

EL CLUB VALDAI
LA LUCHA ETERNA POR EL PODER
Ricardo Veisaga
El presidente ruso Vladimir Putin, en el Club Internacional de Debates Valdai.
Políticos, politólogos y líderes de 35 países se reunieron en el Club Internacional de Debates Valdai, en la ciudad rusa de Sochi, para discutir las perspectivas de la política mundial en un futuro próximo. El Club internacional de debates Valdai es una reunión de propaganda política organizada por Vladimir Putin, es parte de la propaganda rusa.
La influencia de China en los procesos mundiales fue el tema de la primera sesión de encuentros. Se remarcó la irreversibilidad de los cambios en la política internacional y nuevos movimientos tectónicos en el orden político global.
Dicen que el orden político mundial moderno está en transición de un sistema unipolar a otra en la que las cuestiones claves no sólo dependerán de la política de Estados Unidos, sino de las apuestas políticas de otras potencias emergentes como Rusia y China, según John J. Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago.
Esta situación exigirá a los líderes de los tres países nombrados, la toma de decisiones sobre el rumbo estratégico de los que dependerá en gran medida la futura configuración del paisaje político mundial. Mearsheimer opina que el conflicto entre Estados Unidos y China será inevitable en el futuro si la economía y la influencia política de China en el Sudeste Asiático continúan creciendo.
El empeoramiento en las relaciones entre Estados Unidos y China pondrá a Moscú ante una disyuntiva, y deberá escoger hacia dónde se destinarán sus intereses, en el escenario de una futura confrontación en el mundo. «Rusia tiene tres opciones. En primer lugar, se puede aliar con China. En segundo lugar, pueden aliarse con Estados Unidos». «Esto implica básicamente unirse a una coalición contra China. Además, Rusia puede permanecer neutral aprovecharse del enfrentamiento».
La china Fu Ying, mostró su desacuerdo con el estadounidense, subrayó que «China ve el orden mundial dominado por Estados Unidos como un desastre y no quiere tener que encargarse de él», Fu Ying, es presidenta del Comité de Asuntos Exteriores del Congreso Nacional del Pueblo de la República Popular. «¿Por qué debería China repetir los errores que cometió Estados Unidos?»
El ruso Serguéi Karagánov, decano de la facultad de economía y política mundiales, no estuvo de acuerdo con la reticencia de China a corregir las premisas básicas de un mundo unipolar dominado por Estados Unidos. «Rusia y China están cambiando y echando abajo un sistema que Estados Unidos intentó imponer después de la guerra fría. Rusia lo hace por las malas y China por las buenas, al estilo chino».
Para John Mearsheimer, el desarrollo de la potencia económica y militar de China obligará a Washington a iniciar una intensa competición con Beijín. «Estados Unidos ha arrojado a los rusos a los brazos de China y no hay ninguna garantía de que los Estados Unidos sean lo suficientemente inteligentes como para no seguir explotando la rivalidad con Rusia, ya que de este modo la empujan hacia China».
En opinión de Mearsheimer, el futuro de la Unión Europea dependerá de hasta qué punto Washington reoriente sus intereses estratégicos hacia la región del océano Pacífico. Según Kevin Rudd, presidente del «Instituto de Política de la Sociedad Asiática», Europa está perdiendo su influencia política en los procesos mundiales, cediendo la iniciativa a los tres países mencionados.
Muchos de los expertos en política internacional, han comparado la política exterior de la Rusia moderna con la política de la Unión Soviética. Es erróneo suponer que la influencia de Rusia en el espacio postsoviético signifique necesariamente que el Kremlin desee restaurar la Unión Soviética, opinó el experto Legvod.
Las famosas palabras del presidente de Rusia sobre la «mayor catástrofe geopolítica del siglo» no deben interpretarse como un deseo de recuperar la Unión Soviética cuanto antes. Precisamente por esta razón, los países del mundo occidental no deben considerar a Rusia como un potencial agresor: la misión principal de Moscú actualmente es mejorar su situación económica y demográfica, opina John Mearsheimer.
Para John J. Mearsheimer (1947), profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Chicago «Los rusos tenían que reaccionar a las acciones de los estadounidenses (…). Son los estadounidenses quienes arrojan a los rusos en brazos de los chinos, algo que creo que no responde a los intereses nacionales de Estados Unidos».
Mearsheimer en el 2001 escribió un libro (entre muchos) titulado: «The tragedy of great power politics», (La tragedia de la política de las grandes potencias). La novedad de este libro es la tesis que ofrece el autor, enfrentado al pensamiento idealista o progre, que creían como un acto de fe, que el desplome de la URSS y el fin de la Guerra Fría, colocaban a las instituciones democráticas nacionales o internacionales y a sus «discusiones racionales» como centro de toda discusión política, que llevarían inexorablemente los antagonismos político-ideológicos al terreno de la competencia económica.
Todo de la mano de la tolerancia multicultural, los derechos humanos y las acciones multilaterales. Expresiones de deseo entendible en boca de profanos, pero no en politólogos o jefes de Estado de grandes potencias. Llamó a su teoría, John Mearsheimer, realismo ofensivo, y según él tiene correlato en los grandes pensadores realistas anglo-británicos del siglo XX como Edward Hallett Carr, Hans Morgenthau y Kenneth Waltz. Mearsheimer escribe en el prefacio:
«Las esperanzas de paz no serán seguramente muy realizadas, porque las grandes potencias que moldean el sistema internacional se temen mutuamente y compiten por el poder como resultado. De hecho, su objetivo último es lograr una posición de poder dominante sobre otros, porque tener poder dominante es la mejor forma de asegurar la propia sobrevivencia. La fuerza garantiza la seguridad, y cuanto mayor es la fuerza mayor será esa garantía. Los estados que se encuentran en situación semejante están destinados fatalmente a colisionar con otros estados en función directa de la competencia por adquirir ventaja sobre los demás. Y esta es una situación trágica, pero no hay forma de evadirse de ella a menos que los estados que conforman el sistema convengan en constituir un gobierno mundial. Pero una transformación tan vasta es difícilmente una alternativa realista, de modo tal que el conflicto y la guerra habrán de mantenerse con firmeza y perdurabilidad como componentes fundamentales de la política mundial.»
Para el autor no importa la configuración, la morfología política de un régimen al interior de un Estado. Da lo mismo que sea autoritario, demócrata, monárquico liberal, o comunista. Un superestado como Estados Unidos, China, o Rusia, lo que de ellos interesa es su comportamiento en la política mundial, y el sello con la que marca en su marcha en la historia. Por tal motivo debe buscar acumular poder ya que de ello dependerá su sobrevivencia estratégica.
En el autor hay una cierta continuidad con Maquiavelo quien sustrae el mundo político de las interpretaciones teológicas. Atreviéndose a ver el mundo del poder tal como es, como escenario de pasiones y fuerzas en conflicto y no como una jerarquía armónica y preestablecida según una voluntad divina.
El profesor de la Universidad de Chicago, John J. Mearsheimer, en el foro Valdai.
Mearsheimer tiene influencia de Thomas Hobbes y de otros autores como Carl Schmitt. Decía Schmitt:
«Un hombre que tiene poder sería un lobo frente al hombre que no tiene poder. Quien no tiene poder se siente como cordero hasta que, por su parte, alcanza la situación de poderoso y desempeña el papel del lobo. Esto lo confirma el adagio latino Homo homini lupus. En castellano: el hombre es un lobo para el hombre.» (…) «Mas si el poder no procede ni de la naturaleza ni de Dios, todo lo que se refiere al poder y a su ejercicio acontece exclusivamente entre hombres».
-Entonces estamos los hombres entre nosotros mismos. Los poderosos están frente a los sin poder, los potentes frente a los impotentes, sencillamente, hombres frente a hombres. – Eso es. El hombre es un hombre para el hombre y así lo confirma el adagio latino Homo homini homo. La descripción del estado de naturaleza que hace Hobbes, es en principio correcto, pero hay que matizar, para no caer en un mero etologismo o un psicologismo, sometido a las pasiones.
El hombre es un hombre para el hombre. Sólo porque hay hombres que obedecen a otros hombres les proporcionan a éstos el poder. Cuando dejen de obedecerles, el poder se acabará. La obediencia no será arbitraria, sino que será motivada por algo. En algunos casos lo hacen por confianza, en otros por miedo, a veces por esperanza, a veces por desesperación. Pero lo que necesitan siempre es protección, y esta protección la buscan en el poder.
Desde el punto de vista del hombre, la única explicación del poder es la relación entre protección y obediencia. Quien no tiene el poder de proteger a alguien no tiene tampoco derecho a exigirle obediencia. Y a la inversa, quien busca y acepta protección no tiene derecho a negar la obediencia.
El hombre es un hombre para el hombre, pero siempre en un sentido muy concreto. Esto significa, por ejemplo: el hombre Stalin es un Stalin para el hombre Trotski; y el hombre Trotski es un Trotski para el hombre Stalin. En un encuentro casual, le pregunté a Mearsheimer, si el sujeto de la Historia era el individuo o el Estado, y si lo correcto sería interpretar la lucha por el poder mundial, desde la «Dialéctica de Estados (o Imperios)», y no supo darme una respuesta concreta.
En este sentido la elección de Barack Obama el primer presidente de color, «africano-americano» (padre africano y madre americana). La opinión reinante entre los ignorantes de la política y los enemigos del Imperio estadounidense, cuya creencia se centraba en que Barack Obama, de pertenencia Demócrata y de filosofía política socialdemócrata, que retiraría las bases militares de Estados Unidos de alrededor del mundo, destruiría todo el arsenal nuclear y detendría la fabricación armamentista.
Es muy cierto que la weltanschauung de una persona es muy importante, y que su cosmovisión política puede poner en riesgo la eutaxia del Imperio, como lo hizo el ex presidente James Carter. Barack Obama o cualquier otro presidente, no puede tener libertad más que para desarrollar el despliegue Imperial del Estado al que se debe. El cómo realizar ese despliegue es la cuestión, Obama en muchos momentos hablaba de repliegue, hasta que regresó a los cauces naturales.
Es imposible, un Imperio no se puede detener (so pena de desaparecer). El mundo realmente existente donde vivimos está condenado a una eterna competencia entre grandes potencias. Si no lo hace el Imperio estadounidense, lo hará Rusia o China, o cualquier otro imperio emergente, y desplegaran sus bases en todos los sitios posible. Sólo basta comprobar la presencia de bases rusas y chinas por el mundo.
La teoría del realismo ofensivo de Mearsheimer, parte de la «anarquía», principio que rige el mundo en su plano de configuración geopolítica. Según esto, en todo Estado, en su organización interna, existe un orden concreto que puede ser más o menos inestable o injusto, pero tiene instituciones, leyes y la fuerza de obligar, policía, ejército, etc. En cambio, en el orden internacional eso no es posible, ya que no se puede hablar de un «Superestado», que detente una única soberanía, leyes y fuerza de obligar a todo el mundo.
Ante la falta de ese hipotético e imposible político. Los sistemas idealistas, democráticos liberales, se inventaron teorías de interdependencias, de colaboración económica, de la paz idealista, e instituciones internacionales como árbitros supremos, que a juicio de Mearsheimer y la cual comparto es, que los momentos más críticos de las relaciones internacionales se resuelven con el poder y la fuerza.
Esta teoría que él llama realismo ofensivo se opone a las antes mencionadas, ya que ninguna de ellas es capaz de dar una explicación política adecuada de la compleja dialéctica de estados que constituye el nervio central de la marcha de la historia, que nos ofrece como ejemplo las guerras y conflictos permanentes.
En esto se ve la influencia de Carl Schmitt, para quien la posibilidad efectiva de la guerra es lo que tiene que estar siempre dado como premisa para que pueda hablarse de política. Es la anarquía internacional la que lleva a las potencias a buscar en todo momento la mayor acumulación de poder económico y militar posible. Por eso el mundo está condenado a presenciar, en la historia, la perpetua competencia entre las grandes potencias por la dominación mundial. La mayor dominación posible, nunca total, ya que eso es un imposible político.
Una biocenosis, es una sociedad constituida por organismos de especies diversas, animales o vegetales, pero en un grado de interacción mutua e interdependencia tal que pueda hablarse de una unidad superorgánica, asentada en un hábitat y «autosostenida». Sin perjuicio de lo cual, una biocenosis puede crecer o puede contraerse; puede incorporarse a otras biocenosis colindantes, o puede mantenerse separada de ellas por fronteras aseguradas por ciertas «soluciones de continuidad», sin perjuicio de las trasposiciones ocasionales de esas fronteras que los individuos de las diversas partes de cada biocenosis puedan llevar a cabo.
Gustavo Bueno, en «España frente a Europa», lo explica. Una sociedad humana, primitiva o desarrollada, puede considerarse, por abstracción, como una población, antes que como una biocenosis. Pero es posible ampliar el concepto de biocenosis, en sentido analógico, a las poblaciones humanas, ateniéndonos a la estructura de la lógica antropológico-cultural de Edward Tylor.
Las «especies» se mantienen en competencia permanente («competitividad», dicen nuestros políticos y economistas): hay una «lucha por la vida» entre los individuos de esas diversas especies y entre las especies mismas, en virtud de la cual, en los intercambios del mercado, o de la guerra, unas resultan desplazadas por otras, o destruidas, o reutilizadas, o simplemente inutilizadas. El mundo se encuentra en una permanente biocenosis social. Este concepto es más potente y apropiado que el de «anarquía».
Toda potencia mundial debe mantenerse como tal, ponerse sobre sus rivales y acumular poder. Y esto no en función de una supuesta maldad o por ser un «estado canalla», sino de la anarquía presente en el sistema internacional. Ese es el «destino trágico» de las potencias imperiales. La teoría de Mearsheimer pivota sobre la naturaleza humana, el realismo defensivo y el ofensivo.
Las potencias tienen el deber de preguntarse el porqué de la competencia entre Estados y la cantidad de poder a acrecentar. El único camino que tienen es seguir avanzando, por eso es ofensivo su realismo. Mearsheimer señalaba que, en el horizonte del poder estadounidense, una potencia cuyo crecimiento demográfico, económico y militar, lo convertía en el mayor enemigo que haya tenido Estados Unidos, y es China.
Siguiendo con la ponencia, podemos decir que la Paz de Westfalia de 1648, configura a nivel estructural el orden político mundial moderno, considerando a los Estados soberanos como las unidades de organización del plano político institucional como la producción y la economía política. En ese entonces dentro del Antiguo Régimen, con monarquías absolutistas, y tras la Revolución de 1789, que acaba con el Antiguo Régimen, como naciones políticas soberanas sea de régimen republicano o monárquico-constitucional.
Pero es obvio que no todos los Estados soberanos son iguales, no es lo mismo Bolivia que Rusia.
De hecho, existen grandes plataformas políticas que Lenin llamaba «Imperialismo», o también según el análisis de Gustavo Bueno en «España frente a Europa» o en «Primer ensayo sobre las categorías de las Ciencias Políticas», o Henry Kissinger estados «hegemónicos». Muchos politólogos al considerar el orden político a partir de la paz de Westfalia, se quejan de la existencia de Estados que no respetan dicho principio, infantilmente se olvidan que existen los Estados imperiales que están más allá de esos legalismos.
En definitiva, es esta la escala en la que se definen los grandes mapas de poder político, y se trazan las líneas fundamentales de la organización de la economía política internacional tanto en lo que concierne a las fuerzas productivas, a las relaciones de producción y a la división internacional del trabajo, como en lo que atañe a la creación ideológica de necesidades y mercados de consumo.
Es también la escala, en donde se deciden y definen las grandes guerras y las grandes batallas de la historia. Para Gustavo Bueno la «Historia Universal» sólo puede entenderse dentro de la figura histórica política de Imperio. Y que al margen de la dialéctica de imperios nada se entiende, y el resultado del choque de esas placas tectónicas o imperiales es lo que mueve a la dialéctica de clases.
La historia, es el resultado concatenado de unos diez o doce imperios universales entre medio de los cuales la civilización se fue configurando. Estamos frente al mayor despliegue objetivo que ha presenciado la historia de un Imperio realmente existente: el estadounidense. Y este despliegue objetivo, va más allá de la voluntad o la ignorancia de quien habite la Casa Blanca, se trate de Bill Clinton, George Bush, Barack Obama, o Donald Trump (que, desde las coordenadas imperiales, es irrelevante), como bien dice Ismael Carballo Robledo:
«la economía mundial capitalista, que bebe y se nutre de la economía de Estados Unidos, encuentra su eutaxia en el control geopolítico, geoestratégico, del triángulo conformado por el medio oriente, Asia Central y Asia Pacífico, con lo que las tesis pacifistas, vistas a escala de la Historia Universal, que es una Historia que encuentra en la tragedia su sentido, son irrelevantes».
La tarea política, filosófica e histórica, desde la tesis de la dialéctica de estados imperiales, es la de identificar las unidades históricas que tienen el potencial de enfrontarse a escala imperial con el Imperio realmente existente. Aunque, por cierto, se disimule este despliegue con conceptos ideológicos como globalización, derechos humanos, democratización.
El sobrevaluado asesor de James Carter, Brzezinski, a quien le tocó afrontar la caída del Sha en Irán y la invasión soviética de Afganistán, en un tiempo en que, se hablaba de declive de Estados Unidos, con una política exterior idealista y débil que invitaba a los rivales a sentirse fuertes. El polaco-estadounidense, dice:
«Napoleón podía soñar en el dominio global. Y después, con la revolución industrial, con el ascenso de las potencias modernas, algunos líderes tenían planes de dominio global. Y después, con el ascenso del comunismo, algunas personas pensaban en un dominio global ideológico y militar. Y después América, cuando logró ser dominante, tenía la idea de la democracia brotando por doquier».
Esto último es, fundamentalismo democrático, creer ilusamente que los males del mundo se solucionan con más democracia, error de Bush Jr. y continuada por Obama-Hillary Clinton, eso fue la primavera árabe. Errores que tiene que ver con el cómo conducir el despliegue, no con el despliegue.
Brzezinski sostenía: «El mundo hoy está tan despierto, tan activo políticamente, que ninguna potencia puede ser hegemónica», y asigna a Estados Unidos el papel de conformarse con reducir, en cooperación con otros, los riesgos que entrañan los nuevos desequilibrios internacionales. «La responsabilidad de América en este caos debe ser compartida con cualquiera que participe en él. El caos no es producto de un sólo país. El orden, tampoco».
¿Y qué entiende por «orden» en términos políticos, Brzezinski? «No vivimos en una era en la que el dominio imperial del mundo sea una opción realista» dice el polaco. ¿Y fue realista dejar caer al Sha de Persia y entronizar a los Ayatolás?
Gustavo Bueno pone «del revés» la tesis marxista sobre el origen del Estado. El resultado de dicha inversión dialéctica es que, el Estado aparece constituido en el proceso de codeterminación con otros Estados competidores en la lucha por los medios de producción, y no en el proceso de codeterminación con sus clases sociales internas en supuesta lucha por lo mismo.
¿En qué consiste esta vuelta del revés de Marx? La dialéctica de clases no es el motor de la historia, ni antecede al Estado, sino que se configura dialécticamente por su través. El motor de la Historia Universal no es la lucha de clases, es la dialéctica de Estados, y sobre todo la dialéctica de Estados imperiales, dentro de la cual se circunscribe la dialéctica de clases.
La primera determinación de una sociedad política, en términos materialistas, es el núcleo de una sociedad política, entendiéndola como el ejercicio del poder que se orienta objetivamente a la eutaxia de una sociedad divergente según la diversidad de sus capas. Desde esta perspectiva, la relevancia histórica de una sociedad política está en la capacidad que ésta sociedad tiene de mantener el orden y la duración de sus estructuras políticas en el tiempo, en tanto que dialécticamente enfrentada a otras sociedades políticas.
Bueno define al Estado como poder más eutaxia. Aquel poder que no está orientado a la eutaxia del Estado no es poder político, es poder de otra índole. Y la eutaxia o buen gobierno es un criterio objetivo para determinar la justicia o injusticia de un régimen político, más allá de cualquier contexto ético, moral o religioso, por encima del grado de degeneración y corrupción que pueda implicar.
Un régimen político es eutáxico en tanto que es capaz de durar históricamente, tomando como criterio las centurias, en el sentido de la historia del Imperio Romano. El imperio soviético se desplomó mucho tiempo antes. Si un régimen considerado dura en el tiempo, es porque ha recibido el consentimiento, ya sea tácito o expreso, de quienes pertenecían a él (Gustavo Bueno, Primer ensayo sobre las categorías de las «ciencias políticas»).
Fu Ying, presidente del Comité de Asuntos Exteriores de China.
La eutaxia no es un atributo sustancial, global, propio de toda sociedad política, sino más bien un concepto entendido funcionalmente. Ninguna sociedad política constituye el modelo ideal de eutaxia, nada dura eternamente. La eutaxia se relaciona con sistemas prolépticos, planes y programas con aplicación en el proceso efectivo real en el que se desenvuelve y en relación a las partes de las que se compone la sociedad política de referencia, respecto a otras sociedades.
Gustavo Bueno sostiene la tesis de que toda sociedad, en el momento en que se configura como política al adoptar la forma de Estado, instaura en su estructura una dialéctica tal que la llevará a desarrollar una dinámica interna que la obliga a desbordar sus propios límites estatales, que al mismo tiempo y como resultante, la conducirá en esa dirección al enfrentamiento con otros estados, todos ellos operando histórica y políticamente en función de su propia eutaxia.
Así, por ejemplo, una sociedad con economía capitalista encuentra su eutaxia en el colonialismo. Desde esta perspectiva al margen de la tragedia no puede darse la política. Desde esta perspectiva como decía Lenin, el mapa político mundial pierde todo sentido cuando se lo ve desde las coordenadas de izquierdas o de derecha.
Lenin escribió en su Folleto en 1920, «El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo». Lenin no se consideró nunca de izquierda, esto para él era una categoría burguesa e infantil cuando se radicalizaba. Para Lenin, las coordenadas fundamentales de la dialéctica histórica de su tiempo fueron las del imperialismo contra el bolchevismo.
La Historia de la Unión Soviética antes y la Rusia actual, o de la China comunista o capitalista no es de la lucha de clases, es de sus relaciones con otras sociedades distintas. Actualmente para China existe una dialéctica que integra en su seno a los pobres y ricos, enfrentado a otros Estados, es más, los pobres y ricos son irrelevantes en la lucha imperial.
Su dialéctica es frente a otros Estados, no existe la lucha interna de clases, aunque de hecho existen ricos, pobres, explotadores y explotados. Pero lo cierto es que no hay una clase universal de explotados que se oponga a una clase particular y mezquina de propietarios privados de los medios de producción. Las clases sociales son partes de una sociedad política, cuyo límite está en los estados, las morfologías políticas efectivas que son las que protagonizan la Historia Universal.
Como dice el filósofo, José Manuel Rodríguez Pardo:
«El origen del estado no cabe ponerlo en un momento en el que se fundó la propiedad privada. El hecho de que el desarrollo de las fuerzas productivas esté detrás del origen del estado no autoriza a presuponer, de modo sustancialista, que la división de la sociedad en clases hay que ponerla como una división previa al Estado. Los Estados, y los Estados imperialistas, no se constituyen únicamente en función de la «expropiación» de los medios de producción en el ámbito de su recinto territorial. Cada Estado se constituye en función de la apropiación del recinto territorial en el que actúan (la capa basal) y mediante la exclusión de ese territorio y de lo que contiene de los demás hombres que pudieran pretenderlo. El enfrentamiento entre los Estados es ya un momento de la misma dialéctica determinada por la apropiación de los medios de producción por un grupo o sociedad de hombres, excluyendo a otras sociedades o grupos.»
La cuestión de la lucha de clases, es una tesis ya superada, en 1914 y en la Segunda Guerra Mundial, se mostró de manera contundente que lo que mueve más a las masas son las naciones, la patria y no la clase o el internacionalismo proletario. La reorganización de una parte del mundo por un Estado imperial se lo hace desde el canon correspondiente. Y no significa que esas sociedades políticas reorganizadas, queden reabsorbidas en el Estado imperial. No sucedió eso con los países satélites de la Unión Soviética en Europa del Este tras la Segunda Guerra Mundial. Ni los países de Europa occidental se convirtieron en estados del imperio estadounidense.
No se puede entender las llamadas luchas de liberación en Iberoamérica fuera del contexto de la lucha imperial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, creer que sólo fueron enfrentamientos entre el «pueblo» o jóvenes demócratas idealistas que querían cambiar el mundo, y abominables dictaduras militares es para tontos. Esos países y las fuerzas desplegadas fueron piezas del tablero de ajedrez político mundial.
En la actualidad, tanto Rusia como Estados Unidos, utilizan del fundamentalismo islámico para atacarse mutuamente, pese a que también lo han combatido. Quedó muy claro que la potencia mundial estadounidense, luego de años de bombardear al Estado Islámico no acabó con ellos, no porque no puedan, sino porque les sirve para atacar a Bashar al-Assad, quien aporta a Rusia un país estratégico en la lucha por el poder mundial.
Creer que el curso de la Historia se desarrolla al margen de los planes y programas de determinadas sociedades políticas, y de los fines que se plantean. Es reducir el método de la Historia al de la antropología o al de la psicología, y el estudio de la historia será sobre la humillación, el honor o el deshonor, o de las personalidades autoritarias, como parece que así lo cree Donald Kagan.
En este sentido la tesis de Samuel P. Huntington sobre el «choque cultural entre civilizaciones» no es más que una interesante y atractiva construcción ideológica, que falla por la base. Dentro de una misma plataforma imperial pueden convivir decenas de culturas diferentes.
John Mearsheimer es un buen politólogo, considerado uno de los diez mayores en política internacional. Merece todo el respeto intelectual, aun cuando no comparta su libro sobre el lobby judío, ya que es desmentida por la comprobación empírica y contradice la teoría de las superpotencias o Imperios, Israel no es un imperio ni una superpotencia.
Aquellos que, cándidamente, creen que el «mundo» es manejado por un grupo de encapuchados que se reúnen a la luz de una vela, o en un hotel internacional o en un club, no tienen una teoría filosófica política racional que lo sostenga. Es pura conspiranoia. Tampoco cabe dividir el mundo político entre buenos y malos de manera maniquea, en un análisis político medianamente serio.
Ni el imperio macedónico de Alejandro, ni el romano, ni Inglaterra, ni la Unión Soviética, ni Rusia o Estados Unidos son buenos, canallas, o la encarnación del Mal. En esta película no existe el bueno. Quien así lo crea, se equivocó de película y de cine. En todo caso, los Imperios se pueden clasificar entre «imperios generadores» como el de Alejandro, el romano, el español, la URSS, Estados Unidos, el plan Marshall fue un claro ejemplo generador, o los «imperios depredadores» como el británico u holandés, ideas de originales de Gustavo Bueno.
Es entendible que una funcionaria como Fu Ying se muestre escandalizada por las palabras de Mearsheimer para la galería, pero honestamente no piensa así. Eso es parte de la hipocresía y la mentira política tan vieja y tan antigua en la vida, y no por eso menos efectiva.
El terrorismo islámico no constituye un Imperio, ni un superestado, no poseen una capa basal. En cualquier momento serán arrojados de Mosul y Alepo. Por lo mismo, Osama Ben Laden, fue a Afganistán en busca de un territorio, de una capa basal desde donde poder operar, se lo negaron los sauditas. De cualquier manera, es necesario acabar con ellos.
10 de noviembre de 2016.