da Lenin, no habría sido aceptada ni por el mismo Karl Marx ni por Engels. Ya que este dúo usaba indistintamente estos términos. Para Marx y Engels, lo que Vladimir Lenin y el guerrillero colombiano del M-19 Gustavo Petro, consideran socialismo, es decir: «la propiedad estatal de los medios de producción», que se va encaminado a la abolición del propio Estado y el control de los medios de producción.
Eso sería la «dictadura del proletariado» porque las distinciones de clase aun no habrían sido eliminadas, de ahí que el proletariado utilice al Estado como medio o herramienta de dominación de clases, para completar la transición al comunismo y una vez que se haya llegado al comunismo -o socialismo- el Estado y las relaciones de clase, incluyendo las relaciones de propiedad, solo entonces desaparece el Estado.
La dictadura del proletariado es un concepto político propio del marxismo y se refiere a un Estado en el que el proletariado (los obreros industriales asalariados) ya tienen el control del poder político en lugar de la burguesía (los grandes propietarios capitalistas), cuyo dominio es considerado en oposición a una «dictadura de la burguesía». El término «dictadura del proletariado» pertenece a los padres del marxismo, Karl Marx y Friedrich Engels, que, en el siglo XIX, toman como primer ejemplo a la Comuna de París.
Para el materialismo histórico, la dictadura del proletariado es el período de transición entre el capitalismo y el comunismo, y por tanto no es aún el fin del modo capitalista de producción. Para mantener este poder obrero dentro de una sociedad capitalista se necesitaría no solo el reemplazo del personal del Estado burgués, sino también un cambio estructural hacia una nueva forma obrera de Estado, que posteriormente se organizaría en formas, como, por ejemplo, las comunas, hasta ser abolido.
Lenin a posteriori diría que el Estado organizado por la dictadura del proletariado no solo existiría bajo el llamado «periodo de transición», sino que se extendería hasta la primera fase del comunismo y que se encargaría inicialmente de la dirección de la economía bajo el modo de producción socialista. En interpretaciones posteriores al periodo estalinista del marxismo-leninismo, la permanencia del Estado dentro del modo de producción socialista se describe como un «Estado de todo el pueblo».
El marxismo-leninismo también establece que la base y el principio supremo de la dictadura del proletariado radican en la alianza de la clase obrera con el campesinado, bajo la dirección de la clase obrera. De igual forma aclara que en el transcurso de la edificación del estado socialista, la base social de la dictadura del proletariado se amplía y se fortalece, esto es para formar la unidad política, social e ideológica de la sociedad.
El socialismo fue definido de muchas maneras, cuando el alemán Karl Marx empezó a desarrollar su producción intelectual o doctrinal, el socialismo ya existía en el mundo de hecho, por lo mismo el propio Marx necesita diferenciarse y tomar distancia de esas ideas políticas socialistas de la época, a los que Karl Marx llamó «socialistas utópicos». Friedrich Engels fue quien acuñó el término de «socialismo utópico» en «Del socialismo utópico al socialismo científico» de 1880, sección de una obra anterior, el Anti-Dühring de 1878, para referirse a los primeros socialistas, por oposición al «socialismo científico» creado por él y por Marx.
Para el alemán Friedrich Engels las propuestas de aquellos socialistas eran simples formulaciones «idealistas» —irrealizables, utópicas— ya que no se basaban en el análisis «científico» de la sociedad capitalista y de sus fundamentos económicos y no tenían en cuenta la realidad de la lucha de clases. Marx y Engels creían que no se debería fantasear con «imágenes» distractoras de falansterios o estados imaginarios, sino organizar a los trabajadores exponiendo las contradicciones del capitalismo.
Los principales utopistas fueron: «Saint-Simon, en quien la tendencia burguesa sigue afirmándose todavía, hasta cierto punto, junto a la tendencia proletaria; Fourier y Owen, quien […] expuso en forma sistemática una serie de medidas encaminadas a abolir las diferencias de clase». Según Vladimir Lenin, los utopistas «no sabía explicar la esencia de la esclavitud asalariada bajo el capitalismo, ni descubrir las leyes de su desarrollo, ni encontrar aquella fuerza social capaz de convertirse en la creadora de la nueva sociedad».
En el Manifiesto Comunista, 1848, K. Marx y F. Engels, dirán:
«Cierto es que los autores de estos sistemas penetran ya en el antagonismo de las clases y en la acción de los elementos disolventes que germinan en el seno de la propia sociedad gobernante. Pero no aciertan todavía a ver en el proletariado una acción histórica independiente, un movimiento político propio y peculiar […] Estas descripciones fantásticas de la sociedad del mañana brotan en una época en que el proletariado no ha alcanzado aún la madurez, en que, por tanto, se forja todavía una serie de ideas fantásticas acerca de su destino y posición, dejándose llevar por los primeros impulsos, puramente intuitivos, de transformar radicalmente la sociedad. Y, sin embargo, en estas obras socialistas y comunistas hay ya un principio de crítica, puesto que atacan las bases todas de la sociedad existente. Por eso, han contribuido notablemente a ilustrar la conciencia de la clase trabajadora […] La importancia de este socialismo y comunismo crítico-utópico está en razón inversa al desarrollo histórico de la sociedad».
El término «utópico» se usó como peyorativo para designar ingenuidad y descartar sus ideas como poco realistas. Historiadores franceses en la actualidad prefieren utilizar para definir las categorías de «primeros socialismos», «socialismos románticos», «socialismos premarxistas», «socialismos conceptuales» incluso para Loïc Rignol son los primeros «socialismos científicos». No hay un solo socialismo. Los representantes más destacados del primer socialismo son Santo Tomás Moro, Robert Owen en Gran Bretaña, Henry de Saint-Simon, Flora Tristán, Charles Fourier y Étienne Cabet en Francia. También se puede nombrar a Pierre-Joseph Proudhon, Graco Babeuf, Filippo Buonarroti, Auguste Blanqui.
No se puede ignorar que tanto el marxismo como el anarquismo coinciden en una cosa muy importante, la extinción del Estado, el anarquismo de manera directa y por todos los medios y los marxistas en una eliminación gradual. Hay una diferencia del socialismo marxista con los utópicos y es que los socialistas utópicos no desarrollaron una teoría sobre la lucha de clases, en cambio, creían que las personas de todas las clases pueden adoptar voluntariamente su plan social si se presenta de manera convincente sin necesidad de una revolución social.
Los socialistas posteriores y los críticos del socialismo utópico dijeron que este socialismo no se basaba en las condiciones materiales reales de la sociedad existente, y estas concepciones de sociedades ideales compitieron con los movimientos socialdemócratas revolucionarios de inspiración marxista. Las diferentes corrientes del socialismo utópico se disolvieron o se fueron integrando al vasto movimiento socialista hegemonizado desde la Asociación Internacional de Trabajadores (1864-1876) por las ideas de Karl Marx y de Bakunin.
Bien, ¿el wokismo o el resto de ese grupo heterogéneo de la nueva izquierda cultural, levantan las banderas de la teoría del valor-trabajo, de la lucha de clases, del proletariado como clase universal, de la dictadura del proletariado y de la eliminación del Estado? ¡No! claro que no. Entonces es de idiotas seguir llamando al wokismo y a todas las manifestaciones de la nueva izquierda cultural marxistas, comunistas, socialistas, pero si son zurdos.
¿Son una nueva izquierda? ¡Claro que sí! Y bien definidas. Para que haya una izquierda política debe haber una derecha política, y al igual que la nueva derecha política del siglo XXI, que está conformada por diversos y distintos grupos y muchas veces contrapuestos y enfrentados. Pero en estos tiempos hablar de lucha de clases, de dictadura del proletariado, de plusvalía, es un anacronismo, vean a China en consonancia con el neoliberalismo produciendo plusvalía por minuto.
Los cambios sociales y económicos que se producen en el mundo, afectan a todos, a unos más que a otros, y el nuevo mundo laboral significa no solo el fin del marxismo político, y con ella de la sexta generación de izquierdas. Recuerden al chino Xi Jinping presentándose en Davos como el gran defensor de la globalización.
Uno de los grandes aportes que hace Gramsci a la teoría marxista es la noción de «bloque histórico», como un conjunto de relaciones que, en determinados momentos, se producen entre la estructura socioeconómica y la superestructura jurídico política, pero también que dentro del bloque histórico coexisten distintos componentes que dan vida a este mecanismo. En el bloque histórico existe un triple aspecto, primero, que no hay primacía de ningún tipo entre la estructura–superestructura, y que lo importante se encuentra en el vínculo que se genera entre éstos, y que la vinculación de estos se da mediante los intelectuales.
En segundo lugar, que es un sistema social integrado sólo cuando se construye un sistema hegemónico bajo la dirección de intelectuales. El tercer aspecto se refiere al estudio del quiebre de la hegemonía de la clase dirigente, este aspecto es el más ligado a la acción política. Gramsci creía que era necesario en Italia el quiebre del «bloque industrial–agrario» por el «bloque obrero–campesino».
Para Gramsci la violencia es ejercida por el Estado y sus instituciones coercitivas como las fuerzas armadas, la educación, las leyes, entre otros. En tanto que el consenso es representado en la esfera de la sociedad civil, y donde son de suma importancia los intelectuales. De esta manera se generan los factores para establecer la hegemonía de una u otra fuerza en pugna. Gramsci ve unidad entre la estructura económica y la superestructura política e ideológica.
El marxista italiano es uno de los primeros en observar la cuestión superestructural como un elemento importante al de la estructura a la hora de comprender el funcionamiento del capitalismo. Por ello, Antonio Gramsci instalará el debate en los intelectuales como sujetos necesariamente políticos para la revolución. La hegemonía para Gramsci es la primacía de la sociedad civil sobre la sociedad política. La sociedad civil para Gramsci es el conjunto de organismos privados y que corresponden a la función de hegemonía que el grupo dominante ejerce en toda la sociedad.
Gramsci habla de tres aspectos complementarios de la hegemonía, primero, como ideología de la clase dirigente (economía, ciencias, derecho, etc.), segundo, como concepción del mundo difundida en todas las capas sociales (religión, filosofía, folclore, etc.) y como dirección ideológica de la sociedad (sistema escolar, medios de comunicación, etc.). Antonio Gramsci ve en la hegemonía como una suerte de monopolio intelectual, una atracción que sus propios representantes suscitan entre otras capas de intelectuales. De esta manera, acaban por someter como subordinados a los intelectuales de los demás grupos sociales.
La primacía económica es conditio sine qua non, pero para Gramsci no es suficiente para la formación de un bloque ideológico. Para eso es necesario que la clase dirigente tenga una verdadera política hacia los intelectuales. Por tanto, será necesario la implementación de un programa escolar y un principio educativo transversal desde los primeros años hasta los estudios universitarios, en donde se inculquen los preceptos básicos que lleguen a todos con el fin de reforzar la hegemonía con la que se cuenta.
La clase dominante a nivel estructural dirige a la sociedad, también, por el consenso que obtiene gracias al control de la sociedad civil, control que se caracteriza por la difusión de su concepción del mundo entre los grupos sociales a los cuales llega mediante los mecanismos antes mencionados. Antonio Gramsci también aprecia otros ejemplos para la cuestión de la hegemonía como pueden ser la dictadura o la dominación. Hay grupos sociales no hegemónicos que dominan a la sociedad por la sola coerción, simplemente porque detentan el control del Estado.
Existen dos casos distintos, uno de ellos es el fascismo, el cual comenzó con un fuerte control ideológico que va dejando de tener en el último tiempo. El otro caso es el de la Revolución Rusa, la cual comienza sin ese fuerte control ideológico que luego irá adquiriendo. De acuerdo a esto último se desprende la concepción de la dictadura del proletariado, a la cual entiende como dirección ideológica (hegemonía, sociedad civil) sumado a la dominación político-militar de la clase obrera (dirección obrera, sociedad política).
Antonio Gramsci no pierde de vista la relación existente entre la clase dirigente y las clases subalternas, relación que pueden ser de tres tipos distintos, el primero sería en el cual las clases subalternas juegan un rol decisivo para la victoria de la clase dominante (un claro ejemplo es la Revolución francesa), el segundo es el denominado transformismo, en donde la clase dominante mantiene pasiva a las clases subalternas mediante la dominación y la cooptación de sus intelectuales. El tercer tipo es el de la dictadura pura y simple, mediante el control coercitivo y violento de la sociedad.
Los intelectuales para Antonio Gramsci no son una clase en sí misma, sino que son grupos ligados a las diferentes clases. Existen intelectuales de las clases dominantes e intelectuales de las clases subordinadas. Pero dentro de los intelectuales podemos encontrar dos tipos distintos, los «orgánicos» y los «tradicionales». Los intelectuales orgánicos son aquellos que se hicieron a medida del capitalismo y que trabajan por y para el mismo sistema de producción hegemónico. Éstos aparecen sobre el terreno a exigencias de una función necesaria en el campo de la producción económica.
Pero si la hegemonía llegase a cambiar, podrían pasar a ser nuevos intelectuales orgánicos que sirvan a otros intereses. Pero también existen un tipo de intelectuales que siguen añorando el pasado y las tradiciones anteriores de la sociedad, este tipo de intelectuales son denominados tradicionales.
Antonio Gramsci sostiene que todo intelectual aislado de su clase social es «improductivo», y que aquello a lo que puede arribar no serán más que a «pequeños caprichos individuales». El vínculo con su clase social representa la actividad que desarrolla para volver homogénea y hegemónica la clase. Así los intelectuales se convierten en las «células vivas» de la sociedad civil (sistema escolar, Iglesia, etc.) y la sociedad política (encargados de la gestión del aparato del Estado).
Por lo tanto, Gramsci ve necesario distinguir entre ideologías orgánicas e ideologías arbitrarias. En este sentido, las primeras tienen como fin último organizar a las masas para la lucha, y las segundas no crean más que movimientos individuales e instalan polémicas dentro de las ideologías orgánicas, lo cual sólo limita y obstruye las posibilidades reales de romper con el sistema hegemónico. Según Antonio Gramsci, el Príncipe invocado por Maquiavelo no puede ser un individuo real, concreto, sino un organismo y «este organismo está ya dado por el desarrollo histórico y es el partido político: la primera célula en la cual se reasumen los gérmenes de voluntad colectiva que tienden a volverse universales y totales».
Por tanto, el partido es el organizador de una reforma intelectual y moral, que concretamente se manifiesta con un programa de reforma económica, volviéndose así «la base de un laicismo moderno y de una completa laicización de toda la vida y de todas las relaciones de costumbre». Para que un partido exista, según Gramsci, y se vuelva históricamente necesario, deben contener tres elementos fundamentales:
«Un elemento difuso, de hombres comunes, medios, cuya participación sea ofrecida por la disciplina y por la fidelidad, no por el espíritu creativo y altamente organizativo… ellos son una fuerza en cuanto hay quien los centraliza, organiza, disciplina, pero en ausencia de esta fuerza cohesiva se esparcirían y se anularían en un polvillo impotente…».
«El elemento cohesivo principal… dotado de fuerza altamente cohesiva, centralizadora y disciplinadora y también, más bien tal vez por esto, inventiva… con solo este elemento no formarían un partido, sin embargo, lo formarían más que el primer elemento considerado. Se habla de capitanes sin ejército, pero en realidad es más fácil formar un ejército que a los capitanes». Y «Un elemento medio, que articule el primer con el segundo elemento, que los meta en contacto, no sólo física, sino moral e intelectualmente…».
No voy a extenderme más en Antonio Gramsci que nos brinda toda una serie de elementos que acompañan y complejizan el análisis marxista de la sociedad. Pero de ninguna manera contraponiéndola sino complementándola, munido con nuevas herramientas para pensar y luchar contra un modo de producción. Por tanto, nada tiene que ver Gramsci con esta basura de la nueva izquierda cultural. Antonio Gramsci no es el exponente de la nueva izquierda, el sardo pertenece al marxismo político, al del partido político. En la nueva izquierda cultural no corre el «intelectual orgánico» sino el «intelectual radical».
En 1930, Gramsci, escribió en los Cuadernos de la cárcel, una de sus frases más conocidas en versión popular, aunque citada erróneamente: «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos». La frase correcta es: «La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en ese interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados». En Gramsci significa que las sociedades pasan por periodos en los que lo viejo todavía no acaba de morir y lo nuevo aún no ha nacido plenamente.
Ese supuesto impasse o compás de espera, Antonio Gramsci lo analiza desde la óptica marxista, desde la quinta generación de izquierdas. Pero lo que va a aparecer es el nuevo monstruo que Gramsci no pudo avizorar y lo mismo miles de intelectuales actuales. ¿Y por qué no lo vieron? Por muchas razones. Porque su marxismo les impedía aceptar que el comunismo había terminado y que no tenía nada más que decir en el mundo actual. Muchos marxistas intentaron resucitar el comunismo, ese fue el intento estúpido de Santiago Armesilla Conde.
La nueva izquierda estaba en frente de sus narices y no la vieron, pero esa nueva izquierda no tenía nada que ver con la lucha de clases, ni con la plusvalía, a nadie le importa esto salvo está a unos pocos diletantes. Por tanto, todos aquellos que siguen adjudicando la actual izquierda a Gramsci se equivocan, y que haya puesto su acento en lo cultural no significa un adiós al marxismo tradicional, lo dicen porque no pueden entender lo que es la izquierda cultural de nuestro tiempo, porque como diría Javier Milei: «no la ven» y entre ellos hay que incluirlo a él, a Javier Milei, que sigue calificando a la actual izquierda cultural de comunista, como los millones de personas que repiten equivocadamente lo mismo.
El trabajo, la economía, las ciencias, las tecnologías, la cultura de masas del siglo pasado, son tan pasado como el mismo Antonio Gramsci es pasado. Todos los cambios tecnológicos van modificando la vida política, y con el fin del «proletariado» también surge una nueva izquierda que pone el acento en otras cuestiones, que no tienen nada que ver con las izquierdas de cuarta, quinta y sexta generación, es decir, según la excelente clasificación de Gustavo Bueno Martínez, la socialdemocracia, el comunismo y el maoísmo.
En este mundo en marcha en que nos toca vivir se produce una nueva izquierda, la séptima, la cultural marcusiana, y aunque en sus orígenes estaban indefinidas en las masas, no fue así en Herbert Marcuse que estaba bien definido, pero esas otras izquierdas ya no lo están, ipso facto dejaron de ser indefinidas, y ese salto se produce al copar las organizaciones y los partidos políticos que respondían a las viejas izquierdas. Las izquierdas marcusianas tomaron el poder en Estados Unidos a través del Partido Demócrata, la izquierda estadounidense, en la Argentina con el peronismo, PODEMOS en España a través del PSOE, y podemos seguir.
En los últimos dos siglos tanto los socialistas como los comunistas sostenían que el conflicto entre los hombres se centraba en la lucha de clases, ese era el motor de la historia. El gran problema se presenta cuando la «lucha de clases» queda obsoleta y ya nadie compra esa idea, mejor dicho, solo algunos tontos útiles. En una sociedad en la que una gran proporción pertenece o son económicamente de clase media, y los que no lo son, luchan para elevar su nivel de vida, ya no hay sitio para la idea del proletariado. La nematología y la tecnología del mundo político pasado está acabado, aunque haya rezagos anacrónicos de ese mundo, por lo mismo conozco a muchos jacobinos que sobreviven a la Revolución francesa.
George Sorel, renegaba y atacaba al sindicalismo, porque consideraba que estos luchaban para mejorar el salario en vez de realizar una revolución, por eso los consideraba innecesarios e inútiles. Los marxistas tradicionales sostenían que el fracaso del proletariado consistía en no entender que su explotación por los capitalistas, se debía a su propia «falsa conciencia» en la que habían sido adoctrinados, los obreros creían por esa falsa conciencia de que eran libres en el capitalismo, y solo eran esclavos de un salario, no entendían que eran víctimas del sistema social, de la propiedad privada de los medios de producción.
¿Quiénes serán aquellos que nos liberen de las injusticias del capitalismo? ¿Los que ocupen el lugar de los explotados y marginados? Mucho antes del fin del socialismo real, muchos intelectuales vieron que el marxismo político había fracasado, y para hablar desde un lugar referencial y no desde el vacío como acostumbran hacer los intelectuales, la Escuela de Frankfurt no es un ejemplo cualquiera, es el principal ejemplo. Herbert Marcuse se muda a Estados Unidos y va a poner en marcha la séptima generación de izquierdas, luego de una crítica al marxismo tradicional.
La Escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse y la Nueva Izquierda.
Lo siguiente responde a ideas expuestas en otros artículos, por tanto, lo siento por la repetición.
Serían los marxistas alemanes de la Escuela de Frankfurt, Adorno, W. Benjamin, Erich Fromm, Max Horkheimer y Herbert Marcuse, los que superaron a Lukács y a Gramsci casando a Marx con Freud, dando lugar a lo que llamamos el marxismo cultural. Pero un marxismo revisado por su padre fundador Herbert Marcuse. No se puede negar que existe una izquierda actual, que algunos, a falta de capacidad y comprensión, califican erróneamente como socialdemócrata. Sin embargo, esta Nueva Izquierda es una mescla de izquierdas definidas e indefinidas.
Esas izquierdas que están bien explicadas por Gustavo Bueno Martínez, como «izquierdas indefinidas», es el lugar a donde fueron a parar las izquierdas definidas luego del derrumbe del socialismo real. Se mantuvieron escondidas, camufladas, mimetizadas, en los medios de comunicación, en los cuales representan alrededor del 75%, en las ONGs, es la ideología woke, la ideología de género, los indigenistas, las pacifistas, multiculturalistas, etc.
Grupos que reivindican rasgos que tienen que ver con el animalismo, el feminismo, con variedades y preferencias sexuales, LGTBIQ+, el ecologismo, etc., que no son más que aspectos antropológicos culturales, pero no estrictamente políticos. Esas consideraciones son puramente metafísicas y que suelen emplear en la política, son elementos extra políticos, que se mueven en el espacio antropológico, como el mito de la naturaleza, la pachamama, la madre tierra, y un largo etcétera.
Herbert Marcuse pertenece a la primera generación de la Escuela de Frankfurt junto a otros intelectuales del movimiento como Erich Fromm, con quien se enemistó muy pronto y otros representantes de esa escuela como Theodor Adorno y Walter Benjamin. Georg Lukács, al centrarse en la falsa conciencia o alienación del proletariado, abriría un nuevo campo de estudio. Con estos autores, el marxismo se combinó con el psicoanálisis y dio un giro cultural. Stuart Jeffries, afirmaba que el enfoque en la «reificación» hizo girar al marxismo del «optimismo agitador del Manifiesto comunista a la resignación melancólica que se filtra a través de la Escuela de Frankfurt».
El Instituto de Investigación Social se creó en Frankfurt (Alemania) para reflexionar sobre el fracaso de la revolución comunista en Alemania en 1918. Pero a partir de 1931, con la dirección de Max Horkheimer, abandonaron el análisis del capitalismo exclusivamente como un sistema económico para estudiar su superestructura.
El capitalismo era para ellos un sistema de dominación cultural, que oprime al proletariado de maneras sutiles a través de la cultura de masas. Aquí surge una paradoja que los críticos de la Escuela de Frankfurt recuerdan de la siguiente manera: «Estamos todos atrapados y alienados excepto, claro, quienes nos avisan de que estamos todos atrapados y alienados». Marcuse, Max Horkheimer, Theodor Adorno, tienen conciencia, pueden ver la opresión cultural y su obligación moral es avisar al mundo entero.
Según las reflexiones de Herbert Marcuse el proletariado fue hallado deficiente como agente revolucionario y debía ser reemplazado por teóricos críticos. Es decir, por académicos, la Escuela de Frankfurt «en vez de politizar la academia, academizó la política», como dijo la filósofa Gillian Rose. Karl Marx se veía como el profeta del advenimiento del socialismo. Marx no fue una especie de activista que buscaba organizar una revolución obrera, Marx enfatizó desde el principio que la revolución socialista vendría inevitablemente, no se tenía que hacer nada para causarlo.
Al hilo de Marx, Karl Kautsky, escribió: «Nuestra tarea no es organizar la revolución sino organizarnos para la revolución; no es para hacer la revolución, sino para sacar partida de ella». La ausencia de una sola revuelta obrera del tipo que predijo Marx, en cualquier parte del mundo, fue una refutación plena y decisiva del marxismo «científico». La clase trabajadora no estaba para rebelarse, Karl Marx no anticipó eso. Herbert Marcuse definió el problema de la misma manera que Lenin: si la clase trabajadora no está dispuesta al socialismo, ¿dónde encontrar un nuevo proletariado para lograrlo? Este solo enunciado indica el fin del marxismo.
El filósofo Herbert Marcuse, entendía que las sociedades capitalistas avanzadas tecnológicamente, adquirían un vínculo con el artículo de producción, y esto producía una falsa concientización o inhibía al obrero de asumir el papel de vanguardia o sujeto revolucionario. Al obrero en el capitalismo no le interesaba ser revolucionario ni comunista, por las prebendas que el sistema y su esfuerzo personal le otorgaban.
Marcuse reemplazó al proletario (que no existía) y en su lugar entronizó a ese sector de la sociedad que se sentía marginado, y es entonces, que la noción de victimización colectiva adquiere un papel fundamental. Es decir, por ejemplo, hay que mantener a los afroamericanos mentalmente como victimas perpetuas. Marcuse le otorgó al «intelectual radical» la tarea de guiar a los marginados (explotados), y se buscaba culpar colectivamente a los blancos para que asistieran al proceso revolucionario.
Herbert Marcuse confió la tarea al intelectual radical y no al «intelectual orgánico», ahí está la diferencia con Antonio Gramsci. Herbert Marcuse sabía que en los países industrializados modernos como Estados Unidos no podían reunir los tipos de campesinos sin tierra, los restos de una sociedad feudal atrasada, en los que Lenin confiaba. Había que buscar un sustituto al proletariado. Marcuse sabía que contaba con los artistas e intelectuales trasnochados que odiaban la civilización industrial, en parte, porque se consideraban superiores a los empresarios y comerciantes.
Estos marginales eran la tropa natural para lo que Marcuse llamó el Gran Rechazo, es decir, el repudio visceral de la sociedad de libre mercado. Pero estos bohemios estaban confinados a pequeños sectores de la sociedad occidental. Se podría mencionar a la sección Schwabing, un barrio de Münich, conocido por ser el barrio de los artistas, que, desde finales del siglo XIX, concentró a una gran cantidad de pintores, escritores, músicos y personajes bohemios en general, y que actualmente sigue siendo un barrio bohemio e importante centro cultural de la ciudad que atrae a gran cantidad de viajeros.
También en la margen izquierda del rio Sena, París, donde está situado el Barrio Latino que tiene como núcleo histórico a la Sorbona. En la década de 1960, y en particular en los sucesos de mayo de 1968, este barrio fue uno de los centros neurálgicos de los diferentes movimientos de protesta. El Greenwich Village en New York, también conocido como The Village, y que en la actualidad es una gran área residencial en el lado oeste de Manhattan. The Village, famoso por su bohemia y la cultura alternativa de la que ha sido escenario histórico. Fue un semillero de nuevas ideas y movimientos de vanguardia, y que marcó el inicio del futuro movimiento hippie de los años 1960.
Estos jóvenes eran vagos, malcriados, un remedo de la humanidad, que vivían de la prosperidad de la posguerra, y estaban alejados de los problemas del mundo real, metidos en las drogas, el libertinaje sexual y su música. ¿Esta escoria podría ser la vanguardia de la revolución? Para Herbert Marcuse sí lo eran, pero «elevando su conciencia». Estos «estudiantes» ya estaban algo alienados de la sociedad. Vivían en esas comunas socialistas llamadas Universidades. Marcuse vio en ellos la materia prima de la que se hace el socialismo en una sociedad rica y exitosa.
Marcuse confiaba en que estos profesores activistas podrían sensibilizar a toda una generación de estudiantes para que pudieran sentirse subjetivamente oprimidos incluso si no hubiera fuerzas objetivas que los hicieran. Era un trabajo a largo plazo, pero afortunadamente para Herbert Marcuse los 60 fueron los años de la Guerra de Vietnam, y los estudiantes temían ser reclutados, entonces existían razones egoístas y cobardes para oponerse a la guerra. La cuestión era convertir esa cobarde actitud en una noble resistencia ética y de justicia global.
La mala conciencia pasaba a ser un activismo de izquierdas. La nueva clase proletaria trabajadora eran los «luchadores por la libertad» vietnamitas, Marcuse se atrevió a decirles a los estudiantes izquierdistas en la década de los 60 que los «luchadores por la libertad» vietnamitas no podrían tener éxito sin ellos. Los estudiantes eran para Marcuse el caballo de Troya dentro del capitalismo. Juntos entre los de adentro y los de afuera lograrían el Gran Rechazo. Este «gran rechazo» de Marcuse está lejos de la tradición marxista. Marcuse habla de sectores sociales que no tienen nada en común con los procesos de producción, y tampoco con la plusvalía.
En la búsqueda de la nueva clase proletaria sustituta, Herbert Marcuse, además de los estudiantes, encontró tres divisiones más para la lucha. El primero de ellos fue el movimiento Black Power, que fue adjunto al movimiento de derechos civiles. Lo bueno de este grupo, desde el punto de vista de Marcuse, es que no tendría que ser instruido en el arte del agravio, los negros tenían quejas que databan de siglos atrás, había razones objetivas. Según este grupo, los «negros» se convertirían en la clase trabajadora, los «blancos» en la clase capitalista.
Por tanto, no vemos la lucha de clases, lo que vemos es la lucha de la raza, la lucha de los sexos. Se afirma entonces que el racismo está presente de manera permanente en la sociedad, que la gente de color estaba sometida a los privilegiados por su blancura. Lo mismo sucedía con el género y la orientación sexual, abiertas a todo abuso físico y psicológico, y que la homofobia estaba al acecho como una fiera a la vuelta de la esquina en toda sociedad.
Se insiste en que la identidad y el sentido que asumimos cada uno de nosotros están ligado a tu género, raza y sexualidad. Y quien no acate esto se debe a su falsa conciencia y debe ser reeducado, ya que fueron lavados sus cerebros por los intereses de los blancos, de hombres heterosexuales. Las personas pueden estar oprimidas por ser una mujer, por ser negra, o por ambas cosas, o puedes ser negra, mujer, homosexual, es decir, una víctima de todas estas agresiones.
Aparecen muchas formas de discriminación, por tanto, surge la «interseccionalidad». Y cada «intersección» tiene su propio significado, experiencia, discriminación, opresión, abuso y marginación. Una mujer blanca solo puede entender un poco de lo que está sufriendo esta persona, ya que, aunque sea una mujer, es blanca y por lo mismo tiene cierto grado de «privilegio» al no ser una «persona de color».
En esta nueva izquierda cultural, todas las declaraciones de las ideas «de odio» u «ofensivas» o «de tipo fascista» pueden ser censuradas para que no se oigan en diversos «espacios públicos». Cualquier persona que trate de pronunciar palabras e ideas prohibidas puede ser atacada físicamente y expulsada. La siniestra corrección política pretende cambiar el lenguaje y enseñar otra forma «correcta» de hablar para que seamos «inclusivos». ¿Pero cómo llegamos a esto, a esta Nueva Izquierda?
La raza, entonces toma el lugar de la clase. Así es como obtenemos el afro-socialismo, y desde aquí es un paso corto hacia el socialismo latino y cualquier otro tipo de socialismo étnico. El otro grupo que tienen en cuenta Marcuse, fueron las feministas y reconoció que con una conciencia efectiva también se les podría enseñar a verse a sí mismas como un proletariado oprimido. Esto, requeriría otra transposición marxista: «las mujeres» ahora serían vistas como la clase trabajadora y los «hombres» como la clase capitalista, la clase ahora se cambiaría a género.
Herbert Marcuse, aunque no escribió específicamente sobre homosexuales o transgéneros, pero era consciente de las formas exóticas y extravagantes del comportamiento sexual, y la lógica del socialismo de identidad puede extenderse fácilmente a todos estos grupos. Según la transposición marxista marcusiana, los gays y transgénero se convierten en el nuevo proletariado, y los heterosexuales, incluso los heterosexuales negros y femeninos, se convierten en sus opresores.
En esto se encuentra las raíces de la «interseccionalidad». «(El) movimiento se vuelve radical», escribió Marcuse, «en la medida en que apunta, no solo a la igualdad dentro del trabajo y la estructura de valores de la sociedad establecida… sino más bien a un cambio en la estructura misma». El objetivo no era solo el patriarcado, era la familia monógama. Marcuse veía a la familia heterosexual en sí misma como una expresión de la cultura burguesa, por lo que, en su opinión, la abolición de la familia ayudaría a acelerar el advenimiento del socialismo.
Según estas izquierdas una forma de opresión es buena, pero dos son mejores y tres mucho mejor. El verdadero ejemplo del socialismo de identidad es un hombre negro o marrón en transición para ser una mujer con antecedentes del Tercer Mundo que está tratando de ingresar ilegalmente a este país porque su país, supuestamente, ha sido borrado del mapa por el cambio climático. Marcuse reconoció el movimiento ambiental emergente como una oportunidad para restringir y regular el capitalismo. El objetivo, era «conducir la ecología hasta el punto en que ya no se pueda contener dentro del marco capitalista», aunque reconoció que «significa extender primero el impulso dentro del marco capitalista».
Herbert Marcuse también acudió a Sigmund Freud para abogar por la liberación del eros. Freud dijo que el hombre primitivo se dedicaba decididamente al «principio del placer», pero a medida que avanza la civilización, el principio del placer debe subordinarse a lo que Freud denominó «el principio de la realidad». Es decir, la civilización es el producto de la subordinación del instinto a la razón. La represión, según Freud, es el precio necesario que debemos pagar por la civilización. Herbert Marcuse dijo que, en algún momento, la civilización llega a un punto en el que los humanos pueden ir hacia otro lado. Pueden liberar los instintos muy naturales que han sido reprimidos durante tanto tiempo y subordinar el principio de realidad al principio de placer.
A esta nueva liberación, Herbert Marcuse, denominó «sexualidad polimorfa» y la «reactivación de todas las zonas erotógenas». Estamos frente a ese panorama de extrañas preocupaciones actuales desde la bisexualidad hasta la transexualidad y más allá. Marcuse sabía que movilizar a todos estos grupos, los negros, los estudiantes, los ambientalistas, las feministas, los homosexuales, etc., llevaría tiempo y requeriría una gran conciencia o reeducación. Pero veía que la Universidad era el lugar adecuado para realizar este proyecto, y dedicó su vida a formar a una generación de activistas de izquierdas.
Marcuse también creía, que la universidad podría producir un nuevo tipo de cultura, y esa cultura se haría metástasis en toda la sociedad para infectar los medios de comunicación, el cine, incluyendo el estilo de vida de la clase capitalista. La toma de posesión de la Universidad como herramienta de adoctrinamiento socialista, no tuvo éxito durante su vida, pero si después. Es idea de Herbert Marcuse la llamada «tolerancia represiva», un círculo cuadrado, que promueve la supresión de toda libre expresión cuyas ideas-conceptos, que choque con todo planteamiento izquierdista.
Lo que empezó como un choque cultural se fue transformando en lo que estaba predeterminado, es decir, en un enfrentamiento político. Con la «cultura de la cancelación» estaban «expulsando a la gente de sus trabajos, avergonzando a los disidentes y exigiendo la sumisión total de cualquiera que no esté de acuerdo». La «tolerancia represiva» justificaba la censura de los discursos etiquetados como «discriminatorios u ofensivos», predefiniendo el lenguaje. Así, excluyen y cancelan a aquellos cuyas opiniones son catalogadas por grupos progresistas como inaceptables en la nueva hegemonía cultural.
Este pensamiento sigue influyendo en la política y la cultura. La «tolerancia represiva» es el mecanismo para restringir discursos considerados peligrosos y justificar la censura en nombre de la justicia social. Los movimientos progresistas asumen el papel de árbitros ideológicos y deciden qué ideas pueden ser expresadas y cuáles deben ser eliminadas. La «tolerancia positiva» es el argumento utilizado para restringir la libertad de expresión, invocando la protección de grupos vulnerables mientras que se silencian las opiniones disidentes.
La «corrección política» y las manifestaciones contra el «lenguaje de odio» son una muestra de ello. Bajo este concepto intolerante las turbas socialistas destruyeron hace unos años todo a su paso en las ciudades estadounidenses. También ponen en la mira de su fusil a los que no aceptan su discurso ecologista y los ponen entre aquellos que perpetúan la explotación del medio ambiente y la opresión social. De esta manera, la resistencia ecológica se convierte en el eje para la transformación radical de la sociedad.
Esta Nueva Izquierda lleva dentro de sí, la ideología Woke, no generación woke, porque lo woke lo asumen personas de distintas generaciones. Esta ideología es izquierdista (un izquierdismo revisado y actualizado) y dentro de esta corriente conviven la tercera generación de izquierdas, el anarquismo (Antifa en Estados Unidos) y grupos afines que tienen diferentes denominaciones en Iberoamérica. También la cuarta, quinta y sexta generación de izquierdas.
Esta nueva izquierda ha sumado a su trinchera a gran parte del sector empresarial, a los Big-Tech, a los medios de comunicación en casi su totalidad, al partido Demócrata y que ahora hipócritamente tratan de culpar de sus malos resultados electorales a los woke. Pero acabamos de ver con sorpresa como estos mismos grandes capitostes de las empresas y los Big-Tech se arrodillan ante Donald Trump.
Los woke están obsesionados con las palabras, que para ellos son armas, es decir, son instrumentos creados por un grupo para mantener su dominio. De ahí, tenemos el «wokeism» de género, muy fuerte en países de Iberoamérica y en España. No aceptan el uso del masculino para designar el plural como, niños y niñas, sino niñes. Eso sería una episteme creada por el «heteropatriarcado».
Numerosos colegios de Estados Unidos pusieron en práctica los llamados «grupos de afinidad racial». Es decir, la separación a los niños por razas: los blancos con los blancos y los de color con los de color, con la idea de «empoderarlos» y «desarrollar su identidad» para que puedan enfrentarse a una vida plagada de opresiones. Así, a los niños blancos se les enseña a vigilar su racismo, mientras que, a los niños de color, a vigilar el racismo de los niños blancos.
Si supuestamente la división racial pudiese explicar todos los conflictos y problemas en la sociedad estadounidense, esto no significa que lo podría hacer con países que son más homogéneos como Islandia y Japón. Un intento de ese tipo resultó en un papelón vergonzoso en 2019, cuando Nikole Hannah-Jones, la autora del Proyecto de 1619 consideró la cuestión del Holocausto.
La Teoría Critica de la Raza (TCR) quiere presentarse como una continuación de las luchas por derechos civiles de los años 1950 y 1960, lo cual es una mentira. Al sostener que los blancos como los negros son razas incompatibles, la TCR tiene más de común con Adolf Hitler que con Martin Luther King. La (TCR) es una pseudociencia racial emparentada con el «darwinismo social», de fines del siglo XIX. Luther King no quería abolir el capitalismo, sino que los suyos no sean marginados del sistema.
Estos izquierdistas dicen: «Si eres blanco y solo sales con gente blanca, eres un racista. Pero si eres blanco y sales con una persona negra, estás, aunque sea interiormente, exotizándola como un “otro”». «Los negros no pueden ser hechos responsables de todo lo que hace cualquier persona negra. Pero todos los blancos deben de reconocer su complicidad personal en la perfidia de la historia de la “blancura”».
Es decir, para los socialistas de identidad y para la izquierda en general, los negros y latinos están dentro, los blancos están fuera. Las mujeres están dentro, los hombres están fuera. Los gays, bisexuales, transexuales, junto con otros tipos más exóticos, están dentro, los heterosexuales están fuera. Los ilegales están dentro, los ciudadanos nativos están fuera. Debemos decir que, para la izquierda, no es simplemente incluir sino también excluir, alejar a sus oponentes de su lugar propio.
Estos salvadores de la humanidad, insisten que esto debe aplicarse a todas las relaciones personales, como matrimonios, amistades, conexiones familiares, amigos, esposos, amantes, colegas, para luchar contra su «racismo inconsciente». Pero esto no se queda aquí, en Estudios críticos de la blancura, editada por Richard Delgado, presenta una entrevista con Noel Ignatiev, coeditor de una revista titulada Traidor racial. Ignatiev, un ex estalinista y ex participante de Estudiantes por una Sociedad Democrática, afirma:
«Nosotros creemos que mientras la raza blanca exista, todos los movimientos contra lo que se llama ‘racismo’ van a fallar. Por eso, nuestro objetivo es abolir la raza blanca». Un dato más que ilustra como las universidades en Estados Unidos se han convertido en bunkers de las izquierdas, en 2014 había seis profesores de izquierdas por cada profesor conservador en los campus de Estados Unidos, hoy se ha triplicado ese número. Muchos de esos jóvenes idealistas que participan de estos grupos, que atacan a la sociedad, son beneficiarios de una sociedad rica y generosa que jamás se haya visto.
El desprecio por el propio país comenzó en la escuela, así empezaron a hablar de actitudes racistas, sexistas, colonialistas y explotadoras, asumiendo actitudes que fueron reforzadas en la universidad. Universidades que desde el siglo pasado se convirtieron en trincheras del izquierdismo cultural. El movimiento Antifa, es un movimiento anarquista, un movimiento autodenominado antifascista que declararon oponerse a todas las formas de racismo y sexismo y a las políticas del entonces gobierno de Trump contra la inmigración y los musulmanes.
Con un fuerte discurso anticapitalista, sus tácticas están relacionadas con el anarquismo, la tercera generación de izquierdas. Antifa no reniega para nada sobre el uso de la violencia como un método válido de protesta en las calles, incluyendo la destrucción de propiedad privada y la violencia física contra sus oponentes. Lo mismo con Black Lives Matter.
Marcuse influyó en toda una generación de jóvenes radicales, desde el cofundador de Weather Underground, Bill Ayers, el amigo de Obama, el activista de Yippie (Youth International Party, «Yippies»). La ventaja de Marcuse sobre todos los intelectuales nombrados en el universo de la nueva izquierda, no es por sus libros ¿me podrían decir cuántos libros vendió Marcuse? Marcuse no estaba viviendo en una sociedad de redes sociales o de internet. La ventaja está en que Marcuse tenía calle, estaba con la gente y formó los nuevos profesores de las universidades e institutos.
Las obras más conocidas de Herbert Marcuse son: «Razón y revolución», «El hombre unidimensional», «La sociedad industrial y el marxismo», «Ética de la revolución» y «Cultura y sociedad», para mencionar algunas. Pero en una colección de cuatro conferencias titulada: «La sociedad carnívora», está resumido todo el pensamiento de Marcuse. Herbert Marcuse, agregaría para concluir: «La idea tradicional de la revolución y la estrategia tradicional de la revolución ha terminado… Uno puede hablar legítimamente de una revolución cultural».
Dice la filósofa woke Susan Neiman:
«¿Es posible definir lo woke? Arranca con la preocupación de las personas marginadas y termina reduciendo a cada una de ellas al prisma de su marginalización. La idea de interseccionalidad podría haber enfatizado las formas en las que todos nosotros poseemos más de una identidad. En cambio, se centró en aquellas partes de esas identidades que están más marginadas y en multiplicarlas, dando lugar a un panorama traumático. Lo woke resalta de qué manera se les ha negado la justicia a determinados grupos, y su intención es rectificar y reparar ese daño. Bajo el foco de las desigualdades de poder, el concepto de justicia a menudo queda relegado a un segundo plano. Lo woke exige que las naciones y los pueblos se enfrenten a sus historias criminales. En este proceso con frecuencia se concluye que toda la historia es criminal».
Dice Susan Neiman que la gran ventaja estratégica del movimiento woke (el carácter fraccionario pero articulado de sus múltiples causas) será la razón de su desmoronamiento. Nadie vea en esto una paradoja. Semejante inversión es normal en los cambios de paradigma. Lo que ayer fue virtud hoy es vicio, el activo te los encuentras en el pasivo, lo que permitía superar a los competidores pasa a ser un lastre fatal. Lo woke es una moda dañina y perversa y como toda moda pasará, y es posible que sea reemplazada por otra nueva aberración.
Pero lo woke no va a caer, como dicen algunos descolgados, porque Milei lo hirió de muerte. Caerán o permanecerán testimonialmente en nuestro mundo político, porque la nueva izquierda cultural en la que está inserta lo woke no tiene vocación política imperial. El mundo, la política internacional, la historia no tiene que ver con el «localismo», con lo «tribal» ni con el individuo. El motor que mueve el mundo tiene que ver con el enfrentamiento constante entre imperios. Y en esa disputa imperial, en la actual traslatio imperii no figura la nueva izquierda cultural, y no tiene la importancia ni el armamento nuclear como tenía la URSS.
La nueva izquierda cultural, la séptima, no pretende ni puede ser un partido político homogéneo debido a la diversidad de grupos y su enfrentamiento entre ellos. Usa a los partidos o movimientos políticos que tienen afinidad con ellos, básicamente con todos aquellos que sean estatistas, por tanto, de izquierdas, para llegar al poder. De los tres imperios de la actualidad, Estados Unidos y China en primer lugar, en Estados Unidos el ascenso al poder de Donald Trump es su muerte política, en la China de Xi Jinping directamente no existen. En Rusia, que es un imperio de segundo orden o subordinado a China, tampoco.
En Estados Unidos, las universidades, las redes sociales, el cine, la publicidad, la moda, etc., operaban como correas de transmisión de lo woke. Pero la realidad del dinero a puesto las cosas en su lugar. Para Susan Neiman, la filosofía es un arte marcial. Su aguda defensa de que woke no significa izquierda, porque esta última es universalista mientras que lo woke es simple tribalismo revestido de progresismo, estas afirmaciones han llevado a un lógico debate.
Susan Neiman, con su ensayo recientemente publicado cuyo título es: «Izquierda no es woke» trata de cubrir la retirada. La filosofa woke dice que lo woke no es de izquierdas, mas bien sería de derecha. Porque la derecha tomó ventajas y se aprovechó de la dulzura de las izquierdas y de su preocupación por los pobres y oprimidos para que le rotulen despectivamente.
Para la nueva izquierda cultural el poder político lo es todo, ella es la garante de la imposición de sus delirios ¡O Cesar o nada! Lo querían todo y se quedaron sin nada, para el wokismo lo importante es la voluntad del individuo que se autopercibe o se autoconstruye. ¡Qué más da! En su mundo no importa la razón y el orden, todo se reduce a los caprichos de su irracionalidad. El wokismo quiere que el Estado se ponga a su servicio.
El fenómeno woke no debe desligarse del progresismo y de los partidos políticos de izquierda que utilizaron esa ideología para mantenerse en el poder, ya que su discurso izquierdista había quedado desfasado y sus argumentos anacrónicos ya no eran válidos. Las izquierdas del pasado estaban liquidadas y por lo mismo toman o asumen las de la nueva izquierda cultural, al fin y al cabo, surgen del mismo troco.
El marxismo quiso interpretar y transformar el mundo basado en fantasmagorías insertas en palabras y solamente palabras, o en conceptos teóricos despreciando a la realidad, pero el sicoanálisis freudiano interpreta el mundo basado en la realidad humana pura y dura, y la llave de esa interpretación es la pulsión salvaje primaria y/o la libido, esa es la clave de la obra de algunos de los ex marxistas alemanes de la Escuela de Frankfurt: Herbert Marcuse y Erich Fromm de donde también se nutre Jürgen Habermas.
Que estas ideologías o ideas hayan tenido un éxito enorme, no tiene nada que ver con la verdad o con la potencia de su doctrina. Decía Gustavo Bueno Martínez, que el aristotelismo llegue a triunfar no tiene nada que ver con la verdad de su doctrina, sino que tiene que ver con cuestiones coyunturales, políticas, etc.
Cuando Antonio Gramsci estaba vivo no había caído aun el marxismo, eso lo vivió Marcuse. Cuando Gramsci se moría, Herbert Marcuse estaba escribiendo y caminando las calles, y estaba adoctrinando. Antonio Gramsci peleaba por un marxismo materialista y Marcuse por un marxismo (para ser benévolos) post-materialista, se marchaba de la lucha de clases al activismo identitario. El italiano era del marxismo de opresores y oprimidos, del Partido como guía del proletariado, el Partido era el nuevo Principe de Maquiavelo, pero no del sexo, del género, ni del indigenismo, era del intelectual orgánico no del intelectual radical.
No hay que olvidarse del esperantista George Soros, el especulador financiero que se convierte en el profeta de la sociedad abierta y del fin de las fronteras. La cultura woke se vuelve dominante en Occidente, esta ideología que sostiene los antivalores se impone entonces con artificios del lenguaje, superación de la normalidad hombre-mujer, la destrucción de la familia tradicional, la reivindicación de la transexualidad, la abolición de las fronteras políticas y morales, el imperio del feminismo supremacista, cuotas de género, el aborto y la educación de los niños para romper desde la infancia las identidades.
Una idea que propuso la actual presidente de México, Claudia Sheinbaum, cuando era jefa de Gobierno de la ciudad de México, con el decreto que firmó autorizando que los niños vayan vestidos como niñas a la escuela. Los políticos creían y aun creen en la mayoría de los casos que tienen la obligación de complacer lo woke. Ya sea desde la ONU al más provinciano de los políticos, los nuevos dogmas se volvieron imperativos en Occidente.
Conclusión: el wokismo no es marxista, pero es de izquierda, pero no de cualquier izquierda, es de la séptima generación de izquierdas. Quienes no lo entienden o lo niegan es porque carecen de una teoría de las izquierdas (y la derecha) política. Le guste o no, a quienes no la ven, incluida Susan Neiman.
25 de marzo de 2025