

EL IMPERIO CHINO
CON LAS RELIGIONES HACIA EL IMPERIO
Ricardo Veisaga
A finales de 2017 cuando el Cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong, recibió el anuncio de que había sido elegido para recibir el premio otorgado por la Stephanus Foundation y del International Service for Human Rights. Un premio en reconocimiento a los derechos humanos, que en años anteriores fue conferido a Louis Sako, el patriarca caldeo de Bagdad; a sor Hatune Dogan, de la Iglesia ortodoxa siria; a Brother Andrew, conocido como «el contrabandista de Dios», porque difundía la Biblia en los países detrás de la cortina de hierro.
En esos momentos se estaba debatiendo acerca de un «inminente» acuerdo entre la China y el Vaticano, que el purpurado había criticado por ser lesivo para la libertad religiosa de la Iglesia en China. El Cardenal Zen, en ese entonces guardaba esperanzas que el acuerdo no prosperara. Antes de viajar a Alemania a recibir el premio, premio que lo destinó al sostén de los cristianos que son perseguidos en China, manifestó:
«Si hubiese habido un acuerdo, no podía oponerme al Papa. Pero por ahora, no hay acuerdo, y puedo decir lo que pienso, y espero que cada vez haya más gente que preste atención a esto».
También dijo que los anteriores premiados habían sufrido la persecución, pero, en cambio, «¿Yo? Yo no he sufrido nada». Zen recordó un diálogo con el Papa, en el cual el pontífice recordaba que «el color rojo de la púrpura cardenalicia significa que se debe estar dispuestos al martirio. Yo le dije que es una pena que yo no tenga ninguna posibilidad de convertirme en mártir. Mi color rojo es por la sangre de los demás, que sí son perseguidos».
A un cronista de Apple Daily que lo entrevistara en Hong Kong, él dijo: «Espero que haya muchas personas en el mundo que presten atención a los derechos humanos y a la libertad religiosa, algo que, lamentablemente, está ausente en China». Según informaron el Vaticano y Beijin, el acuerdo prácticamente está terminado, un acuerdo que implicaría retomar los vínculos diplomáticos después de casi 70 años.
Sin embargo, el Cardenal Joseph Zen, de 86 años de edad, levantó su voz en protesta ante el acuerdo en general y en lo puntual sobre quién puede nombrar obispos en un país que se proclamó oficialmente ateo. El Cardenal Zen, en una entrevista con el periodista Kris Cheng, que se publicó el 13 de mayo de 2018 en Hong Kong Free Press, lo denominó un «pacto con el diablo» y una «traición total». «Conozco China y a la iglesia en China».
«Trabajé siete años, pasé seis meses al año desde 1989 hasta 1996, en la enseñanza de seminarios [en las iglesias reconocidas por el Estado]». «Conocí muchas personas, gente del Gobierno y de la iglesia, por lo que entiendo realmente la situación. Veo cómo acosan a la iglesia y cómo humillan a los obispos. Pienso que nadie más ha tenido tal experiencia», dijo Zen, desde su hogar en la Casa Salesiana de Estudios ubicada en Hong Kong. El Cardenal Zen nació en un hogar católico en Shanghái.
Los periódicos de Europa se han referido al acuerdo como «Concordato», otros lo calificaron como «Diplomacia del arte, Ostpolitik». Un concordato es un acuerdo entre la Santa Sede (como representante de la Iglesia católica) y un Estado para regular las relaciones entre ellos en materias de mutuo interés. Este tipo de acuerdo posee la categoría jurídica de Tratado Internacional.
Los únicos Estados que no tienen relaciones diplomáticas con el Vaticano son Birmania, Afganistán, Corea del Norte, China, Laos, Malasia, Arabia Saudita, Somalia, Mauritania y Omán. Normalmente el Vaticano tiene concordatos con países católicos, para la relación con otros países no católicos se emplea el derecho internacional común.
Uno de estos periódicos dice que este concordato es para acabar con un cisma político. Grave error, un cisma se produce dentro de las religiones y no en la política, en el caso de China se trata de un problema político que trajo como resultado un cisma. Hay concordatos que se realizaron no para solucionar un cisma, sino para asegurar la existencia concreta de la Iglesia como un Estado.
El Pacto de Letrán o Pactos lateranenses firmados el 11 de febrero de 1929 por el cardenal Pietro Gasparri, en nombre del papa Pío XI, y por el primer ministro de Italia, Benito Mussolini, en nombre del rey Víctor Manuel. Sirvió para asegurar la independencia política de la Santa Sede del Reino de Italia como Estado soberano, y el restablecimiento de las relaciones entre ambos estados desde 1870.
La «Ostpolitik» (en alemán, Política del este) fue el proceso político emprendido por Willy Brandt, ministro de Relaciones exteriores y cuarto Canciller de la República Federal de Alemania de 1969 a 1974, para normalizar las relaciones con las naciones de la Europa del Este, y la Alemania Oriental (comunista).
La rigidez de la Doctrina Hallstein en medio de la Guerra Fría, provocaba tensiones que, según Brandt, hacía necesario tener algún grado de aceptación de la República Democrática Alemana (RDA), ya que obligaba a la República Federal Alemana (RFA) a romper relaciones con los países que aceptaban a la RDA. En 1965 la RFA estableció relaciones diplomáticas con Israel y muchos países árabes en represalia pactaron con la RDA.
De acuerdo a la Ostpolitik, la RFA abandonó la Doctrina Hallstein y normalizó relaciones diplomáticas con los países del Pacto de Varsovia, y el reconocimiento de la línea Oder-Neisse como frontera entre Polonia y la Alemania del Este, con lo cual el gobierno de la Alemania Occidental aceptaba de facto y de iure las pérdidas territoriales sufridas por Alemania tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial, renunciando a toda reclamación futura. Y se fomentaron las relaciones comerciales con la Europa del Este y la Unión Soviética.
Pero también existió una Ostpolitik vaticana, la del Cardenal Agostino Casaroli, el Cardenal rojo, que se alineó sustancialmente con la Ostpolitik de Willy Brandt. Inicialmente Casaroli fue un simple funcionario de la diplomacia vaticana y luego la cara visible que guió a la Santa Sede al diálogo con los regímenes comunistas ateos de Europa del Este. Proceso llevado a cabo en la etapa post-conciliar, hasta la Perestroika de Gorbachov.
La apertura vaticana hacia la Unión Soviética fue defendida por Pablo VI. La mayoría de los católicos se escandalizaron, la mano ingenua tendida por el Vaticano no detuvo las persecuciones, al contrario, aumentaron. Sin embargo, los creyentes siguieron existiendo, a pesar de las vejaciones y propósitos de exterminar la fe. Esto provocó el surgimiento de una forma de resistencia cultural y ecuménica, en toda Europa del Este y en la misma Unión Soviética, practicada por católicos, protestantes y ortodoxos, identificada en la clandestinidad como «Samizdat».
La resistencia en los países más cercanos a Occidente, por su historia y mentalidad, como fue el caso de Polonia y Hungría, fue donde se lo reprimió con violencia valiéndose de tanques, mientras que en el corazón del imperio de la URSS los católicos se unieron en torno al catolicismo latino lituano, que resistía con un espíritu análogo al de sus vecinos polacos, y al catolicismo de rito griego de la Ucrania occidental, organizada en la absoluta clandestinidad.
Rito que había sido oficialmente suprimido por Stalin en el pseudo-Sínodo de Leópolis (Lviv), actual Ucrania, en el año 1946, con la complicidad de la misma Iglesia ortodoxa, tras el arresto de su líder, el metropolita Josif Slipyj. La apertura vaticana hacia China parece recorrer las etapas de la antigua Ostpolitik de Agostino Casaroli. Al igual que entonces, los pasos dados por la Santa Sede han provocado críticas y acusaciones de entrega y olvido de la Iglesia perseguida.
La «política exterior» de la Santa Sede, nos hace recordar a la Ostpolitik vaticana, que, en el siglo pasado, llevó a la Iglesia a contraer compromisos con los regímenes más adversos, desde el nazismo hitleriano a la Unión Soviética de Stalin y Kruschev. Recordar la reciente colaboración católica de Francisco con la Rusia de Vladimir Putin y del patriarca Kirill, con el cual el Papa se encontró en el aeropuerto de La Habana el 12 de febrero de 2016.
El Vaticano, desde el papado de Juan XXIII y pasando por el Concilio Vaticano II, decidieron renunciar a cambio de poco, creyendo que estaban asegurando su futuro. Hoy, acepta la renuncia en busca de un futuro imprevisible, y sin asignar a la Iglesia un rol preestablecido. Lo mismo que cuando desde la Santa Sede se decidió que los intransigentes cardenales Mindzenty y Slipyj quedaran confinados en la embajada de Estados Unidos o el convento ucraniano en Roma, miraron para otro lado, igual cuando se perseguían a los cristianos para favorecer la firma del Tratado de Helsinki.
El Vaticano estableció relaciones diplomáticas con China en 1942, cuando estaba gobernada por el nacionalista Chiang Kai-Shek, quien al perder la guerra civil se retiró a la isla de Taiwán. El Partido Comunista Chino (PCCh) echó de Beijín al Nuncio apostólico en 1951 y siete años después, sin el consentimiento de la Santa Sede, ordenó obispo a Bernardino Dong Guangqing (1917-2007), provocando de facto una ruptura que erróneamente se califica de «cismática», ya que no fue una ruptura entre religiosos sino una imposición política. En los años 80, el entonces arzobispo Dong, logró la plena comunión con Roma.
Cuando China rompió relaciones con el Vaticano en 1951, poco después de que las fuerzas comunistas proclamaron victoria en la guerra civil de China. Entonces expulsaron al Nuncio Antonio Riberti, declarándolo «persona non grata». El Vaticano calificó esta acción de hostil y tres años después el Nuncio trasladó la sede de la nunciatura a la isla de Formosa (Taiwán), lugar a donde huyeron las fuerzas de Kuomintang tras su derrota.
El primer intento de China y el Vaticano de enviar diplomáticos recíprocamente, fue anterior a que Mao impusiera el comunismo en China, fue bajo el pontificado de León XIII, y abortado por la amenaza de Francia de romper relaciones con la Santa Sede. Durante la Guerra Franco-China no hubo un ganador entre ambos (1883-1885) guerra que estalló en Vietnam, ambos países finalmente lograron un acuerdo en 1885. China reconoció a Vietnam como un protectorado francés.
El Vaticano temía una represalia de parte de China a los misioneros extranjeros que estaban en territorio chino, ya que Francia ejercía el protectorado de las misiones en China. El acuerdo franco-chino estipulaba que las propiedades que se devolverían a la Iglesia católica deberían entregarse primero a los funcionarios franceses destinados en Beijin y luego transferirse a los católicos chinos.
Al finalizar la Guerra Franco-China, el Papa León XIII le envió una carta al emperador chino Guangxu el 1 de febrero de 1885. En ella le expresaba su agradecimiento por proteger a los misioneros, el Papa también explicaba que: «La fe cristiana no pertenece a una determinada nación; es para toda la humanidad y no conoce fronteras de nacionalidad o raza. Une a todas las personas a través del amor».
La carta tenía el objetivo de diferenciar el propósito religioso de los misioneros del poder político de Francia, para evitar posibles desventuras para los misioneros en China tras la guerra. Esa carta hizo que China considerara la posibilidad de enviar un diplomático a la Santa Sede y de recibir un Nuncio del Papa. John Dun fue recibido por el Papa León XIII el 4 de febrero de 1886 como un emisario del gobierno chino.
El Papa necesitaba el intercambio diplomático, y estaba considerando enviar un diplomático a China. Pero tan pronto como Francia supo del plan, protestó y dio a la Santa Sede un ultimátum por el que, si la Santa Sede enviaba un Nuncio apostólico a China, Francia llamaría a consultas a su embajador ante la Santa Sede y anularía todos los acuerdos con ella.
Entre ellos, dejarían de entregar a los sacerdotes franceses la ayuda de 500.000 francos. Un pago del gobierno francés que procede de los tiempos de la Revolución Francesa (1789-1799), cuando las abadías y los monasterios se cerraron y el gobierno confiscó las propiedades de la Iglesia. Los obispos y sacerdotes franceses solicitaron al Papa que detuviera su plan de enviar un Nuncio a China.
Cuatro años después, el 21 de junio de 1870, sucedió la matanza de Tientsin, los misioneros extranjeros y católicos chinos fueron asesinados por la muchedumbre ante el silencio del gobierno chino. El pago de 450.000 taeles de plata por parte del gobierno como indemnización, no fue suficiente para reconstruir las iglesias e instituciones destruidas y compensar a las familias de las víctimas.
La Iglesia Católica de Wanghailou en Tianjin (Tientsin) permaneció en ruinas durante 27 años, hasta que la iglesia católica local reunió el dinero en 1897. Pero nuevamente fue incendiada en 1900, durante la Rebelión de los Boxer. El 13 de febrero de 1897, poco después de la masacre de Tianjin, el gobierno chino elaboró y difundió un Reglamento sobre el trabajo de los misioneros.
El Reglamento constaba de ocho artículos, en la que se ordenaba que los orfanatos construidos por la Iglesia debieran ser cerrados. Impedir a las mujeres chinas entrar en las iglesias y a las religiosas católicas extranjeras se les prohibía realizar actividades misioneras en China. Cualquier persona que se convierta oficialmente a la iglesia católica, solo podían ser admitidos si no tenían antecedentes penales, y los nuevos conversos debían registrarse ante el gobierno. Los misioneros no podían reclamar iglesias ni acudir a una agencia para comprar una propiedad para construir iglesias.
En el ámbito protestante, el misionero británico Griffith John, lamentó que «tales requisitos fueran redactados para sacudir las bases de las sociedades misioneras en China y obligarlas a cerrar todas las iglesias y escuelas en el país». Debido a las enérgicas protestas de los diplomáticos y de los misioneros, la legislación no se aplicó finalmente. Pero también está el caso de «Manchukuo», región ocupada por los japoneses en los años 30. Según dijeron los chinos, el Vaticano había reconocido el estado fantoche creado por Japón y esgrimieron fotos del supuesto representante papal, en los recibimientos oficiales.
En 1934, la Congregación de Propaganda Fidei, le envió al vicario apostólico de Kirin, Auguste E. Pirre Gaspais, el nombramiento ad tempus de «representante de la Santa Sede y de las misiones católicas de Manchukuo ante el gobierno de Manchukuo». Este estado sólo había sido reconocido por la Italia de Mussolini y la Alemania nazi. Sin embargo, dice Lemaire que: «El Vaticano no reconoció nunca la legitimidad del gobierno de Manchukuo, ni la legitimidad del poder japonés, ni la del poder imperial de Puyi y de sus ministros manchúes». Japón había puesto en Manchuria, como jefe de Estado a Puyi, el emperador derrocado (figura a la que dio fama la película de Bertolucci «El último emperador»).
El acuerdo con Vietnam (otro acuerdo que negoció Parolin, el nuevo Casaroli) no es igual al acordado con China, si bien es cierto que el gobierno interviene en la nominación de obispos. No obstante, como afirma el Cardenal Zen, Vietnam posee una fuerte base de seguidores católicos, por lo que el gobierno vietnamita no puede interferir en la iglesia.
Tampoco es igual al acordado con el franquismo en España. Francisco Franco era ultracatólico, más católico que los papas que gobernaron contemporáneamente y cuando intervenía en el caso de los obispos y otras medidas, lo hacía para preservar un catolicismo auténtico y no uno medio marxista. El Concilio Vaticano II (1962-1965) pidió a los Estados que renunciasen a sus privilegios sobre el nombramiento de obispos. En 1976, el Rey Juan Carlos renunció a los privilegios autorizados a Franco por Pío XII en 1941, y oficializados en el Concordato de 1953.
La Santa Sede, es el órgano que rige a la Iglesia católica y nombra a los obispos en todo el mundo. En China las religiones sólo operan bajo la supervisión del Estado. China impone obispos favorables al régimen comunista, la «Asociación Patriótica de Católicos Chinos» rechaza la autoridad del Vaticano. Roma tuvo que reconocer a obispos oficialistas cuando pedían «reconciliarse» y aceptaban la primacía del Papa, ya que estaban ex comulgados.
La mayoría de los obispos (54) son reconocidos tanto por Beijín como por Roma. Hay 17 obispos «clandestinos» que sólo son reconocidos por Roma, y 7 «ilegítimos» que sólo son reconocidos por China. Beijín pidió como condición para aceptar el acuerdo que los obispos clandestinos de Mindong y Shantou (dos diócesis donde la iglesia clandestina es más grande y potente que la oficialista) que abandonen sus diócesis y otorguen su lugar a los obispos «ex-ilegítimos reconciliados».
De momento, hay un obispo leal a Roma que no acepta dejar el cargo a otro obispo, que hasta la fecha estaba sancionado, por haber pertenecido a la Iglesia Patriótica. Monseñor Zhuan, de 88 años, considera que (pese a haber alcanzado la edad en la que los obispos presentan su dimisión) no puede dejar la diócesis en manos de quien no ha sido fiel a la Iglesia romana.
El más reputado vaticanista Sandro Magister, publicó una lista extensa sobre la situación de cada obispo. Hay una treintena de obispos de la Iglesia «clandestina» que fueron nombrados por Roma, pero no reconocidos por las autoridades chinas. Ahora, a esto hay que sumar, unos treinta obispados que están vacantes. Entre los obispos que China solicitó que se reconocieran son los obispos Joseph Liu Xinhong de Anhui y Paul Lei Shiyin de Sichuan, estos tuvieron hijos con sus novias. Una infracción a la ley del celibato, que indica que únicamente los hombres solteros sin hijos pueden ser sacerdotes.
Zen calificó de «ridículas» las declaraciones de los funcionarios del Vaticano que dicen no existe evidencia concreta de ese hecho. Zen recordó otro caso de un sacerdote chino que desobedeció la ley de celibato, pero el Vaticano quería que este sacerdote (a quien Joseph Zen no nombró) fuera reconocido. Indicó que el Vaticano realizó una investigación, pero que el investigador simplemente informó la negativa del cura. «Solo quieren engañarse a sí mismos», comentó.
Joseph Zen reveló en enero que había viajado a Roma para expresar al Papa su malestar por el acuerdo alcanzado con Beijín. Joseph Zen afirmó que los católicos de China tenían derecho a «saber la verdad»: que el Vaticano había pedido a dos obispos consagrados por Roma que dieran un paso atrás para que «dos excomulgados» ocuparan sus puestos.
El desarrollo de la China post-maoísta y la libertad religiosa reconocida en la Constitución de 1982, dieron lugar a una enorme expansión de la religiosidad, con centenares de millones de chinos que han abrazado el budismo, el taoísmo, el islamismo y el cristianismo. Frente a esto el Vaticano no quiere más ordenaciones episcopales ilícitas para China y para facilitar las negociaciones, desde 2006, la Santa Sede dejó de consagrar obispos clandestinos.
Los distintos credos cristianos se han extendido por todos los rincones del país. Un país donde no se cree en el Dios del monoteísmo judío, cristiano o islámico. El protestantismo cuenta con unos 80 millones de fieles, sobre una población de 1.380 millones. Con la llegada al poder de Xi Jinping y las nuevas normas sobre religiones, una iniciativa del régimen del presidente para controlar a las comunidades religiosas, principalmente católicas y musulmanas.
Normas que han provocado un recrudecimiento de las presiones. Hasta ahora no se sabe nada de dos obispos detenidos y desaparecidos en manos del Estado, ¿dónde están los obispos Santiago Su Zhimin, de Baoding, desaparecido en 1996, y Cosme Shi Enxiang, de Yixian, desaparecido en 2001?
Para el Partido comunista chino (PCCh), obsesionado con la estabilidad social y que ya está enfrentando dificultades con las comunidades budista e islamista de Tíbet y Xinjiang, respectivamente, donde al sentimiento religioso se une una creciente aspiración independentista, encauzar, junto con la Santa Sede, la religiosidad de los 12 millones de católicos actuales, y de otros potenciales creyentes, supone también un espaldarazo tanto en clave interna como externa.
El presidente Xi Jinping, durante la celebración del XIX Congreso del PCCh del año pasado, señaló que no se tolerará que bajo el disfraz religioso se amenace la seguridad nacional o se promocione el separatismo. Todas las religiones deben tener una «orientación china», señaló al destacar la importancia de la defensa del modelo «socialista con características chinas». China es un Estado con dos sistemas, una, económico capitalista, que lo ha sacado de la pobreza, de una situación económica inferior al África.
Pero en el control político interno sigue siendo comunista. Y ahora quiere controlar todas las religiones, China teme que entre los creyentes puedan surgir sectas incontroladas y que tenga que enfrentar suicidios masivos o conflictos, como el creado por Falun Gong, un movimiento de carácter budista ilegalizado en 1999, luego que su líder y fundador, Li Hongzhi, desafiara desde New York, al entonces presidente chino Jiang Zemin.
El pasado año durante la presentación del Libro Blanco sobre las Religiones, el responsable oficial, Chen Zongrong, aseguró que «ninguna fe está por encima del Estado» y que «la Constitución china establece que los grupos religiosos no pueden ser controlados por fuerzas extranjeras». El 1 de febrero de 2018, se introdujeron nuevas regulaciones sobre asuntos religiosos, según las cuales se prohíbe la entrada a menores de edad a lugares donde se rinde culto.
En el marco de la política de «sinización» (o chinización) de las religiones, los santuarios están obligados a exhibir la bandera nacional china, la constitución y eliminar símbolos religiosos en el espacio público. La decisión adoptada el 11 de marzo, por la Asamblea Popular Nacional de eliminar la cláusula constitucional que limitaba la jefatura del Estado a dos mandatos de cinco años, no ayudará a levantarlos.
Y en este sentido el Cardenal Zen, indicó que las enmiendas recientes a la Constitución pueden haber influenciado también la manera en que el Vaticano consideraba el asunto. Occidente o mejor dicho Estados Unidos, cuestionará cualquier movimiento del Papa Francisco que facilite el reconocimiento del Gobierno de Beijín en un momento que apunta hacia el endurecimiento del régimen en torno al PCCh y a la permanencia en el poder de Xi Jinping, sine die.
El secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, acusó a Beijín de «cerrar iglesias, quemar biblias y obligar a los fieles a firmar papeles para renunciar a su fe». Muchos seminarios siguen siendo clandestinos y para un chino el hecho de practicar la fe católica es un freno para una aspiración económica o social. El presidente de la Comisión de Justicia y Paz de la Diócesis Católica de Hong Kong, Porson Chan, le pidió al Vaticano «que garantice que el Gobierno chino respetará la libertad de los católicos en China».
Dice Joseph Zen: «Estamos muy decepcionados por la decisión del Vaticano de firmar un acuerdo de este tipo con el Gobierno chino. Le falta transparencia». El cardenal Parolin, insiste en que con el diálogo con China se busca una finalidad espiritual, no política. ¿Y cuál sería esa finalidad espiritual? ¿Acaso espera la conversión de China al catolicismo empezando por Xi Jinping?
Los fieles católicos chinos, hace decenas de años que luchan por su espiritualidad, como para que ahora venga el Vaticano y les diga cómo vivir su fe. ¡Claro que el fin es político! China es un Estado, es un Imperio y lo que busca es aumentar su eutaxia.
El Vaticano es un Estado, un mini Estado territorialmente, pero Estado al fin. Tiene una capa basal, una capa conjuntiva y una capa cortical. Y en esta última lo único que les funciona a medias es la diplomacia, la que los ignorantes la califican como la mejor diplomacia del mundo. Tan buena será que no sabían o no se informaron por larguísimos años que sus pastores abusaban de los menores.
En tanto el poder militar tiene menos poder de fuego que un horno apagado. Y una política sin poder de fuego no sirve para nada, eso lo sabían los que se reunieron en Yalta. ¿Cuántas divisiones tiene el Vaticano?
Que quiere que le diga, pero cada vez que el Vaticano se mete en política los que pagan «el pato» son los fieles, ellos son la carne de cañón. Ese fue el triste destino de los fieles detrás de la cortina de hierro. ¿Y estos, los de ahora? Y estos, los que sufrieron la persecución son hombres de fe, cosa que no abunda en el Vaticano. Pues, si lo fueran, habrían hecho carne aquello de: «Porta inferi non praevalebunt» (las puertas del infierno no prevalecerán).
Confiar en acuerdos políticos es no creer en las promesas divinas. Más de medio siglo de sufrimiento para que un iluminado como Francisco, ahora venga y les diga con actos (que no con palabras) que todo se arregla con política.
Mientras muchos, como el obispo de Shanghái, Tadeo Ma Daqing, que tras criticar en su propia ordenación sacerdotal el control religioso de las autoridades chinas, fue recluido desde 2012 en el seminario de Sheshan. Tras confesar en su blog que se arrepentía de esta protesta, fue readmitido el año pasado en la Asociación Católica Patriótica, pero sólo como «padre», no con el título de obispo que le había concedido el Vaticano.
Peores aún son los casos de otros obispos mártires encarcelados y torturados como José Fan Zhonglian y Cosme Shi Enxiang, que se pasaron catorce años bajo arresto domiciliario hasta su muerte, o Jaime Su, desaparecido desde 2003. Los fieles de la Iglesia «clandestina», todos ellos recuerdan la masiva campaña contra las iglesias, sobre todo protestantes, en la industrializada provincia costera de Zhejiang, que obligó a retirar unas 1.800 cruces y a demoler docenas de templos en 2014.
Por luchar contra esta purga religiosa en la región con más cristianos de China, el abogado Zhang Kai fue detenido durante siete meses y obligado a confesar en televisión que actuaba al servicio de fuerzas extranjeras. A finales del año pasado, el gobierno provincial de Jiangxi, al sur del país, obligó a los numerosos católicos de la comarca rural de Yugan a cambiar los cuadros de Cristo que tenían en sus casas por retratos del presidente Xi Jinping, so pena de retirarles las ayudas públicas que recibían.
En enero de este año, el Cardenal Zen viajó a Roma para entregar personalmente al Papa Francisco una carta de Peter Zhuang Jianjian, de 88 años, obispo chino perseguido de Shantou. Zhuang, cura fiel al Vaticano que no es reconocido por China, es uno de dos obispos a quienes el Vaticano solicitó evitar a los curas excomulgados, pero que Beijín acepta. Zen sostuvo discusiones con el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, quién indicó consideraba el acuerdo potencial como un diplomático, y no desde el punto de vista religioso.
«Puedo comprender que el Papa Francisco no esté bien informado sobre la situación real de la iglesia en China, puesto que proviene de América del Sur. No obstante personas como Parolin deben conocer bastante bien la situación, así que no puedo entender cómo es que son tan entusiastas para promover un acuerdo, puede que tengan un objetivo equivocado. Porque desde el punto de vista de la fe católica, ellos no van a conseguir nada. Quizá estén más interesados en alcanzar el éxito diplomático. Eso es muy lamentable, puesto que son colaboradores del Papa, la fe debería ser lo primordial en sus mentes. Es muy atemorizante. Estas personas –deberían entender muchas cosas, ¿por qué hacen esto? No son ingenuos, son malvados». Cardenal Joseph Sen
Realmente siento tristeza por el Cardenal Joseph Zen, un hombre honesto y puro que se creyó el verso de la fe y de la obediencia. Zen es un hombre de fe, y obra y actúa como tal, en cambio los otros son unos pillos que usan la fe, para sus asuntillos políticos. Y ahora Joseph Zen se está quedando cada vez con menos aliados en el Vaticano. Savio Hon, un importante sacerdote de Hong Kong que comparte opiniones similares a las de Zen contra el acuerdo con China, estaba en Roma y tenía acceso directo al Papa, pero en 2017 lo enviaron a Grecia como representante del Vaticano, pese a que nunca trabajó en el servicio diplomático.
Algunos consideraron esto un castigo, yo digo como mis amigos atorrantes del barrio «lo mandaron a ver si llueve en la esquina», se lo sacaron de encima. Y al que no castigan…lo reclutan. El Cardenal Fernando Filoni, un importante clérigo que trabajó muchos años en Hong Kong defendiendo a la iglesia en China, que mostró disgusto con el acuerdo en un principio, gradualmente se cambió al bando de Parolin y dejando a Zen más solo que a Adán (antes de Eva) en el paraíso.
Este paso para reanudar relaciones con China, no fue de tanta euforia para los inquilinos del Vaticano, por el momento clave que se vive en el mundo político. Es decir, cuando los Estados Unidos de Trump han redoblado una guerra comercial contra el Imperio depredador chino. Un Papa cuya diplomacia no es la primera vez que refuerza lazos con países con gobiernos autoritarios, como sucedió con Cuba.
O su preocupación para que Estados Unidos no bombardeara la ciudad de Damasco, mostrándose diligente con el sátrapa de Siria, pero no abrió la boca por la persecución de cristianos. Y otro tanto, metiendo las narices en Colombia para apoyar el fiasco de Santos, un plan para ayudar a las FARC, los discípulos de su amigo Castro. La prudencia política papal de Francisco, propia de un peronista de izquierdas, es tan falible como su propia diplomacia.
En la vida política, «una diplomacia sin cañoneras no es diplomacia». Francisco se negó a denunciar a Maduro cuando este perseguía y mataba a la gente movilizada en las calles, e intentó mediar cuando se vio apremiado por las críticas, sin ningún éxito. No puede o no quiere, que es peor, arreglar o limpiar su «patio interno» y pretende arreglar los ajenos. Así fueron los papelonazos con el conflicto árabe-israelí, que pretendía solucionarlo por medio de una oración conjunta con los dirigentes en conflicto.
O la guerra en la República Centroafricana, donde el año pasado logró un cese al fuego que se reveló papel mojado. El Vaticano es el único Estado en Europa que aún mantiene relaciones con Taiwán, donde hay unos 300.000 católicos, incluido el vicepresidente Chen Chien-jen. La Iglesia mantiene un papel muy importante y está muy bien asentada y regenta cinco universidades, colegios, escuelas y orfanatos.
Tanto los taiwaneses, como los católicos, observan con estupor los movimientos de la curia vaticana, y verían la ruptura de relaciones con la llamada isla rebelde como una traición, como no se ha privado de decir públicamente el cardenal Zen. Taiwán, cuya soberanía reivindica China, también tiene mucho que perder, no es un simple daño colateral, de hecho, Taiwán, está perdiendo aliados a favor del dinero y los negocios chinos.
Estados Unidos no tiene un embajador, sólo encargados de negocios y usa a Taiwán, como lo hizo Donald Trump, al inicio de su mandato para presionar a China. El Vaticano es uno de los 17 Estados del mundo que reconoce el gobierno taiwanés en detrimento del de China. El acercamiento con la Santa Sede podría conllevar, a mediano o largo plazo, la cuestión taiwanesa algo intolerable para China. Un cambio en este sentido supondría un golpe muy duro para la diplomacia taiwanesa.
El gobierno taiwanés, afirmó la semana pasada que la Santa Sede le había confirmado que el acercamiento con Beijín no alteraría en nada las relaciones con Taiwán. Pero el acuerdo entre Roma y Beijín es un paso, y es difícil no ver en ello el primer paso hacía un cambio de reconocimiento diplomático. Es obvio que para China es importante robarle a Taiwán su aliado más importante.
La antigua isla de Formosa está separada del régimen comunista y es un Estado independiente de facto. El papa Francisco, desde que asumió el pontificado en 2013 multiplicó los gestos hacia China, ha dicho que le gustaría visitar un día ese país. Un deseo que parece difícil de cumplir sin relaciones diplomáticas. Este Francisco ha hecho de su Iglesia «una opción preferencial por los dictadores de izquierda». Y como le dije en estos días a un amigo: «Francisco va a significar para la Iglesia lo que Gorbachov a la URSS».
El Papa es como todos los Papas, en regla general un político, ya que el Vaticano es un Estado. Está reconocido como Estado y toma decisiones políticas de acuerdo a sus intereses, intereses que la mayoría de las veces no coinciden con sus principios. Esto desconcierta al creyente de buena fe, como el Cardenal Joseph Zen o, al católico de a pie, pero eso es innegable.
Dicen aquellos que no leen, que Francisco no es de izquierdas. A continuación, transcribo partes del prólogo que escribió en 1998 (año de su publicación), en un libro de su autoría titulado: «Diálogo entre Juan Pablo II y Fidel Castro» en ocasión de haber acompañado al Papa en su visita a Cuba en 1998. Visita de Bergoglio, que tras investigaciones está puesta en duda. En ella culpa de los problemas de Hispanoamérica al capitalismo, y dice que los problemas de Cuba se deben al bloqueo de Estados Unidos. Es decir, el típico panfleto izquierdista, incluido el peronismo de izquierdas de Bergoglio.
«Según el análisis de la iglesia los motivos por los cuales se instauró el embargo se encuentran completamente superados por la realidad frente al desmantelamiento de la Unión soviética. Cuba se encuentra desarmada. La reivindicación de los derechos del hombre que la iglesia reclama sin cesar, alimentación, salud, educación, entre otros, se inscriben en los alcances del concepto de derechos humanos al que Fidel Castro adhiere y se muestra orgulloso de defender en Cuba. Los centros de poder, persiguiendo solamente el lucro, se abstraen del deber de defender la dignidad humana y en forma discriminada gravan a los países más pobres con pesadas cargas tal es el caso de los sufrimientos padecidos por el pueblo cubano ante los embates de este neoliberalismo. Las familias en Cuba se ven afectadas como en otras partes del mundo por una serie de desafíos atentatorios de la estabilidad de la sociedad. Las banderas levantadas de la libertad y el progreso promueven y defienden una simplificación superficial de la vida en comunidad. Fidel Castro en reiteradas oportunidades ha llegado a declarar que su postura se identifica con Cristo en su lucha por salvar a los desesperados y a los pobres, estableciendo un paralelo entre la doctrina de la Iglesia y el socialismo. Fidel Castro encuentra coincidencias en cuanto a la identidad de principios. La iglesia condena el egoísmo, el socialismo también. La iglesia condena la avaricia, el socialismo también. La doctrina de Karl Marx está muy próxima al sermón de la montaña».
Sí, muy cerca…pero de la «montaña rusa» al igual que ellos. Este panfleto izquierdista no fue escrito por un militante de base, sino por el futuro Papa Francisco. En sus intentos de cambiar la imagen del tirano, se olvida que el embargo no fue producto de la guerra fría, sino la respuesta de Estados Unidos a las confiscaciones de sus propiedades. En ningún momento Francisco critica a Castro por el sistema totalitario impuesto en el país, que conlleva la sistemática violación de los derechos humanos y políticos del pueblo cubano.
Un control y una represión tan propia del comunismo, la única manera de ser implantada en el mundo. En otro lugar del prólogo dice que el régimen cubano es el que más se parece al pensamiento social de la Iglesia Católica, salvo (una minucia) por el hecho de que es ateo. ¿Ateo? Los verdaderos ateos no son ni podrían ser comunistas, no comulgan con la irracionalidad ni con proyectos metafísicos. No ofenda.
1 de octubre de 2018.