

EL MAL Y LA POLITICA
Ricardo Veisaga
Recibí un informe del The New York Times sobre el gobierno de Barack Obama, juzgando su gobierno desde el bien o el mal. Es muy común juzgar lo político desde lo ético o lo moral y la apelación al mal una constante. Hablar del «mal» exige necesariamente analizar la idea, que es lo que se entiende por él.
Sócrates dijo: «El mal lo es por ignorancia, y por tanto se cura de ello con la sabiduría», una frase que me gusta repetir, pero que muchos no lo quieren aceptar. Debo aclarar que suelo simplificar la frase: «el mal no existe, lo que existe es la ignorancia», prescindiendo totalmente de toda consideración mítica religiosa, por su imposibilidad ontológica. El mal no existe per se sino per accidens, No existe por sí mismo sino por accidente. Luego explicaré por qué.
El mal es una cuestión muy compleja. Me conformaré, con señalar superficialmente sobre su naturaleza y su origen. El filósofo Leibniz realizó una distinción sobre su naturaleza, algo entendido normalmente por filósofos anteriores, como mal físico, mal metafísico y mal moral. Por mal físico, Leibniz, entiende la experiencia del dolor o el sufrimiento, que podría hallar justificación en cumplir la conservación de la vida del individuo.
El mal metafísico tendría que ver con la propia condición de la realidad misma y de los seres, en tanto que creados. Y que por lo mismo, serían imperfectos y, por ende, malos, comparados con la bondad y la perfección de su Creador. El mal moral estaría identificado con acciones malvadas o perversas. Y el pecado, consecuencia de la libertad humana (según Leibniz).
Ninguno de tales males, opina él, es querido por Dios, si bien los tolera por diversas razones, entre otras, porque contribuyen a la armonía del todo. El llamado «mal metafísico», es pura metafísica (nunca mejor dicho), esto es, la afirmación de que el ente finito, por finito, es malo. No admito, la identificación del mal moral con el pecado, entendido como separación o alejamiento de Dios (aversio a Deo).
Tampoco ese peculiar optimismo que considera justificado (siempre) el mal físico por sus funciones, o sostener que el mal, en conjunto, contribuye a la armonía y perfección del todo, que, en sí mismo considerado, es, bueno. El razonamiento de Leibniz, nos dice que lo que es de hecho, esto es, lo que podría ser o no ser, y, siendo, ser de otro modo, ha de tener una razón suficiente para ser y para ser, precisamente, como es.
Ahora bien, es el caso del Universo en su conjunto y su razón suficiente es la voluntad divina. Puesto que Dios no puede querer sino lo mejor. Por tanto: «este es el mejor de los mundos posibles», y el mal habrá de ser entendido desde ese optimismo metafísico, que justifica o exculpa a Dios de la responsabilidad que cabría atribuirle por los males del mundo.
Pero… ¿Y qué sucede si cambiamos de perspectiva? Por ejemplo: El mundo está plagado de maldad, desdicha e imperfección, pero ni siquiera Dios, en su infinita Bondad y Poder infinito, podría hacerlo mejor de lo que es. Lo que hay es lo mejor que puede haber: por la sencilla razón de que no puede mejorarlo ni Dios.
Esta es la óptica de Schopenhauer. Leibniz vuelto Schopenhauer, como dice una de las múltiples formulaciones de la ley de Murphy: «Un optimista cree que vivimos en el mejor de los mundos. Un pesimista teme que eso sea verdad».
El pesimismo filosófico, dice Tresguerres: que el mal existe en el mundo con entidad propia y sustancial, incluso que el Universo es primaria y predominantemente malo, hasta tal extremo que pensar erradicar el mal es pretensión vana y estéril: el mal sólo puede ser eliminado con la eliminación del propio mundo y la existencia misma. Y sin que tengamos por qué comprometernos (al menos en principio) con esta formulación radical del ideario pesimista, sí es preciso observar que este reconocimiento de la existencia real, positiva, del mal, hace del pesimismo doctrina menos metafísica que el optimismo, porque cuando hablamos del mal, como ha dicho Gustavo Bueno: «En el terreno conceptual objetivo (no ya psicológico subjetivo del sufrimiento, por ejemplo) puede afirmarse que el mal existe, que no es una ilusión; o, si se prefiere, que el mal, como concepto, nos remite ante todo a hechos, y no a teorías».
Schopenhauer fue el crítico más duro que le salió al optimismo leibniziano:
«Si el hombre supiese lo que tiene que sufrir él o lo que han de sufrir muchos de sus semejantes, quedaría mudo de espanto. Si se condujese al optimismo más entusiasta a través de los hospitales, leproserías, cámaras de tormento quirúrgico, prisiones y lugares de suplicio, campos de concentración o campos de batalla; si se le abriesen todas las oscuras guaridas donde se oculta la miseria, huyendo de las miradas de una curiosidad fría, o, en fin, si se le dejase ver el hambre y la miseria toda, acabaría por rechazar la tesis de que este mundo es el mejor de los posibles».
Si otorgamos una supuesta entidad al mal, la pregunta inmediata sería sobre el origen de ese mal. Las respuestas se reducen a tres, y se corresponden a los tres ejes del espacio antropológico (espacio como hábitat del hombre), tal como ha sido establecido por Gustavo Bueno. Se puede pensar que la causa del mal es la divinidad (Dios o los dioses), hablaríamos así de teorías angulares. El hombre (teorías circulares) o la naturaleza (teorías radiales).
Quienes niegan las teorías angulares (Dios o dioses), es resumido por Epicuro, de acuerdo a la atribución que Lactancio le hace, en «De la cólera de Dios», del siguiente argumento:
«O Dios quiso eliminar el mal del mundo y no pudo; o pudo y no quiso; o ni quiso ni pudo; o quiso y pudo. Si quiso y no pudo, es impotente, y eso es contrario a su naturaleza; si pudo y no quiso, es perverso, lo que también es contrario a su naturaleza; si ni quiso ni pudo, entonces es, a un tiempo, perverso e impotente; si quiso y pudo (y eso es lo único compatible con la naturaleza de Dios), entonces, ¿por qué existe el mal en el mundo?».
No olvidemos el maniqueísmo (Manes, siglo III), que sostenía que en el Universo actúan dos principios distintos y enfrentados: Bien y Mal, Luz y Tinieblas.
Las teorías radiales, colocan el origen del mal en el azar, en la propia naturaleza, etc., ejemplo de ellas podrían ser los representantes del primer estoicismo: Zenón, Cleantes o Crisipo. De origen radial serían todos aquellos males que tienen su origen en el mundo natural: catástrofes naturales, enfermedades y accidentes de todo tipo, siempre que sean debidos al azar o a la casualidad (a la «mala suerte»), es decir, que no sean producto de error o intencionalidad del ser humano.
El mal o el bien se dice de muchas maneras, y también como utilizar el término mal. Aristóteles nos enseñó que «bien» es un término análogo y lo mismo el «mal». Por eso nos referimos a un mal vehículo, un mal negocio, un brazo malo. El origen de cada uno de esos males, son distintas, también las actitudes que debemos tener ante ellos. Culpar por ello a Dios (si son creyentes), a los hombres o al universo, son estúpidas e inservibles.
Si no hacemos una referencia al tipo de mal al que nos referimos, el mal será un concepto indefinido y vacio. Cuando decimos que algo es malo, es porque no se ajusta a lo que debería ser. Es decir, en relación con el deber ser, una cosa es malo cuando no es como debería ser o como se consideraría deseable que fuese.
Nada puede ser considerado «malo» en sí mismo, en términos absolutos o abstractos, sino sólo en relación con un determinado contexto de referencia, que ha sido definido previamente, como «bueno». Lo mismo se debe aplicar al ser humano, no se puede calificar como malo una determinada acción particular, sin un contexto de referencia.
Este contexto algunas veces será moral, social o político. Pero sin olvidar, que en un contexto algo puede ser considerado bueno, en otros, no. De acuerdo a este contexto de referencia, se puede deducir que: Sólo conoce (o cree conocer) el mal quien conoce (o cree conocer) el bien.
Al mismo tiempo, sólo quien conoce el bien podría, en sentido estricto, hacer el mal, cuando, siendo consciente de las consecuencias de su acción, se apartase voluntariamente de aquello que reconoce como bueno (Aristóteles, pone dos exigencias para considerar a alguien responsable de sus actos: que su conducta sea consciente y voluntaria, que la causa de la misma sea interna, no externa). Y sólo él podría, hacer el bien y ser, por ello, propiamente bueno.
Quien hace el bien sin conocerlo, no puede ser considerado bueno, aunque su acción sea buena, que nacería antes de una disposición natural o de una simple casualidad que de la voluntad expresa de actuar bien, y paralelamente, quien hace el mal sin conocimiento del bien, no es malo, aunque sea mala su acción. En este sentido es entendible la sentencia socrática.
El mal moral tiene un origen exclusivamente circular (entre hombres), el terremoto que destruye una ciudad no actúa inmoralmente, actúa como un terremoto. Y un león que te destroza si entras en su jaula, no es un león malo, o un inmoral, es un león, un animal salvaje. Que los males morales sean propios del hombre, no significa que este sólo produzca males morales. Una ventana mal colocada, una mecánica defectuosa, no tienen relación con el mal moral, tiene relación con un defecto u error.
Los males circulares que se originan en el hombre, también pueden clasificarse como angulares, por su crueldad con los animales. Y radiales cuando contaminen mares, ríos, o incendios de bosques, sean provocados intencionalmente o no. La actitud que debe adoptar un hombre frente al mal, depende de qué tipo de mal sea. Ante un vehículo que no arranca correctamente, la solución no es resignarse o suicidarse, sino buscar un buen mecánico.
La política se desarrolla en el eje circular (entre hombres), independientemente que tenga relaciones angulares o radiales. Muchas personas, por razones éticas, morales y religiosas consideran al Estado como un mal (por tanto, la Política), no ya por sus errores o defectos de los gobernantes, sino ontológicamente considerado.
Así el anarquismo pretende, no mejorarlo, sino destruirlo. Soy defensor del Estado, porque soy defensor de la política, y el Estado debe ser poderoso y no es de ninguna manera el mal, ni siquiera un mal menor. El Estado es la garantía de la libertad concreta, no hay que acabar con ella ni debilitarla. Hay que fortalecerla y hacerla poderosa. Y el enemigo del Estado debe ser juzgado.
En tiempos de enorme ignorancia (no sólo política), se cree que las virtudes fundamentales de la política son la ética, la sinceridad o la transparencia. Es el gran Maquiavelo, quien derriba de una patada esas concepciones eticistas, moralistas e idealistas de la política.
«Porque un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de bueno, labrará necesariamente su ruina entre tantos que no lo son. Por todo ello es necesario a un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder ser no bueno y a usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad». El Príncipe. Cap. XV.
En la vida política no basta la bondad y muchas veces es sólo a través de la administración política del mal como se hace posible garantizar el bien y la estabilidad. Aristóteles y Gustavo Bueno, llaman a esa estabilidad, al buen gobierno (orden) eutaxia, y la prudencia, más que la bondad, la ética o la transparencia, es la virtud fundamental del político.
El Príncipe está situado más allá de ese bien o mal. El Estado podrá ser amoral, inmoral o moral según la razón misma de su conservación, existencia o incremento de fuerza. Ante la tragedia de la política y de la historia, al hombre político sólo le es dado aspirar a la prudencia, al ejercicio prudente del poder, nunca a la verdad o al bien absolutos.
Los fines políticos son diferentes de los fines morales de un particular. El viejo Cosme de Medici repetía que los reinos no se gobiernan con padrenuestros. Y mucho menos con sermones apocalípticos, ese es el triste ejemplo que nos enseña Maquiavelo, del «profeta desarmado» fray Jerónimo Savonarola.
Muchas personas, posiblemente, vieron la película de Paolo Sorrentino, cuyo título es Il Divo, quienes no la vieron en el cine pueden acceder gratuitamente online. La película está centrada en la vida de Giulio Andreotti (1919-2013), miembro de la Democracia Cristiana italiana y figura clave de la política de Italia de la posguerra, durante la segunda mitad del siglo XX.
Giulio Andreotti, ejerció múltiples cargos como ministro del interior, de finanzas, de hacienda, de defensa, de industria, de relaciones exteriores; y tres veces, como presidente del Consejo de Ministros (1972-73, 1976-79 y 1989-92). Senador vitalicio, acusado de corrupción (vínculos con la mafia italiana) durante su último trienio como Primer Ministro (1989-1992), escándalo político-judicial que llevaría al colapso el sistema político italiano de posguerra y dando vida a Silvio Berlusconi.
La trama del poder, los secretos, las intrigas, los asesinatos políticos, los vínculos entre el poder público y los poderes económicos y criminales es, sin duda, el centro del film. Pero también se muestra su aspecto psicológico, donde se conjugan la estructura del poder estatal, entrelazados, tanto con los poderes nacionales y con los internacionales.
Pero todo esto, poco afectan al indiferente Giulio Andreotti, algo que colocaría al borde del colapso nervioso a cualquier otro. Su migraña, su mujer, sus hijos, el recuerdo del amigo, traicionado y asesinado Aldo Moro. Los pobres que viven en su circunscripción política, a quienes ayudó hasta sus últimos días. Digamos que fueron sus pocas preocupaciones. Lo demás, el ejercicio del poder, la mafia, la corrupción, el ejercicio cínico del poder, le fue indiferente.
Lo verdadero importante de la figura de Andreotti, lo que se debe rescatar es su imperturbabilidad, sólo se lo puede entender en clave filosófico político, en la razón política, en un hombre devotamente católico, que se levantaba de madrugada para ir a la Iglesia. Que alguna vez le dice a un dignatario de la Iglesia, «Dios no vota, vota el párroco, los seminaristas…».
Esa razón política, que precisamente la iglesia condena como el Mal. Que enjuicia desde la hipocresía y la doble moral al Poder, al cual, sin embargo, siempre estuvo unido. Giulio Andreotti, entiende la esencia del poder, no en el vacío, en abstracto, sino desde una estructura histórica universal concreta, en la que participa desde el poder. Y, por tanto, apreciaba en otra escala la magnitud histórico-política. En una Italia inmersa en la Guerra Fría, y que en su seno albergaba, nada más y nada menos, que al mayor partido comunista de Europa.
En un momento de la película Paolo Sorrentino, nos muestra a Giulio Andreotti y a su mujer en un cementerio, y le hace decir a Giulio en tono solemne como si estuviera en el trono de Pedro:
«Livia, tus ojos vivaces me deslumbraron una tarde de verano en el cementerio. Elegí ese extraño lugar para pedirte matrimonio. ¿Recuerdas? Sí, ya sé, lo recuerdas. Tus inocentes, vivaces, y encantadores ojos no sabían, no saben ni sabrán. No tienen idea de los hechos que el poder debe cometer para asegurar el bienestar y el desarrollo del país. Por demasiado tiempo ese poder fui yo. La monstruosa e impronunciable contradicción: perpetrar el mal para garantizar el bien. La monstruosa contradicción que me hizo cínico. Tus vivaces e inocentes ojos no conocen la responsabilidad. La responsabilidad directa y la indirecta por toda la carnicería en Italia desde 1969 a 1984, que dejó exactamente 236 muertos y 817 heridos. A todas las familias de las víctimas les digo que confieso. Confieso que fue mi culpa, mi culpa, mi grandísima culpa. Lo diré, aunque no sirva de nada. El caos para desestabilizar el país. Para provocar terror. Para aislar a los extremistas y fortalecer los de centro como el Demócrata Cristiano. Se le llamó la «Estrategia de Tensión». Sería más correcto decir «Estrategia de Supervivencia». Roberto, Michele, Giorgio, Carlo Alberto, Giovanni, Mino, el querido Aldo, por vocación o necesidad, todos amantes de la verdad. Todas las bombas detonadas en silencio. Y todos ellos pensando que la verdad es lo correcto. Pero esto es el fin del mundo. No podemos permitir que se destruya el mundo en el nombre de lo que creemos correcto. Teníamos un deber, un deber divino. Debemos amar a Dios profundamente para entender cuan necesario es el mal para lograr el bien. Dios lo sabe, yo también lo sé.»
¿Sus vínculos con la mafia? ¿Quién lo dice, los italianos, Estados Unidos? Estados Unidos, sostuvo a Giulio Andreotti en el poder, más allá de sus actos, porque él representaba el freno a la Unión Soviética en Italia y en Europa. El mismo Estados Unidos, que pactó con la mafia, para poder desembarcar en Sicilia durante la Segunda Guerra Mundial.
Una mafia que estaba casi liquidada por Benito Mussolini. La historia de Andreotti es la historia de Italia de los últimos cincuenta años, y que hunde sus raíces en el desembarco de las tropas estadounidenses en Sicilia, y llega hasta la caída del muro de Berlín.
Una historia que arrastra a personajes como Michele Sindona (banquero y miembro de la logia P2 envenenado en la cárcel en 1986) o Aldo Moro, el asesinato de Mino Pecorelli en 1979 (periodista que investigaba los negocios ilegales de los políticos), al general Dalla Chiesa (por la Mafia en 1982), o de la poderosa P2 de Licio Gelli.
Un hombre que Michele Gambino lo compara con el Gran Inquisidor de Dostoievski en Los hermanos Karamazov, en nombre de «una misión más alta». En la que:
«las sombras terribles de su historia asumen una dimensión casi filosófica en una visión sin esperanza para el mundo…los descendientes del Gran Inquisidor necesitan hombres que ejerzan el poder por su cuenta, que gobiernen en su nombre esa grey de seres frágiles, débiles, corruptibles, llamados hombres».
Su mujer y sus cuatro hijos estuvieron absolutamente alejados de la actividad política. Su propia casa de la vía Corso Vittorio Emanuele II, 326, no será lugar de encuentros o de contubernios. Giulio Andreotti fue el mejor alumno político de Alcide De Gasperi, quien lo definió con las siguientes palabras: «Es un joven capaz, tanto, que yo le creo capaz de todo».
A Giulio Andreotti le gustaba repetir: «Me han atribuido de todo, salvo las guerras púnicas». Es muy probable que le diera el beso de respeto al capo di tutti capi Totò Riina, o que ordenara matar al periodista Mino Pecorelli. Detrás de Giulio estaba el Vaticano, que era lo mismo que la Democracia Cristiana.
Huérfano desde los dos años, gozó y tuvo tratos con seis papas. No hay que olvidar, que detrás de Giulio Andreotti también estaba la Alianza Atlántica, el mundo dividido por el muro de Berlín. Estaba protegido por la Alianza Atlántica, pero cuando se derrumbó el muro de Berlín, su mundo se hizo pedazos. Ese mundo que le otorgó a Italia una gran importancia y justificaba sus métodos de poder.
Entonces aparecieron todo tipo de denuncias, Giulio Andreotti dijo varias veces que eran los estadounidenses los que le estaban haciendo pagar algunas cuentas. Es conocido su enemistad histórica con la izquierda, pero también su empeño en dar a luz el primer gobierno apoyado por los comunistas. Giulio Andreotti fue absuelto de todos los cargos que se le imputaron.
Poco antes de morir, le preguntaron que iba a hacer con sus secretos, él respondió: Me los llevaré todos al paraíso. ¿Por qué? pues, son Secretos de Estado. Así también lo entendía Maquiavelo, entendía lo que significa el Estado y la necesidad de estabilizar un orden político determinado para mantenerse. Y que ese orden es una tarea de alta política, y no puede existir una alta política sin arcanum políticos, sin secretos de Estado.
Cuestión que es imposible entender desde el infantilismo de la transparencia, «Lo que afecta a la sociedad es la conducta, no la opinión. Siempre que nuestras acciones sean justas y correctas, poco importa a los demás el que nuestras opiniones sean erróneas». decía Hayek. La Razón de Estado es el mismo concepto que la salvación pública, es la conducta estatal por antonomasia en la que descansa la resolución y la decisión autónoma para responder al enemigo (inimici) interno y externo.
Creer que todas las actitudes del Estado, deben caer bajo la autoridad de la moral o de lo jurídico, es creer que la vida se reduce a esos dos ámbitos. No hay duda de que la moral y lo jurídico responden a un deber ser que sin embargo está ausente en ese tener que ser objetivo, que es el ámbito práctico de la política, cuyo deber ser es generalmente el bien general.
Es innegable que muchas veces esa Razón de Estado, ha sido utilizada por la locura o la ambición individual, personal de poder. O de una clase que no coinciden con el bien general. Pero si las normas éticas llegan a adquirir en una sociedad mayor poder que las morales o jurídicas, la eutaxia de ese Estado está perdido. La virtud política para el Estado es la prudencia, no la virtud moral propia del individuo particular enclasado.
La Razón de Estado tiene unos arcana imperii, como decía Tácito en Anales, 1, 2, para caracterizar la conducta astuta de Tiberio. Y según Gustavo Bueno «Que no tienen ni más ni menos de místico que el concepto moderno del secreto industrial y el secreto comercial». Pero bien sabemos que ese «secreto industrial y el secreto comercial» que cita Gustavo Bueno, sólo son secretos mientras sean amparados por una fuerza política, es decir el Estado.
Gustavo Bueno nos dice que la «tesis reduccionista» clásica, marxista, la del reduccionismo de la política a la economía, fue la que nos trajo «aquellas desastrosas consecuencias políticas» que «habrían de verse más tarde en los programas colectivistas de tantos partidos comunistas o anarquistas, en algunas fases de su historia». Y acierta al poner el énfasis en la política, en el Estado como codeterminante y conformante de la propiedad privada.
Lo contrario es conexión entre el liberalismo y el anarquismo: mientras que el liberalismo trata de eliminar al Estado (política) por medio de la reducción de todo a sus ideales económicos, el comunismo trata de eliminar el «mal de la política» a través de la mera «gestión económica», y el anarquismo en la destrucción del Estado.
Actualmente, el poder político, se ve obligado a disfrazar la Razón de Estado y de la lucha por el poder dentro de ese Estado. Como decía Meinecke:
«El moderno hombre de Estado tiene que poner en tensión su doble sentido de responsabilidad frente al Estado y frente a la ley ética, tanto más cuanto más terrible y peligrosa se ha hecho la moderna civilización para el obrar político por razón de Estado. Motivos utilitarios y éticos tienen que combinarse para poder oponer un dique a la fuerza terrible de las tres grandes potencias en el obrar político, y devolver al hombre de Estado aquella libertad e independencia para obrar de acuerdo con una razón de Estado sana y verdaderamente sabia, tal como la poseyó, por ejemplo, Bismarck».
La verdad y la dureza de la política son ocultadas al pueblo, porque el pueblo ya fue educado en las ideas aureoladas del kantismo y del irenismo beato, que ponen el acento en el «deber ser» de esa eticidad, y no el ser real del mundo existente. La realidad de la política no es sólo, un cinismo de los grupos dominantes, ni un capricho del gobernante de turno revestido con el poder de la soberanía…, sino que es un hecho empírico, material, que no está sujeta a la subjetividad canallesca.
Es un fatum del cual ni el populista ni el demagogo, se pueden librar si no desea llevar a toda la Nación a la ruina. Todos los Estados, y todo verdadero dirigente político, buscan su eutaxia política, es decir: el buen gobierno, el fortalecimiento del Estado y su expansión. Sargón II quería la eutaxia de Asiria (uno de los primeros imperios). Felipe II también. Esta eutaxia es el conatus del que hablaba Spinoza: Todo ser se esfuerza en perseverar en su ser.
Sólo en el Estado cobra la vida humana su figura característica y sólo si contamos con un Estado podemos tener ética y moral, podemos ser personas. ¿Puede el Estado matar? Claro que puede y de hecho lo hace, con la llamada pena de muerte, cuando abate a un criminal, en caso de guerra, etc. ¿Puede el individuo matar? Ya lo hace. Pero es legal o legítimo, sólo si se lo ordena el Estado y si está en estado de necesidad.
¿Puede el individuo suicidarse? Puede, pero si sobrevive será condenado por el Estado, tampoco le pondrá una custodia todos los días, al Estado no le molesta, siempre y cuando sólo sean unos pocos, no pasa nada, son cifras despreciables. Disculpen la crudeza. Respecto a esto hay otra pregunta: ¿Cuáles son los límites éticos y morales de la acción del Estado?
Sólo los límites de la causalidad eutaxica. ¿Fueron eutaxicas las purgas de Stalin entre 1936 y 1938? Pues parece que sí, ya que consolidaron el estalinismo durante décadas. ¿Fue eutaxica la decisión de Vladimir Putin, de ordenar el ataque a la escuela donde tenían los chechenos escolares de rehenes? Sí, el mismo Putin, se dirigió en directo a todo el país, para expresar su dolor por las víctimas inocentes, pero decidido a no ser chantajeado por terroristas, no mostrar firmeza hubiese llevado a la ruina a Rusia. No estaba en juego los sentimientos de Vladimir Putin sino la eutaxia del Estado ruso.
Sobre aquello que conviene al Estado no hay ciencia, sino arte y como dice Gustavo Bueno, para saber si una decisión política es razonable conviene esperar un tiempo. Claro, que, respecto a algunas decisiones políticas, se descubre su inutilidad muy pronto y sobre otras conviene esperar sus efectos más a medio plazo o a largo plazo.
Eurípides en las Fenicias hace decir a Etéocles: «Si hay que cometer injusticia es hermoso cometerla por razón del poder; en otro caso, es preciso obrar moralmente».
El caso de las once mujeres que fueron sometidas, torturadas y atacadas sexualmente por policías del Estado de México durante una incursión en Texcoco y San Salvador Atenco llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). La misma determinó que la detención de las 11 mujeres los días 3 y 4 de mayo de 2006 en Texcoco y San Salvador Atenco fue ilegal, arbitraria y sin ser informadas sobre las razones de su detención, ni sobre los cargos respectivos, las obligaron a realizar su primera declaración sin un abogado ni información sobre lo sucedido.
La (CIDH) acreditó la existencia de graves actos de violencia física sexual y psicológica, y la violación de siete de las mujeres por parte de agentes estatales. Tras los hechos, el Estado mexicano incumplió con su obligación de investigar los hechos.
Las agredidas fueron Mariana Selvas Gómez, Georgina Edith Rosales Gutiérrez, María Patricia Romero Hernández, Norma Aidé Jiménez Osorio, Claudia Hernández Martínez, Bárbara Italia Méndez Moreno, Ana María Velasco Rodríguez, Yolanda Muñoz Diosdada, Cristina Sánchez Hernández, Patricia Torres Linares y Suhelen Gabriela Cuevas Jaramillo.
Se pidió el castigo a los funcionarios estatales que impidieron el acceso a la justicia de las mujeres a través de acciones u omisiones. A Yolanda Muñoz la detuvieron en la azotea de una casa y la pusieron de rodillas, al lado de una pila de cuerpos amontonados, golpeados y ensangrentados. A algunas le mordieron los senos, les pellizcaron los pezones.
Obligaron a una de ellas a darle sexo oral a varios policías. O penetradas con los dedos o con objetos. Mientras eran golpeadas, las manoseaban, algunas fueron forzadas a contar chistes para entretenerlos. A Yolanda Muñoz le hicieron mantener el equilibrio mientras sostenía una granada falsa en las manos.
Tras una investigación de años, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) dictaminó que el gobierno mexicano no solo fue incapaz de otorgarles justicia a estas mujeres, sino que ese mismo sistema de justicia quebrado muchas veces persigue a sus propias víctimas. La CIDH exhortó a realizar una investigación completa para determinar a todos los responsables, y un posible encubrimiento de los hechos.
Enrique Peña Nieto, entonces gobernador del Estado de México, declaró a los medios, que la fabricación de acusaciones era una táctica conocida de grupos radicales, y que ese podía ser el caso de las mujeres que denunciaban violaciones por parte de la policía, con el fin de desacreditar al gobierno.
Cristina Sánchez acompañó a sus hijos a la escuela y se dirigió después al mercado a realizar compras. Ana María Velasco había ido al mercado de Texcoco para hacer unas compras con su hermano y su cuñada. Yolanda Muñoz caminaba con su hijo por la calle rumbo a Texcoco. Patricia Romero fue al mercado Belisario Domínguez para trabajar con su hijo y su padre en el negocio familiar.
Algunas de estas mujeres con el apoyo de sus seres queridos, encontraron un motivo para su vida en la lucha por obtener justicia. Otras no tuvieron la misma suerte. Algunas dejaron de estudiar, abandonaron sus proyectos, perdieron parejas, algunas sufrieron el alejamiento de sus hijos o padres, por el estigma de la vergüenza.
Suhelen Cuevas Jaramillo, en su primera entrevista que dio desde que fue detenida y abusada por policías cuando era una estudiante de 19 años, dijo. «Me quitaron la mitad de mi vida». Mariana Selvas Gómez, fue detenida, golpeada, torturada sexualmente y tuvo que permanecer en la cárcel un año y ocho meses.
Para Norma Jiménez, tratar de continuar en la batalla legal logró el rechazo de su padre, quien trató de que desistiera: «lo avergüenza» dice Norma. Dolorosamente comprendieron que en un país donde el machismo está presente y es parte normal de las conductas sociales y culturales, el hecho de haber sido violadas y ultrajadas sexualmente constituye una doble carga, un doble estigma.
Después de ser abusadas, estas mujeres cumplieron condenas que fueron de los ocho días hasta dos años y ocho meses, acusadas por ataques a las vías de comunicación o ultraje y portación de armas hasta uso de explosivos y secuestro equiparado.
¿Puede un gobernante? En este caso Enrique Peña Nieto ¿ordenar una represión donde las fuerzas policiales se convierten en una asociación ilícita con fines de golpear y violar a mujeres? Ordenar puede, como ordenaba Adolph Hitler, eliminar y liquidar a los judíos y gitanos por mitos raciales. Pero debe hacerse cargo de su responsabilidad, un gobernante no puede permitir ni ser cómplice de la barbarie del brazo armado de la Ley.
Pero eso no es Razón de Estado, eso es la voluntad de un delincuente amparando a otros delincuentes. Antonio Gramsci, distinguía con claridad entre la gran política y la pequeña política, esta última, que está ocupada del calendario electoral, el reparto de cargos, prebendas, etc.
El problema no consiste en que exista la «pequeña política», el problema es que esperpénticos personajes gobiernen la «gran política», con mentalidad y métodos mafiosos de la pequeña política. No es una Razón eutaxica para el Estado ser un golpeador, o robar al Estado para comprarle una mansión a una insaciable y vanidosa mujer.
13 de octubre de 2016.