

ADIOS EUROPA
Ricardo Veisaga
«Consummatum est», dicen esas que fueron las últimas palabras que pronunció Jesús en la Cruz, según el Evangelio de San Juan. Según los latinistas esto puede significar: «se acabó todo» o «todo está cumplido», palabras que también se suele usar para algún desastre irreversible.
El Reino Unido, dejó de ser parte de la Unión Europea (UE) desde la medianoche del 31 de enero de 2020 de forma oficial, y soltó amarras y navega por su cuenta a partir del 1 de febrero. El ex primer ministro británico Winston Churchill, según Julian T. Jackson, le dijo al general francés Charles de Gaulle en 1944: «Debes saber que, si tenemos que elegir entre Europa y los mares abiertos, siempre elegiremos los mares abiertos».
Luego de un poco más de siete décadas, está frase se acaba de cumplir. El 2016, los británicos participaron en un referéndum sobre la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea (UE) y una mayoría votó por abandonar el bloque. La salida se cumple luego de una permanencia tras décadas en la condición de «miembro incómodo». Esta salida cambia profundamente el tablero político y económico, pero que en la vida diaria apenas se percibirá hasta el 2021.
El Reino Unido, se integró económicamente a la Comunidad Económica Europea (CEE) en 1973, 16 años después que se creara con la firma del Tratado de Roma en 1957. La decisión de los británicos se dio cuando la (CCE), se encontraba en el mejor momento económico, mientras ellos están con una economía estancada. El general Charles De Gaulle, había vetado dos solicitudes de los británicos en 1961 y 1967. Los británicos esperaron que De Gaulle renunciara a la presidencia en 1969, para enviar una tercera solicitud que esta vez sí fue aprobada.
Como miembro pleno de la CEE, lo que luego sería la Unión Europea, el Reino Unido siempre mantuvo un pie dentro y otro fuera. El euroescepticismo de gran parte de su clase política y de los ciudadanos, los llevaría a no integrarse plenamente. Hay que recordar que en 1985 no adhirieron al «Acuerdo de Schengen» para suprimir los controles fronterizos.
Tampoco en 1988 adhirieron a la Unión Económica y Monetaria (UEM), por la que la mayoría del bloque adoptó el euro como moneda. Margaret Thatcher, antes de ser primer ministro, había promovido una mayor integración económica con el continente, una vez primer ministro y aposentada en el número 10 de Downing Street, la residencia oficial del premier en Londres, cambió radicalmente su anterior posición.
Margaret Thatcher en 1980, le exigió a la CEE que ajustara las contribuciones de su país, bajo amenaza de retener pagos de impuestos al valor agregado. En ese entonces pronunció una frase para la posteridad: «Queremos nuestro dinero de vuelta». Luego de una lucha de cuatro años, Tatcher, logró su propósito en una caldeada cumbre europea de Fontainebleau en 1984.
Margaret Thatcher obtuvo lo que posteriormente se llamaría «el cheque británico», una rebaja en las contribuciones por la que a Londres se le devuelven dos tercios del déficit fiscal de Reino Unido y el bloque europeo. Parece ser que más de dos tercios del presupuesto europeo iban a la Política Agraria Común, de la que Londres obtenía muy poco. Esa medida no cayó bien entre los miembros de la CCE, el entonces mandamás de Grecia, el socialista Andreas Papandréu, dijo: «Sería un gran alivio si Reino Unido dejara la CEE».
Ya en 1986, con España y Portugal recién integrados al proyecto europeo, los 12 miembros del bloque firmaron el «Acta Única Europea», una revisión del Tratado de Roma. Lo que se buscaba era la creación de un mercado interior en Europa con libre circulación de personas, mercancías y servicios. No tardaron en aparecer los recelos en Reino Unido. Margaret Thatcher en 1988, pronunció un polémico discurso en Brujas que avivó el debate para siempre sobre Europa en Reino Unido.
La Thatcher, acusó a Europa de tratar de eliminar la soberanía nacional de sus miembros y concentrar el poder en sus instituciones. Cosa que el tiempo lo ha confirmado. «No hemos revertido exitosamente las fronteras del Estado en Reino Unido para verlas reinsertadas a nivel europeo, con un superestado europeo ejerciendo un nuevo dominio desde Bruselas», concluyó la primer ministro.
El Reino Unido, abandonó cuatro años después, el Mecanismo de Tipos de Cambio, que daría vida al euro. Margaret Tatcher, en su libro Statecraft: Strategies for a changing World, dedicado a Ronald Reagan, aseguró que la moneda única europea era un intento de crear un superestado y predijo que fracasaría «económica, política y socialmente». Y también que la Unión Europea era «fundamentalmente irreformable».
Al Reino Unido siempre le interesó el mercado común y si era más amplio mejor. El laborista Tony Blair fue el mayor impulsor de la ampliación del bloque hacia el este de Europa. El 1 de mayo de 2004, con la influencia británica y el visto bueno de Alemania, se amplió el número de miembros de 15 a 25, se incorporó entre otros a Polonia, República Checa y los países bálticos, creando así un espacio político y económico de cerca de 450 millones de personas.
La mayoría de los miembros establecieron un periodo de siete años para abrir sus fronteras a los trabajadores de los países recién incorporados, Irlanda, Suecia y Reino Unido, las abrieron de inmediato y sin restricciones. Las clases populares del Reino Unido, sintieron que estaban siendo invadidos por trabajadores que venían a empobrecer su salario y les despojaban de sus empleos.
Según estudios, unos 129.000 migrantes del llamado grupo EU8, que incluía a Polonia, Hungría, Estonia, Letonia, Eslovaquia, Eslovenia, Lituania y República Checa, ingresaron a territorio británico entre 2004 y 2005. A esto se sumó la crisis financiera de 2008, que golpeó la economía británica y al resto de Europa. Esto motivó que se cuestionara la permanencia en la Unión Europea.
Después de trece años de gobiernos laboristas, el partido conservador de David Cameron llegó al poder en 2010 y en enero de 2013, dijo: «es hora de que los británicos dieran su opinión» al respecto. En 2015, buscando la reelección prometió organizar el referéndum, un año después de su victoria, cumplió la promesa y lo demás es historia.
Con el Brexit, la Unión Europea (UE) no solo pierde un miembro, sino su segunda economía más importante, que representaba cerca del 15% de su PIB y que contribuía con más de 13.000 millones de dólares al año a su presupuesto. Más del 40% de las multinacionales con sede en Europa había elegido su sede en Londres, seguida de lejos por París, Madrid, Ámsterdam y Bruselas.
También pierde Europa un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, queda en solitario Francia, y, además, un Estado cuya capital es uno de los mayores centros financieros del mundo. El futuro para Europa no será fácil, la dictadura de Bruselas, está empujando a otros miembros como el Grupo de Visegrado a salir del bloque, y al aumento de partidos euroescépticos.
Este 2020 se realizarán negociaciones entre la UE y Londres, que se presentan muy complicadas. Las dos partes tendrán que determinar cómo será el divorcio y que tipo de relación es posible. Boris Johnson, se dirigió a los británicos con un tono conciliador, a un público dividido y agotado luego de más de tres años y medio desde el referéndum, en el que la mayoría de los británicos dijeron sí al divorcio.
«Esta noche nos vamos de la Unión Europea. Para muchas personas, este es un sorprendente momento de esperanza, un momento que pensaron que nunca llegaría. Y, por supuesto, hay muchos que sienten una sensación de ansiedad y pérdida. Y luego, por supuesto, hay un tercer grupo, quizás el más grande, que había comenzado a preocuparse de que toda la disputa política nunca llegara a su fin».
Luego agregó, que ahora su trabajo es «unir a este país y llevarnos hacia adelante. Lo más importante es que esta noche no es un fin sino un comienzo». Johnson se refirió a una soberanía «reconquistada» que permitirá a su Gobierno crear «leyes y reglas en beneficio de la gente de este país». Habló de la razón que, a su juicio, es la causa principal de esta separación.
«¡Sí, lo hicimos!», tituló el Daily Express, uno de los medios que se había jugado por el Brexit. «Un nuevo amanecer para el Reino Unido», fue la frase elegida por el Daily Mail, para agregar: «Nuestra orgullosa nación deja finalmente la UE, aún amiga de Europa, pero libre e independiente una vez más después de 47 años».
El título de The Daily Telegraph, periódico en el Boris Johnson trabajó en Bruselas como corresponsal décadas atrás, fue «Esto no es un final, es un comienzo», palabras que pertenecen al primer ministro Johnson. El que no deja de lamentarse es el periódico izquierdista, progre y europeísta, llamado, The Guardian, que tituló: «Pequeña isla». Y lo graficó con la imagen de una bandera británica sobre un castillo de arena derruido.
El Reino Unido continuará cumpliendo las regulaciones de la UE y contribuyendo al presupuesto comunitario durante los próximos once meses, periodo en el que debe forjar una nueva relación con el bloque comunitario y con el resto del mundo. Desde el 1 de febrero ya no hay eurodiputados británicos en el Parlamento Europeo ni asiento para el jefe de Gobierno del Reino Unido.
Los británicos abandonarán las agencias técnicas y las magistraturas reservadas para ellos en el «Tribunal de Justicia de la Unión Europea» (TJUE). Las complejas relaciones luego de la ruptura se iniciarán a partir de marzo. El 1 de enero de 2021, el Reino Unido comenzará a ejercer realmente como un país independiente de la Unión Europea. Hasta entonces, las libertades de circulación del mercado único de mercancías, personas, servicios y capitales, seguirán vigentes en suelo británico.
Los casi 3,8 millones de europeos que residen en el Reino Unido, así como aquellos que lleguen al país durante este año, pueden solicitar el estatus de «asentado» o «preasentado», que protegerá tras el brexit sus derechos adquiridos. A partir de 2021, cuando termine la libre circulación entre el Reino Unido y la Unión Europea, los comunitarios que quieran viajar o residir en el país deberán cumplir las normas migratorias que establezca el gobierno británico.
Quienes quieran viajar al Reino Unido para buscar trabajo, deberán someterse a un sistema de puntos similar al de Australia, la legislación que sirve de referencia a Boris Johnson. Bajo ese nuevo régimen, los inmigrantes deben superar un umbral determinado de puntos, que se otorgan en función de criterios como nivel educativo, nivel de renta, dominio del idioma, edad y otros factores.
Londres quiere pactar con Bruselas un acuerdo de libre comercio que asegure los intercambios sin aranceles a partir del 1 de enero de 2021, pero al mismo tiempo mantiene su intención de divergir paulatinamente de las regulaciones de la UE, lo que puede envenenar las negociaciones.
El objetivo del primer ministro Boris Johnson de comerciar con cero tarifas, pero divergiendo de la normativa comunitaria implica que podrían establecerse nuevos trámites y controles en las aduanas, lo que podría perjudicar especialmente a las empresas que mantienen cadenas de producción a ambos lados del canal de la Mancha. Actualmente, casi la mitad de las exportaciones del Reino Unido van al mercado único.
Mucho se ha hablado sobre el modelo que debería seguir el Reino Unido luego de su partida de la UE. Algunos apuntan al modelo canadiense, que permite un comercio de mercancías casi libre de aranceles, pero implica controles fronterizos. Pero olvidan que Canadá no es un vecino, ni física ni tampoco históricamente. Y además el modelo canadiense no incluye el sector servicios, que representa alrededor del 80% del PIB del Reino Unido.
Sunderland, la primera ciudad en declarar su apoyo a la salida de la UE, está ahora en grandes dificultades con la empresa automotriz Nissan. En estos momentos, la producción de automóviles en la planta cayó más de una quinta parte en 2019. Y el gobierno no va a emplear ahora sus esfuerzos en apoyar industrias que considera del siglo pasado.
Lo que los británicos no deben olvidar son las relaciones con Estados Unidos. En estos momentos y como lo explicara hace tiempo Tony Blair, los británicos actuaban como un puente entre Estados Unidos y la Unión Europea. En este sentido los euroescépticos consideran que ahora se pondrán estrechar más los lazos con quienes siempre fueron su «aliado especial».
Pero en estos días hubo y hay tensión entre Estados Unidos y Reino Unido, a Donald Trump lo que le importa es su «America first», y ha amenazado con imponer aranceles a las exportaciones de automóviles del Reino Unido (entre ellos Mini, Bentley o Rolls-Royce) si el gobierno británico sigue adelante con sus planes de introducir a partir de abril un impuesto del 2% a las grandes compañías tecnológicas como, Facebook y Google.
Para los leavers (los que querían salir del bloque), este paso significó el fin de un relación tormentosa y burocrática. Un golpe histórico comparable solo con la salida de la Iglesia Católica, Romana y Apostólica a manos de Enrique VIII, el rey que fundó el anglicanismo, según el radical Nigel Farage.
Los defensores del Brexit creen que Johnson y Donald Trump lograrán un acuerdo comercial que potencialice el comercio entre ambos países, sin las acostumbradas trabas impuestas por la UE. Parten de la idea de que los anglosajones entendieron mejor que sus pares el comercio y la modernidad, y en vez de ponerle trabas como los genoveses o Flandes, se abrieron a los océanos, hasta llegar a la China e India.
Un ejemplo de ello se pudo leer en de The Daily Telegraph:
«La cuestión que Gran Bretaña debe lidiar mientras busca dar forma a su destino para los próximos 50 años es si desea quedarse con el método cartesiano, de arriba hacia abajo, deductivo de Europa, o regresar al pensamiento de abajo hacia arriba y libre, el empirismo de Bacon, Locke, Hume, Smith y Darwin, la maravilla de los mejores tres siglos de Gran Bretaña, y que nos une a Estados Unidos, la angloesfera y, en realidad, a la India».
Luego de entonar en la Eurocámara, el emotivo cántico del «Auld Lang Syn», la canción tradicional escocesa de despedida, incluida con alguna lágrima de cocodrilo y la promesas de seguir colaborando con los amigos. Londres y Bruselas encaran ahora un acuerdo comercial entre ambas partes. Pero el primer ministro británico ya ha hablado y dice que quiere negociar con la Unión Europea un pacto comercial similar al de Canadá (CETA), pero que, si no, irán a por el modelo australiano.
Ante el modelo que le ofrecen ahora sus ex socios para tener acceso al mercado único, el líder tory prefiere el canadiense, que permite la eliminación del 90 % de aranceles, pero asume al fin y al cabo fricciones. Si el canadiense no fuera posible, saca ahora de la manga su gran as: el «modelo australiano», que no cuenta con tratado comercial como tal y funciona con acuerdos sectoriales. «El Reino Unido se convierte en un actor independiente, con su propia voz», recalcó Johnson.
«Nos han dicho a menudo (refiriéndose a la UE) que tenemos que elegir entre el total acceso al mercado único, aceptando las reglas y los tribunales como Noruega, o un ambicioso tratado comercial sin acatar la regulación de la UE, como es el ejemplo de Canadá», recalcó. «Pues bien, hemos elegido, y queremos un tratado comercial similar al de Canadá. Es vital dejar ahora claro esto».
Boris Johnson, agregó: «No se trata de elegir entre acuerdo o no acuerdo, sino si tenemos una relación comparable a la de Canadá o más al estilo Australia. En cualquier caso, no tengo dudas de que Gran Bretaña prosperará poderosamente».
Las negociaciones pos-Brexit amenazan con dividir la Unión Europea. Es obvio, que estas negociaciones van a dividir a los miembros, los estados tienen intereses y eso pone en riesgo la unidad. En un artículo sobre iberoamérica, me refería a la teoría de la biocenosis y eso mismo sucede con los distintos estados. Ahora llegó la hora de las tribus, van a devorarse entre ellos. Los estados miembros tenían muchos puntos en común a la hora del divorcio, ahora la situación cambia.
Algunos estados quieren que se dé prioridad a la pesca, otros al sector de los bienes industriales y servicios, o el turismo. Todos tienen sus propios intereses y eso complicará las negociaciones. Si bien los miembros de la Unión Europea quieren una estrecha relación con Reino Unido, pero difieren en las prioridades de cada estado. El eje Franco-Alemán, no quiere que el Reino Unido salga fortalecido y que divida el mercado único, que tenga los mismos beneficios sin cumplir las obligaciones que se les exige a los estados miembro.
Alemania prefiere un daño económico a una mala decisión política que reste legitimidad al proyecto europeo. El poderoso sector automovilístico alemán está alineado con esta posición. Hay otro grupo de países llamados «los nuevos hanseáticos», como los Países Bajos, los países escandinavos y sumado Irlanda, que están ligados a la economía británica, no están de acuerdo con una visión de una unión cada vez más estrecha, quieren mitigar los efectos económicos antes que defender el proyecto europeo.
En tanto los países del este, que conforman el grupo de Visegrado, como Polonia, Eslovaquia, Hungría y República Checa, Rumania, se ven afectados por la situación de sus ciudadanos en territorio británico, en especial Polonia. Es lógico que deban defender estrategias diferentes. Es cierto también, que este grupo no tiene una estrategia propia respecto a Europa, y tal vez prioricen estar al lado de los nórdicos y con un buen trato con Reino Unido.
Países como Bélgica, Países Bajos y Francia, y en parte España, necesitan las aguas británicas para la captura de los peces, ya que el Atlántico norte es uno de los caladeros clave para la pesca europea. Si bien este sector no es muy importante en términos económicos, si lo es políticamente.
Es un sector relativamente pequeño, pero políticamente importante para estos Estados miembros, Francia no puede dejar tirados a sus pesqueros, eso significaría un enorme costo político. El premier Johnson dejó claro que no piensa ceder en este punto, muchos de sus votantes son dependientes del sector pesquero y sostienen que las aguas británicas…son británicas. Lo mismo sucede con el comercio de bienes o los servicios financieros.
El primer ministro irlandés, Leo Varadkar, decía hace poco: «Es posible que tenga que hacer concesiones en áreas como la pesca para obtener concesiones de nuestra parte en áreas como los servicios financieros. Por eso las cosas tienden a estar todas en un solo paquete». España tomará posición junto a Francia y Alemania, pero tratando de resguardar el impacto económico, la economía española es una de las más expuestas a la situación en el Reino Unido.
El caso de Gibraltar, hace diferente su lugar al resto de los miembros, si bien es cierto que el futuro del peñón es un asunto bilateral entre España y Reino Unido, esas conversaciones van a tener influencia directa en las negociaciones sobre el acuerdo comercial. España se ve favorecida por el turismo británico que es importantísimo para ese sector. Muchos ciudadanos españoles viven en el Reino Unido, las medidas que se tome al respecto influirán tanto en la numerosa colonia británica en España y viceversa.
Finalmente, Europa es un continente muy frágil económicamente, carece de materias primas como los hidrocarburos y es totalmente dependiente de Rusia. Europa es una fábrica que vende sus productos a gran parte del mundo. Donald Trump sabe de esa debilidad y sacará provecho. Hasta la llegada de Trump, Europa gozaba de la defensa militar prácticamente gratis.
Europa debe fijar sus amigos y enemigos, en este sentido, la OTAN está liquidada, al no tener una política clara sobre quien es el enemigo. El periodista Ramón González Férris, dijo hace poco que la Unión Europea debe convertirse en un imperio para sobrevivir (pero no en el austrohúngaro). Digamos que Europa no pretende ser un imperio, solo quiere impedir el resurgimiento de los nacionalismos.
El eurodiputado liberal Guy Verhofstadt afirmó que «en un mundo cada vez más dominado por los imperios, los próximos cinco años serán cruciales para convertir nuestra Unión en una verdadera Unión». Gideon Rachman, un periodista muy influyente en el mundo, escribió en el Financial Times, que «el orden mundial, conformado por la China de Xi Jinping y los Estados Unidos de Donald Trump, estará más basado en el poder que en las reglas».
Emmanuel Macrón, en ese sentido afirmó que el auge de China ha creado un mundo bipolar chino-estadounidense que «claramente margina a Europa». A eso se suma «la reemergencia de poderes autoritarios en la periferia de Europa, sobre todo Turquía y Rusia», lo que llevó a «la excepcional fragilidad de Europa que, si no puede pensarse a sí misma como un poder global, desaparecerá».
Hace muchos años vengo repitiendo que la historia se construye por la dialéctica de estados o imperios, no por la lucha de clases u otra explicación psicológica. Según ciertos intelectuales, vislumbran un escenario similar previo a la Primera Guerra Mundial. En aquellos tiempos, los imperios existentes tanto el ruso, el británico, el otomano, la Francia colonial, Prusia y Austro-Hungría, y Estados Unidos, aún periférico, cooperaban lo mínimo y básicamente competían de manera feroz por ampliar sus fronteras y zonas de influencia.
Es decir, que ahora se caen del caballo camino a Damasco, al recordar la situación previa a la Primera Guerra Mundial. Para decirlo desde un realismo político, el mundo político no es una armonía ni la novena sinfonía de Beethoven, sino una biocenosis política en lucha permanente por sobrevivir. Y la ONU continúa siendo inoperante. Por eso una potencia o imperio mundial se aparta del consenso para recordarle a los demás y a sí mismos su soberanía.
Los alemanes creen, que este mal momento pasará, cuando Donald Trump dejé la presidencia, ya sea en 2021 o en 2025, y todo será igual que antes, se regresará al multilateralismo y al amor fraternal. Lo que indica una pobreza de razonamiento. Si se quiere competir en una guerra imperial, y para ser un imperio, hay que gastar mínimamente la mitad de lo que gasta Estados Unidos en defensa, tener una economía sólida y no dependiente, tecnología avanzada y armamento nuclear.
En este sentido, Europa, dicen que se parece al Imperio austrohúngaro, por su diversidad, la unión política de diferentes identidades políticas, la coordinación de los poderes internos para que ninguno arrase a los demás. Todo esto es parte de la ilusión europea, de ser una superpotencia o un imperio, para enfrentarse a rivales que son Estados-nación tradicionales. Pero me temo que terminará o tendrá el mismo fin que el Imperio austrohúngaro.
3 de febrero de 2020.