

EL MITO DE LA EDAD DE ORO DEL ISLAM
En la actualidad se ha suscitado discusiones sobre el islam y su influencia en el mundo moderno, mucha gente de cultura limitada, que sacan el tema de la maravillosa «Edad de Oro del Islam». Tal es la mitificación de la realidad que se llega a extremos de afirmar que el Califato de Bagdad fue el periodo más brillante de la Historia humana, origen de todo lo bueno.
El mito sobre la Edad de Oro del Islam comenzó en la Europa de la Ilustración, como reacción y crítica contestataria a otros mitos del pensamiento hegemónico cristiano. Elevando la imagen de los imperios islámicos como la fuente de luz y sabiduría, se hacían comparaciones odiosas contra la iglesia. Se contrastaba así las presuntas virtudes de los primeros con el palpable obscurantismo de los segundos.
Según esta fuente la iglesia habría sido la responsable de los oscuros siglos de la alta Edad Media, frente al florecimiento de las artes y el conocimiento de los vastos territorios no-cristianos. Hoy en día, hay otras razones interesadas detrás de la perpetuación interesada de los mitos en torno a la «Edad Dorada»: la doctrina del aberrante multiculturalismo, el rechazo a lo Occidental, o el crecimiento musulmán en Occidente.
Otra razón, que se complementa con las anteriores, es el lamentable estado actual de las culturas y sociedades islámicas: Su producción tecnológica e intelectual está muy atrasada con respecto a otras culturas. Los pocos premios noveles concedidos a musulmanes lo fueron para musulmanes que desarrollaron su carrera en «tierra de infieles», trabajando en instituciones y empresas no islámicas.
Se podría decir mucho de cómo los valores y planteamientos filosóficos de las culturas islámicas han ahogado su progreso intelectual y destruido su potencial creativo en todos los campos del saber hasta el día de hoy. Las aportaciones al saber humano son (o han sido durante siglos) cada vez más escasas o limitadas a ciertas ramas.
Más aún cuando el resto del mundo ha continuado evolucionando. Esta realidad lleva a la perpetua invocación etno-centrista de la Edad Dorada, la época de máximo esplendor de un imperio que se expandió de forma explosiva en cuestión de décadas, haciéndose con los legados de la cultura romana, persa, etc.
Con el título de la «La hora de la autocrítica», a raíz de Septiembre 11. La Nouvel Observateur, reunió a Dariush Shayegan, iraní, profesor de filosofía comparada, quien alterna su vida entre Teherán y París. Tariq Ramadan, teólogo musulmán «reformista», que vive en Ginebra. Tariq es el «mimado» de los progres de Occidente.
P. según ustedes. ¿Dónde está la frontera entre el islam y el islamismo radical?
T. R. La visión que simplifica las cosas desde el exterior –por un lado los moderados, por el otro los fundamentalistas o islamistas- no me parece acertada. La realidad es más compleja que «los malos y los buenos». Lo que define las categorías son las formas de interpretar el Libro. Considero que hay seis.
- El modo tradicionalista que es, por ejemplo, el de los tablighi. Ellos no hacen política: hablan de culto, de ritual. Pero, en ocasiones, cuando se produce una división social con el entorno, el tradicionalismo puede adoptar una postura política reactiva. Lo hemos visto.
- La literalidad. Los que hacen una lectura literal quieren volver al estado ideal de los orígenes. Para ellos, el Libro no admite discusión. Si está escrito «negro», es negro. En apariencia, no hacen política, pero nunca se los oye criticar a Arabia saudí. De allí es de donde reciben el dinero y allí es donde van a formarse. Les dicen: «en Occidente, nada de política: estáis en dar al- Kafer, el espacio de la guerra».
- El reformismo. Para las personas de esta corriente, aquello que hay que recuperar de la primera época no es la letra, sino el espíritu y el dinamismo intelectual con el que se interpreta el Libro. Es la llamada «lectura de la renovación»: renovación del espíritu en función del contexto.
- los islamitas radicalizados, extremistas. Realizan una lectura literal pero politizada. Su objetivo lo muestran claramente: establecer un Estado islámico sometido a una interpretación represiva de la shari’a (ley islámica). Es, por ejemplo, el Partido de la Liberación, que proclama en Londres: «Un día, la bandera del islam ondeará en el número 10 de Downing Street». Afirman: «Tú no eres musulmán de acuerdo con las normas si aceptas que el Estado en el que vives no respete las reglas del islam». Todo aquello que no es musulmán es la jahilliá el periodo de ignorancia preislámico.
P. ¿Su postura es de conquista?
T. R. De conflicto y de conquista. ¡El objetivo es lograr el poder!
P. Y esta interpretación ¿le parece legítima, correcta?
T. R. No, no lo es. Y ahí es donde hay que provocar el debate y decir: «Un momento, si hay seis movimientos, debemos saberlo. No se puede decir que las seis son legítimas». Prosigo.
5. La interpretación racionalista que afirma: «El Libro es una referencia, no una cárcel. Lo que cuenta es que todo lo que hay en Libro me remite a la razón. Por tanto, todo lo que voy a elaborar a partir de mi razón autónoma, que puede estar inspirado, por ejemplo, en los derechos humanos, es legítimo de por sí».
6. La última tradición importante es la tradición sufí. Dice: «El Libro requiere una interpretación esotérica y en ningún caso exotérica».
P. Para ser totalmente claro, ¿Dónde se sitúa usted?
T. R. Pertenezco a la tradición reformista, que tiende a poner en evidencia hoy, en atención a nuestra situación en Occidente, la necesaria aportación del racionalismo. En el universo en el que vivo, no quiero ser menos musulmán para ser más ciudadano suizo o francés. Quiero ser ambas cosas.
Dariush Shayegan. Son muy interesantes estas seis interpretaciones. Pero, en realidad, las cuatro primeras (dejo de lado el radicalismo y el sufismo) se parecen mucho. Todas se derivan del fracaso del islam, que ha permanecido al margen de los grandes momentos de la historia. Bajo el imperio Otomano no tomamos conciencia de las reformas, sobre todo religiosas, que se producen en Occidente, ignoramos las transformaciones de la Ilustración. Sólo nos dimos cuenta en el siglo XIX. Para el mundo musulmán supuso un choque formidable. Y en vez de buscar lo que no iba bien en el interior se buscaron chivos expiatorios.
Hace cien años que en el mundo islámico se cuentan las mismas historias, se repiten los mismos temas. No avanzamos. Peor, vamos hacia atrás: hay una tendencia a olvidar 1.400 años de historia y de cultura islámicos. El apogeo de la cultura islámica se sitúa en los siglos X, XI y XII. En esa época, el islam era una gran civilización, abierta. Había filósofos, poetas, sabios, músicos… Y, ¿qué vemos mil años después?
El islam se encierra en sí mismo. A fuerza de fracasos quiere negar al otro y negar su tiempo. Cae en la esclerosis, en el anquilosamiento de la identidad. Han quedado olvidados los filósofos, los místicos, sólo se habla del Corán. Pero sabemos que el Corán puede ser interpretado a diferentes niveles. Todo el cisma está basado en el arte de la interpretación, todos los grandes místicos han hablado de ello. ¿Cómo pasar del sentido aparente al sentido oculto? Si nos fijásemos en la historia, nos sorprendería ver hasta qué punto, desde el primer momento, los principales nombres dentro del sufismo lucharon contra los doctores de la Ley. Y hete aquí que a finales del siglo XX vemos unos barbudos contarnos historias y decir: «Hay que leer el Corán así y no de otro modo». Como si antes de ellos no hubiese nada. Como si Avicena, Averroes, Ibn Jaldún o Ibn Arabí no hubieran existido.
P. ¿Cuándo empezó esto?
D. S. Mohamed Arkun lo demostró muy bien: para el islam hay dos periodos en los tiempos modernos. El primero, que denomina nahda, es el periodo del despertar, de las Luces islámicas, y el segundo, que denomina thawra, es la revolución, que comienza a mediados del siglo XX. El islam se repliega cada vez más en sí mismo y da nacimiento a esta corriente islamista que no considero musulmana. En estas cuatro interpretaciones de la que usted habla, Tariq Ramadan, lo que yo veo, es un resurgir de las estructuras más firmes de lo sagrado. Que son también las estructuras más firmes de la violencia. Porque lo sagrado es violento. Y esta violencia existe en el Corán, lo queramos o no.
Esta gran cultura, que se ha formado desde hace 1400 años, ha intentado sublimar esta violencia que estaba en el origen de la religión para convertirla en un culto al amor: es lo que encontramos en nuestros místicos, finalmente muy próximos a los místicos cristianos, en cierto modo. Cuando se retira el barniz se vuelve a un islam completamente utópico que se llama «el islam de la edad de oro», pero del que sabemos que sólo duró 30 años y que estuvo sembrado de asesinatos. El islam no se convirtió en una civilización hasta más tarde, con los omeyas y los abasíes. Los movimientos islamistas actuales, que pretenden un retorno a los orígenes, son sólo reacciones, rechazos.
Unos polos de resentimiento. Es muy peligroso jugar con la creencia de la gente y convertirla en un instrumento de combate. En el Corán aparece la guerra santa. Por eso sigue habiendo escuelas de interpretación. Siempre se ha querido interpretar lo sagrado, destacar el sentido simbólico de los versos, no leer de forma literal. Y mira por donde, en los tiempos modernos, se ha sacralizado la sharia. ¡Pero la sharia ocupa demasiado sitio en el mundo islámico! Impide a esta sociedad moverse, pretendiendo ocuparse de todo, de la vida privada de la gente, de lo que come…Este es el tipo de islam esclerótico, petrificado.
P. ¿No ha llegado el momento de que el islam realice a su vez esta revolución que las demás civilizaciones monoteístas han llevado a cabo: la separación de lo temporal y lo espiritual?
Tariq Ramadan
T. R. No se pueden trasplantar a una civilización elementos que consideramos pertinentes para otra. Ahí es donde difiero de su interpretación de la historia. Porque tengo una preocupación doble. Por un lado soy crítico respecto a la idealización que los musulmanes hacen de su historia e incluso de la idealización que hacen de la época del profeta. «Estaban unidos, era maravilloso, era la Edad de Oro». Esto hay que revisarlo. Es necesario decir: existían divisiones, luchas, era difícil, pero ante una gente con esa postura y, con frecuencia, con una actitud de rechazo frente a Occidente, si quiero ser escuchado, debo utilizar la misma terminología que ellos, las mismas referencias.
En un debate como el nuestro podría tener la diferencia de utilizar conceptos que son puntos de referencia para la historia occidental y para lo que se llama el racionalismo crítico. Pero no me interesa, porque no hará evolucionar la tradición musulmana. Quiero analizar y considerar qué fue más positivo en esa historia. Para mí, ése no fue el momento en que más se pareció a Occidente. A mi parecer, la época ideal es la época en la que se produjo un debate entre los musulmanes. Por ejemplo, la tradición andalusí me interesa, no porque ilustre la tolerancia –además, no siempre es verdad, también se ha idealizado el periodo andalusí-, sino porque había un verdadero debate crítico, dentro del mismo pensamiento musulmán.
P. En definitiva, para usted, el islam es un sistema con referencias propias. Rechaza la idea de Shayegan, para quien el neofundamentalismo lleva al islam a un callejón sin salida ya que se priva a sí mismo de los valores de progreso – racionalismo científico, laicismo, universalismo- que no son valores occidentales sino valores universales.
T. R. Rechazo la OPA de Occidente sobre los valores universales que su formulación da a entender. En definitiva, usted me está diciendo: «Mis valores occidentales son universales». ¡Qué reducción más arrogante! Tengo menos problemas con Aristóteles que muchos cristianos tuvieron durante 15 siglos. En cambio, esta idea de un islam con referencias propias no quiere decir nada. Lo que me interesa es ser fiel a mi referencia sabiendo abrirme a la diversidad. Reconozco cuatro valores fundamentales e indiscutibles: el Estado de derecho, la ciudadanía igualitaria, el sufragio o la elección y la alternancia. ¿Cómo debo calificarlos? ¿Cómo valores occidentales? ¿Acaso la condición de universalidad no puede ir de la mano de la diversidad de las civilizaciones?
En mi hay algo universal, como en usted, pero mi carácter universal admite la relatividad de los demás. Y además. Y tengo la capacidad de comprender que la razón de un hombre también es una revelación. Cuando hablo así, es perturbador para alguien que está acostumbrado, en su tradición cristiana, a un cierto tipo de relación entre la fe y la razón. Pero reivindico el derecho a la perturbación.
D. S. Usted se refiere numerosas veces a una «historia musulmana». Pero toda la historia del islam es una historia profética. Empieza con Adán y se acaba con la revelación de Mahoma, el último profeta. Por eso, conscientemente o no, los musulmanes, se creen metafísicamente superiores a las demás religiones reveladas ya que tienen la última: el cenit de la profecía. ¿Acaso no se decía que Mahoma bajo el sol no daba sombra? Por tanto, la verdad siempre está de nuestro lado. El islam tiene razón. Estas mitologías existen en la imaginación del islam, pueden ser despertadas cuando se quiere y es precisamente lo que hacen los movimientos islamistas. Promueven entre los musulmanes la ilusión de que volviendo al islam podrán resolver todos sus problemas.
En definitiva, bastaría saltarse la historia para alcanzar la Tierra Prometida. Pero es una ilusión. La Ley como tal, aplicada al pie de la letra, carece de respuesta para nuestros problemas económicos o administrativos. Luego, usted habla de diversidad de civilizaciones. Pero, a mi parecer, sólo existe una sola civilización en el mundo y es la civilización mundial, moderna y universal, ni siquiera diría occidental, porque también refleja cierta sensibilidad de nuestro tiempo y ya no es la de la Edad Media. Con la vuelta de Jomeini a Irán, volvimos a ver escenas, imágenes que nadie podía ya soportar: las flagelaciones, los mártires, los ríos de sangre… Esta explosión de lo arcaico en lo moderno, insoportable para unos hombres del siglo XX, explica la emigración masiva. Esta gente no huía porque ya no tuvieran libertades individuales: estas libertades no existían antes de la revolución.
Huían de un mundo arcaico que hería su sensibilidad. Y aquí me planteo la pregunta: ¿Por qué Asia, que es de confesión budista y confucionista, soporta mejor la modernidad que el islam? ¿Por qué el islam sufre tantos problemas con los valores considerados universales y que considera occidentales? En primer lugar, está la rivalidad del islam con el cristianismo. Luego, están sus fracasos históricos. Y, por último, está el hecho de que nunca quiso realizar el aprendizaje de la modernidad. Les doy un ejemplo preciso: la era Meijí, en Japón, empezó en 1868. Ese mismo año, el Sha de Irán comenzó sus reformas.
En Japón esas reformas fueron llevadas a cabo. En Irán, nunca. La resistencia fue más fuerte. Considero que el mundo islámico debe realmente iniciar su autocrítica y acabar con los tabúes. No nos atrevemos. Ningún Imán se atreve a realizar una interpretación crítica del Corán, mientras que la modernidad en Occidente empezó en el siglo XIX con la crítica de la Biblia y de las Escrituras. Llega un momento en el que hay tomar distancia. Preguntarse: ¿De dónde proceden los bloqueos? ¿Por qué siempre cometemos los mismos errores? Y dejar de decir: la culpa es de los estadounidenses, de los rusos, de los ingleses…
Tariq Ramadan, cree que se puede ser musulmán y buen ciudadano suizo o francés,
¿a quién guardará fidelidad? Es una mentira, ellos no pueden servir a dos señores y tampoco se trata de realizar disquisiciones intelectuales, entre la letra y el espíritu, como la vana pretensión de distinguir entre el ser y un supuesto deber ser, una falsedad.
Si no quiere reconocer que los valores occidentales son universales es un problema de cortedad mental, los cuatro valores que menciona les guste o no, son productos de Occidente y no de la cultura islámica, y la razón de un hombre no es una revelación, y sostener eso no es una perturbación, es directamente un insulto a la inteligencia. Tariq Ramadan, es nieto de Hassán al Banna, fundador de los terroristas «Hermanos Musulmanes».
Alimentar e imponer a las masas el mito de la Edad de Oro del islam es necesario para los apologistas del islam a los efectos de disfrazar el salvaje terrorismo, la decadencia de las dinastías petroleras y el maltrato brutal a las mujeres.
Estos apologistas dicen que los logros culturales y científicos de la Edad Media, que, a partir del siglo octavo, el comienzo de la dominación del islam, hasta los albores del Renacimiento y la Reforma, un número de pensadores y científicos (muchos de ellos no musulmanes), jugaron un rol muy importante en transmitir conocimientos de las culturas griega, hindú, egipcia, persa y otras, al mundo occidental.
Entre otras cosas, hicieron posible que el mundo cristiano conociera el pensamiento aristotélico. En realidad todo lo que hicieron fue transmitir la cultura de países no musulmanes a los países de Europa Occidental. Hubo contadas excepciones, pero en general el aporte de los musulmanes a la cultura de entonces, tanto como a la actual, fue y es insignificante.
Averroes.
La semi-barbarie de los pueblos de la península arábiga fue incapaz de aportar nada a la cultura de la época. Con el avance de su conquista, los musulmanes asimilaron elementos de las corrientes culturales de los pueblos vecinos (Grecia, Bizancio, Egipto, Persia), creando un sincretismo muy peculiar. Muchos de los pensadores que surgieron de las filas del islam absorbieron las enseñanzas aristotélicas y neoplatónicas, y al incorporarlas al islam crearon un monstruo de siete cabezas ya que estas ideas filosóficas eran contrarias al islam.
El único conocimiento que el Islam reconoce es el conocimiento religioso. Es por ello que estos filósofos que fueron contra el «canon» establecido sufrieron persecución, exilio, y aún la muerte. Por ejemplo Averroes, en España, influenció a judíos y cristianos con sus interpretaciones de Aristóteles. Sus escritos lograron que los déspotas musulmanes de turno lo ejecutaran. Sus obras sobre lógica y metafísica fueron incineradas, y por lo tanto no dejó ninguna herencia académica.
Un contribuidor no musulmán a la filosofía europea fue Moses Maimonides, quien escribió desde Egipto. Un cristiano, Constantino «el africano», nativo de Cartago, tradujo las obras de medicina del árabe al latín, introduciendo en el proceso la medicina griega al occidente. Fue famoso por sus traducciones de Hipócrates y Galeno.
El matemático y astrónomo Al-Khwarzimi, coleccionó y ordenó los descubrimientos de matemáticos antiguos. Sus traducciones de los conceptos matemáticos de la India fueron el eslabón entre los grandes matemáticos de la India y los eruditos europeos.
Bernard Lewis, en su libro ¿What Went Wrong? explica que el imperio musulmán heredó «el conocimiento y los talentos del antiguo Medio Oriente, Grecia y Persia. Le incorporó nuevas e importantes innovaciones desde afuera, tales como el manufacturado de papel y los números decimales de la India». Erróneamente, cuando el concepto de números decimales se transmitió al Occidente, se les llamó números árabes. De esa forma, en lugar de honrarse a los inventores, se dio la gloria a los transmisores.
Todos los logros en la arquitectura, las artes, la filosofía, las ciencias, etc., durante la «Edad de Oro» del Islam, no fueron más que el producto de mentes que se beneficiaron del trabajo y los adelantos de las culturas vecinas. Ello sucedió porque las hordas musulmanas no alcanzaron a destruir completamente las bases culturales de las regiones invadidas.
Dar crédito al islam por los eminentes historiadores, poetas, filósofos y científicos de la época es equivalente a darle crédito a Hitler porque durante su gobierno se destacaron científicos cuyas investigaciones hicieron posible los viajes ínter espaciales.
Sea como sea, los avances logrados durante la dominación islámica en Europa y otras regiones, no sucedieron gracias al islam, sino a pesar del islam. Sylvain Gouguenheim, autor francés nacido en 1960, ejerce en la actualidad de profesor de Historia medieval en la École Normale Supérieure de Lyon. Publicó su libro «Aristóteles y el Islam», libro relacionado con su especialidad de investigador e historiador. En su libro sostiene.
Una leyenda dominante viene propagándose tanto en medios periodísticos como en los espacios escolares y universitarios, cuenta que fue merced a la acción cultural del islam, especialmente en el terreno de la traducción de textos, que pudo conservarse y extenderse por Europa la producción intelectual de la antigua Grecia. En otras palabras: la cultura árabo- musulmana estaría en el origen y la raíz de la cultura occidental. Se toma verdad que fue el pensamiento musulmán, y no la propia tradición occidental, la fuerza que actuó como motor del renacimiento cultural y científico en Europa; se da por hecho que el viejo continente, encerrado en la Dark Age (edad oscura), fue incapaz por sí mismo de salir de su retraso intelectual; se proclama, en consecuencia, que el mundo islámico fue superior espiritualmente a la cristiandad medieval; y se lanza el mensaje de que Europa tiene una deuda que pagar al Islam al deberle nada menos que su identidad, lo que le convertiría, según sostiene el autor en «una especie de heredera o apéndice del mundo musulmán.» (pág. 18).
Los textos de Platón, Aristóteles, Hipócrates y Euclides fueron escritos en lengua griega, al igual que los Evangelios. Ambos tesoros culturales, en ningún momento se perdieron ni fueron olvidados en el seno de Europa durante la Edad Media. Fue, justamente, gracias al trabajo e interés de individuos, comunidades e instituciones
del ámbito cultural cristiano (o al menos no musulmán) que pudieron ser traducidos primeramente al siríaco y más tarde directamente al latín.
En ningún momento, llegó a perderse las dos principales fuentes espirituales de Occidente: la cultura griega, ampliada por la aportación romana, y la religión cristiana. En el siglo VII, tras la caída del Imperio romano y el casi inicio del expansionismo islámico, tiene lugar una fuerte oleada de inmigración de griegos y gentes del Próximo Oriente que huían de las invasiones musulmanas: «Así pues, cada avance árabe provocó una emigración, la huida de un sector de las élites.»(pág. 33).
La relación comercial, política y cultural entre Bizancio y Occidente jamás quedó interrumpida. Fue por medio de migraciones personales de clérigos y laicos, así como de caravanas de mercaderes italianos, embajadores de la corte imperial alemana, que desde los restos del Imperio oriental pudo conservarse, y paulatinamente acercarse, las fuentes de la cultura antigua a lo largo y ancho de Europa.
De entre los muchos espacios que destacaron como difusores de las obras griegas, a través de traducciones directas al latín, Gouguenheim incide en dos: Antioquia y Mont Saint-Michel. A la trascendental labor de los monjes «pioneros» del enclave normando dedica el autor un capítulo exclusivo del libro, subrayando allí la relevancia de las traducciones de Jacobo de Venecia, tanto por su número como por su fidelidad con el original.
Los traductores cristianos solían realizar sus traslaciones del griego al latín sin métodos refinados, normalmente de modo literal, palabra por palabra, de manera que en la mayoría de los casos abundaban los errores de sintaxis y estilo. Dichas deficiencias fueron corregidas con el tiempo. Los sabios árabes nunca tuvieron contacto directo con los textos antiguos originales. Elaboraron sus traducciones a la lengua árabe sirviéndose de otras traducciones previas del griego original, fundamentalmente del siríaco. Y esto por una sencilla razón: no dominaban la lengua griega; incluso Al-Farabí, Avicena y Averroes la ignoraban.
En cualquier caso, en la producción traductora, los omeyas emplearon los servicios de bizantinos y árabes cristianos en Damasco y los primeros abasidas utilizaron a persas locales, árabes cristianos y arameos. En realidad, la traducción al árabe del saber antiguo, además del problema indudable que supone la cadena de traslaciones mencionada a la hora de valorar la calidad del resultado, adoleció de no pocos inconvenientes: «Uno de los problemas más delicados planteados por la transcripción al árabe era la ausencia total de términos científicos en dicha lengua: los conquistadores eran guerreros, mercaderes, ganaderos, no sabios o ingenieros. Por eso hubo que inventar un vocabulario científico y técnico.» (pág. 80).
Seguir sosteniendo, que Occidente debe su cultura al islam, que éste se helenizó mientras Europa se islamizó, que brilló un «Islam de las Luces» como faro espiritual del viejo continente, son argumentos, dice Gouguenheim, que provienen no tanto del análisis científico y la fundamentación histórica como de un posicionamiento ideológico. Justamente de ese posicionamiento que ha atacado públicamente en Francia su libro bajo la acusación de «islamófobo». En muchas facultades de Filosofía se enseña justamente lo que se rebate en el libro: que Aristóteles entró en Occidente gracias a Averroes y a los árabes.
26 de octubre de 2014.