

Cuadernos de Eutaxia — 19
LA IZQUIERDA Y LA DERECHA PERONISTA
LA SERPIENTE CON DOS CABEZAS
Juan Domingo Perón—Benito Amilcare Andrea Mussolini
Gustavo Bueno en su libro: El mito de la izquierda. Las izquierdas y la derecha, cuando analiza las principales concepciones de la izquierda y no las corrientes, considera que las ideas o concepciones sobre la izquierda no serán separables de las corrientes de la izquierda, definida o indefinida, de referencia, ni recíprocamente. Pero, aclara, que las ideas sobre la izquierda y las corrientes de izquierda son disociables.
En este sentido, la izquierda y derecha definen determinadas posiciones políticas de los partidos políticos llamados de izquierda y de derecha, como existen en el terreno filosófico la oposición entre la izquierda y la derecha hegeliana. Es en este sentido como vamos analizar la cuestión de la izquierda y la derecha peronista, una cuestión más que necesaria para nosotros, ya que en muchos artículos hemos realizado referencias a la misma, y consideramos necesario hacer esta distinción.
Vamos a dejar asentado que no es la primera vez que se trata esta cuestión, es más, su tratamiento es abundante. Pero eso no significa que sean acertadas sus conclusiones. Por diversos motivos no estamos de acuerdo con esos análisis, porque fallan en lo más importante, y que es el rol del Gobierno de un Estado. La visión que de esos análisis tiene una mirada pueblerina y reducida de la política. No se tiene en cuenta lo que mueve o construye la historia, en que consiste el motor de la historia.
Sin embargo, la dialéctica de imperios está operando de manera permanente en la génesis y en el desarrollo de esos partidos. Durante la Primera Guerra Mundial, que significó el fin de varios imperios, el imperio alemán utiliza a Lenin con el fin de debilitar al imperio zarista, que era su enemigo entonces, y permite y asegura el retorno de Lenin desde Suiza a Petrogrado en el famoso tren tantas veces mencionado, y que va a concluir en la firma de paz del Tratado de Brest-Litovsk.
No nos vamos a extender en esto ya que fue tratada en diversos artículos en la Serie Roja de la Revista Eutaxia. Esta dialéctica entre imperios va a dar lugar al fin del imperio zarista y el inició del imperio soviético, la patria del socialismo real. Este marxismo leninista que postulaba la lucha de clases, la imposición de la dictadura del proletariado y la eliminación del Estado, para llegar al socialismo final, afirma una determinada filosofía política (que Gustavo Bueno definió como quinta generación de izquierdas), lo que obligará a otros movimientos políticos a definirse en el terreno de las corrientes de izquierda frente al capitalismo.
Un capitalismo, dicho sea de paso, que no está adjudicado al entonces naciente imperio estadounidense, con izquierdas me estoy refiriendo al nazismo alemán y al fascismo italiano. Este periodo, historiográficamente, lo vamos a ubicar entre las dos guerras mundiales y la posterior Guerra Fría. Dentro de este contexto histórico-político vamos a situar al surgimiento del popularmente llamado peronismo.
No queremos decir que Juan Domingo Perón o el peronismo haya sido el actor principal en esta dialéctica, eso sería absurdo, apenas cosecha un papel de actor de reparto o de un extra con poca importancia, entre los muchos extras que existieron como consecuencia de esa dialéctica entre imperios. Más allá de la dialéctica entre imperios realmente existentes, existe otra serie de dialécticas entre países de segundo y tercer orden, cuyas acciones pueden ser regionales o muy limitados pero que no tienen consecuencias mundiales, como la que da lugar la lucha entre imperios universales, o al menos, con esa pretensión.
Para ir directamente al grano, debemos ver el contexto donde se mueve o tiene lugar la acción del sujeto operatorio, en este caso Juan Perón. Para ello hay que tener en cuenta como era la Argentina antes del derrocamiento del gobierno de Ramón Castillo, y entender cuál era la formación de Juan Domingo Perón y sobre lo que estaba sucediendo en Europa contemporáneamente.
Juan D. Perón, egresó del Colegio Militar en 1913, donde no había sido un estudiante destacado. Juan Domingo Perón revistó en la infantería y entre sus destinos figuran Paraná, Santa Fe, Chaco, Jujuy, Neuquén, Mendoza y Comodoro Rivadavia. Fue instructor en la Escuela de Suboficiales, sus jefes dijeron: «Nervio, actividad, eterno buen humor, parece un niño y sin embargo su pasta es la del verdadero soldado, despierta en el más apático el deseo de trabajar. Vive para la compañía, es un atleta campeón de espada, absolutamente sincero y leal».
En esos tiempos Perón se mostraba enemigo de los británicos, aunque luego como presidente, su política internacional estuvo vinculado a los británicos, solo hay que ver los convenios Eddy-Miranda, con el imperio británico ya en decadencia, aunque Perón creía erróneamente lo contrario. En cartas dirigidas a sus padres en 1918, Juan Perón, diría: «Fui contrario siempre a lo que fuera británico, y después de Brasil, a nadie ni a nada tengo tanta repulsión».
Tiempo después también manifestaría su oposición al presidente argentino Hipólito Yrigoyen, Perón sostenía: «todo el daño que este infame causó en desmedro de la disciplina de nuestro tan querido Ejército, que siempre fue modelo de abnegación y de trabajo honrado». Sin embargo, esta opinión reflejaba el sentimiento generalizado entre los militares, pues, habían reincorporado en las filas a oficiales dados de baja por participar en las intentonas revolucionarias, y por el uso de las fuerzas armadas en tareas de represión y en las intervenciones a las provincias.
Juan Perón entonces decía de Yrigoyen, que no tenía «la talla moral de un Mitre o de un Sarmiento», cuando el bien disciplinado Ejército era «la admiración de Sudamérica». Perón, también fue muy crítico con la inmigración al advertir que «la honradez criolla» desaparecía: […] contaminada por el torbellino de gringos muertos de hambre que diariamente vomitan los transatlánticos en nuestro puerto; después, uno oye hablar a un gringo y ellos nos han civilizado; oye hablar a un gallego, ellos nos han civilizado; oye hablar a un inglés y ellos nos han hecho los ferrocarriles; […] no se acuerdan de que cuando vinieron eran barrenderos, sirvientes y peones.
Como oficial de Estado Mayor y profesor de historia militar en la Escuela Superior de Guerra, Perón escribió artículos sobre historia y teorías bélicas, y su libro: «Apuntes de historia militar», recibió la influencia en su formación académica de Juan Lucio Cernadas, quien lo introdujo en la lectura de Carl von Clausewitz, Colmar von der Goltz y Ferdinand Foch y en la concepción amplia de la doctrina de guerra que incluye «la nación en armas».
Durante la presidencia de Agustín Pedro Justo (uno de sus hijos fue el teórico político trotskista Liborio Justo), Juan Domingo Perón se desempeñó como ayudante del ministro de Guerra, general Manuel Rodríguez. Fue agregado militar en Chile en 1936. Fue enviado a Italia en 1939 en misión de estudio. Regresó dos años después y fue destinado a Mendoza. Ascendido a coronel llegó a Buenos Aires en diciembre de 1942, a la inspección de Tropas de Montaña.
Según el propio relato de Juan Perón, dijo que se había incorporado a la conspiración del general José Félix Uriburu en 1930. Era entonces ayudante del coronel Francisco Fasola Castaño, un militar de ideas nacionalistas. Participó de reuniones secretas, a las que concurrían, entre otros oficiales, Juan bautista Molina, Álvaro Alsogaray, Pedro Pablo Ramírez, Urbano de la Vega, José Humberto Sosa Molina, Miguel Mascaró y Franklin Lucero.
En esas reuniones no se ocultaba el cansancio que tenían los oficiales con Yrigoyen, sobre la prensa nacionalista, de las conversaciones entre Uriburu y el poeta Leopoldo Lugones y de otros temas. Juan Perón comentaría que todo esto le parecía demasiado improvisado, pero el capitán Juan Perón siguió adelante. Sin embargo, el nuevo Estado Mayor del gobierno de Uriburu le asignó la Escuela de Suboficiales.
Juan Perón estaba consciente del fracaso de su misión, y creyó que estaba desligado de su compromiso y se fue expulsado del grupo revolucionario. Tuvo un acercamiento entonces con el teniente coronel Bartolomé Descalzo y al coronel José María Sarobe, estos oficiales eran parte del sector liberal de la conspiración que estaba conducida por el general Justo, los socialistas independientes y el diario Crítica. El fin que perseguía este grupo era derrocar a Yrigoyen con el objetivo de convocar a elecciones y retornar al sistema constitucional cuanto antes.
El coronel Bartolomé Descalzo redactó un programa de acción, y el capitán Perón lo imprimió en mimeógrafo. En un relato sobre los sucesos del 6 de septiembre, escrito a pedido de José María Sarobe, en enero de 1931, dice Perón:
Solo un milagro pudo salvar la revolución. Ese milagro lo realizó el pueblo de Buenos Aires, que en forma de una avalancha humana se desbordó en las calles al grito de “viva la revolución”, que tomó la Casa de Gobierno, que decidió a las tropas en favor del movimiento y cooperó en todas formas a decidir una victoria que de otro modo hubiera sido imposible.
La palabra «pueblo» utilizado en el texto se refiere a los grupos juveniles de clase media y alta, movilizados por los partidos de la oposición y por los sectores nacionalistas. Ocho años después, Juan Perón explicó que era muy joven y que se había equivocado al sumarse al golpe militar. No obstante, siguió la misma línea del grupo de oficiales justistas que en un principio fue relegado por Uriburu. Perón fue destinado a La Quiaca (Jujuy), lo que consideró un castigo.
En 1931, el coronel José María Sarobe fue enviado como agregado militar a la embajada argentina de Japón, fue una manera de sacárselos de encima. Juan Perón le escribía cartas informándole de lo que sucedía en el país. En abril de 1931 le comentó a Sarobe sobre la actividad de la «Legión Cívica Argentina», que era «una especie de milicia ciudadana que cooperaría en caso de alteración del orden», apoyada desde la Escuela Superior de Guerra.
También se lamentaba sobre la situación en el cuadro de oficiales:
Será necesario que los hombres que vengan a gobernar vuelvan las cosas a su lugar. Esto no tiene otro arreglo que duplicar las tareas. El año 1932, por lo menos, debe ser para los oficiales, en general, un año de extraordinario trabajo de todo orden, solo así podrá evitarse el mal que produce en el Ejército la ociosidad, la murmuración y la política. Será necesario que cada militar esté ocupado en asuntos de su profesión, de diana a retreta. De lo contrario, esto irá de mal en peor.
Juan Domingo Perón no se privó de descalificar el frustrado levantamiento radical de Gregorio Pomar en Corrientes. Con respecto a las elecciones presidenciales de noviembre de 1931 en las que la fórmula radical fue vetada, y compitieron Justo-Roca contra Repetto-De la Torre, se burló de Lisandro de la Torre y concluyó: «En general, la gente que piensa entiende que la única solución es el general Justo, y creo que será Presidente». El militar Perón se metió de lleno como propagandista en la campaña electoral del «justismo» y justificó su trabajo político en la siguiente correspondencia:
Muchos oficiales que no entendemos nada de política estamos en plena tarea de movilización de familiares y amigos. Pensamos que hoy no es una falta intervenir en favor del candidato de nuestra predilección y lo hacemos con la conveniente y necesaria discreción. yo tengo a todos los varones de la familia y amigos civiles ocupados en la propaganda política activa y siento que las mujeres no voten porque, en ese caso, de la familia nomás me llevaba más de veinte votantes […] Varios amigos curas que tengo, a quienes he encargado que hagan propaganda, me han dado un alegrón porque me hicieron una reflexión muy acertada: los curas votan y propician al candidato más probable que permita asegurarles la estabilidad.
Durante la presidencia de Justo, el entonces mayor Juan Domingo Perón fue ayudante de campo del ministro de Guerra, Manuel A. Rodríguez, y de su sucesor, Eleazar Videla. De allí salió para ser destinado tanto en Chile y en Italia. Bartolomé Galíndez relata que a mediados de 1955 conversó largamente con el militar Bartolomé Descalzo, que había sido amigo de Perón y que después se había distanciado, como tantos otros. A la pregunta de si encontró a lo largo del tiempo un signo que revelara al hombre de la revolución de junio de 1943, recibió esta respuesta:
«Perón fue siempre un muchacho pobre y ahorrativo a la vez: tenía en su cuenta corriente una pequeña suma de dinero. Sus hábitos eran normales y sus procederes correctos. Se cuidaba en las comidas pues durante una época padeció del hígado. Desempeñaba sus funciones con dedicación como todo buen oficial. Esto, hasta que fue designado agregado militar en Chile. Ahí se despertó su primera ambición. Se trasladó a Italia y el fascismo sazonó sus nuevas ideas».
Juan Perón, arribó a Génova (Italia) en abril de 1939, a bordo del transatlántico Conte Grande, meses antes de que estallara la guerra. Destinado al Comando de la División Andina Tridentina (Merano, Bolzano), a la división de infantería de montaña de Pinerolo en el Piamonte y a la Escuela de Alpinismo de Aosta en los Alpes, también fue asignado brevemente a la embajada en Roma. De acuerdo a las cartas de Perón que se conocen, Juan Domingo Perón le escribe a su cuñada, la profesora María Tizón Erostarbe, y contienen interesantes observaciones.
De la escala en los puertos brasileños dice Perón: «La impresión que tengo de Brasil, salvo de Río de Janeiro que es una ciudad moderna, es que están un siglo atrás de nosotros, como los chilenos. Aquí los negros y allá los rotos y los indios. República Argentina hay solo una, y Buenos Aires, hasta ahora, inigualable».
Perón había quedado impresionado con Roma:
«Italia en lo que he visto es una maravilla. Gente buena, mucho orden, trenes lujosos y muy buen servicio. Hoteles baratos, comida cara. Roma grandiosa: he visto ya hoy mucho y mañana seguiré viendo. Hay para rato. No es ciudad para divertirse, es para visitar y recorrer los siglos de historia que uno se ha morfado en el colegio y estudios […] Mucha gente de uniforme, mucha tranquilidad, la agitación de guerra que nosotros sentimos allá es obra de la prensa, propaganda de los miserables yanquis, franceses y compañía. Aquí hay mucho orden, disciplina, patriotismo y se trabaja mucho […] Mañana salgo de turista inglés a las 8:30. Voy a misa cantada en San Pedro y luego turismo».
También realiza comparaciones:
«Lo mejor de Italia: Roma; lo mejor de Roma: lo histórico y el Vaticano; lo mejor del mundo: buenos Aires […] Lo mejor de Buenos Aires: sus habitantes, con todos sus defectos y macanas […] La única desgracia que apreciamos en nuestro pueblo proviene del exceso de bienestar. Creo sin duda que estos países han llegado a un grado de organización, orden y trabajo, difícil de igualar […] Hoy he comprobado que la necesidad es un factor poderoso para hacer virtuosos a los pueblos […] Con todo prefiero pertenecer a un pueblo sin necesidades, especialmente si ese pueblo es nuevo como el nuestro y tiene aún por delante un gran porvenir para forjar. De Europa, al contrario de lo que muchos piensan, no creo que tengamos nada que aprender en el orden material, pero es honrado reconocer que tenemos mucho que imitar en el orden espiritual.
En cartas a su cuñada María Tizón, definió al fascismo como «un gran movimiento espiritual contemporáneo, lógica reacción contra un siglo de materialismo ‘comunizante’». Comentó Juan Perón que había asistido a una concentración de 70.000 muchachas de toda Italia.
«Comienza la obra de la mujer y de la mujer joven […] Este gran hombre que es Mussolini sabe lo que quiere y conoce bien el camino para llegar a ese objetivo. Si las fuerzas desatadas al servicio del mal se oponen a sus designios, luchará hasta morir, y si lo matan, quedará su doctrina, aunque yo siempre he tenido más fe al hombre que a las doctrinas .El panorama social de italia es igual al de los demás países: Un capitalismo sin grandes recursos, pero que mueve lo que tiene para crear valores; un laborismo sufrido y pujante, que en combinación con el capitalismo elabora valores y crea riquezas donde la naturaleza ha negado gran parte de sus dones. La dirección a cargo de otra clase nueva (el fascismo) que gobierna y administra, vale decir dirige el capital, el trabajo y las fuerzas espirituales que no descuida. Lo más difícil es mantener la justa proporción que debe existir, en todos los regímenes, entre la parte de la población que produce (capital y trabajo) y la que dirige (que no produce). Hasta ahora el fascismo mantiene esta justa proporción, pero si las necesidades político-internas lo llevan a aumentar el personal que dirige, caerá en la burocracia, que un país pobre como Italia no podrá resistir. Nuestro régimen burocrático que ya es una rémora, lo aguantamos porque la Argentina es inmensamente rica, pero un país europeo sin colonias para exprimir, como lo hace Inglaterra, Francia, etcétera, no puede cosechar una burocracia sin sucumbir».
Al comenzar la guerra, Juan Perón le escribió a su cuñada desde el apostadero de Merano, en Bolzano, en el norte de Italia, próximo a la frontera austríaca. Esbozó un inteligente análisis de las posibilidades de los bandos enfrentados y de la actitud que la Argentina tendría que asumir: «Tarde o temprano habrá que embanderarse en una de las dos tendencias… Solo se trata de saber elegir».
Sobre la guerra en el Frente oriental, dice: «se desprende que, por mal que siga el asunto, cuando reciban ustedes esta carta, Alemania habrá terminado con los polacos, mediante la ocupación de casi todo su territorio». En el Frente occidental, constituido por Bélgica, Francia y Luxemburgo:
Alemania les meterá fuerzas superiores a los nueve millones de hombres, que Francia e Inglaterra no podrán poner aunque se esfuercen mucho […] Mi pálpito es que, si contra lo que pienso, el conflicto no se generaliza y dejan solos a Alemania, Francia e Inglaterra, las operaciones continentales están terminadas antes de mayo de 1940 con la derrota absoluta de los franceses a ingleses. Quedaría después en pie Inglaterra en el mar y ahí está a mi entender la dificultad de los alemanes, que en este elemento no podrán vencer nunca a Inglaterra.
Perón sostenía que: «los grandes valores materiales están del lado de los aliados, los grandes valores morales están del lado de los alemanes». «La historia dirá después cuál de estos valores tiene la supremacía de la influencia en la guerra». Creo que no vale la pena hablar de los «grandes valores morales del nazismo».
Juan Perón quería quedarse el mayor tiempo posible en Europa, pero se emitió la orden de que todos los oficiales argentinos en misión de estudio en los países en guerra volvieran al país. Juan Perón como militar profesional tenía una foja de servicios aceptable, el 4 de junio de 1943 va a suceder el golpe de Estado que le abriría el ingreso a la vida política.
El 4 de junio de 1943, el entonces presidente, Ramón Castillo, abandonó el poder en medio de un alzamiento militar. Castillo, se aprestaba a imponer a Robustiano Patrón Costas como aspirante propio para las presidenciales de ese año, una candidatura resistida por círculos castrenses y parte de la oposición política y que se frustró por la insurrección liderada por altos mandos militares.
El 4 de junio unos 10.000 hombres de la guarnición militar de Campo de Mayo, en la periferia de Buenos Aires, que primero se enfrentaron con efectivos apostados en la Escuela de Mecánica de la Armada y luego prosiguieron su marcha hacia la Casa Rosada, sede del Ejecutivo argentino, para tomar el poder.
El golpe militar fue liderado por catorce generales, pero una logia nacida entre las segundas líneas del Ejército, denominada Grupo de Oficiales Unidos (GOU), venía conspirando contra Ramón Castillo con el objetivo de mantener la neutralidad de Argentina en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los integrantes de esta logia eran simpatizantes del Eje Roma-Berlín, cuando existía una presión para que el país fuera parte de los Aliados y, por otro lado, para prevenir un avance del comunismo.
El presidente Ramón Castillo había elegido como sucesor a Robustiano Patrón Costas, un empresario y político salteño con fuertes simpatías hacia los Aliados (oficialmente era un candidato presidencial, pero las elecciones de aquellos tiempos eran, en regla, ganadas por el candidato del presidente de turno). Ello desencadenó la intervención el 4 de junio de 1943, de militares que en general eran germanófilos, que después de tres días instalaron al general Pedro P. Ramírez en el palacio presidencial.
Se trataba de oficiales favorables al Eje, que simpatizaban no solo con los esfuerzos bélicos de Alemania e Italia sino también con el modelo social que Hitler y Mussolini habían introducido en esos países, la España de Francisco Franco era otra fuente de inspiración. Entre los miembros del Grupo de Oficiales Unidos (GOU) estaba el coronel Juan Domingo Perón, quien luego sería tres veces presidente de Argentina.
Además de Juan Perón había un grupo secreto de oficiales (coroneles y tenientes coroneles en su mayoría). Esos oficiales eran parte de una tradición de nacionalismo, que sentían desprecio hacia la democracia y su pro germanismo venía desde los tiempos de Prusia, y estaba muy arraigado en el Ejército Argentino, su Academia Militar había sido formada por una delegación militar alemana y aún contaba con profesores alemanes cuando Perón estudió allí, en la primera mitad de la década de 1910.
Con todo, Perón se convertirá en una figura central y ascendente dentro del Gobierno militar, en el que se sucedieron como presidentes los generales Pedro Pablo Ramírez y Edelmiro Farrell. Juan Perón fue parte fundamental en la logia «Grupo de Oficiales Unidos» (GOU) y el mismo Perón nos revela la ideología que había en ella: «…Se ensayó un ataque frontal de grueso calibre contra la masonería y el judaísmo, y contra los frentes populares democráticos. Hay que reconocer que sentíamos una especial admiración, yo particularmente, y como yo dije, por el Duce, pero otros del grupo se inclinaban por el proceso alemán».
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En 1938, Juan D. Perón, fue enviado a Italia a estudiar la guerra en pleno auge del Duce, no fue como agregado militar, Perón admiró a Benito Mussolini. Pero es falso que lo haya conocido personalmente, era muy típico de él inventarse esas cosas, Perón era un mitómano. Al escritor y periodista Tomás Eloy Martínez le insinuó que, de joven en el ejército, tradujo el reglamento de atletismo venido de Alemania. Después, a Pavón Pereyra le dijo que él «chapurreaba algo de alemán, pero ese idioma solo el diablo y los alemanes pueden hablarlo».
Ese viaje sería decisivo para su vida, como él mismo lo dijo, sería otro Perón el que volvería. Otros compañeros, como Enrique P. González «Gonzalito», se encontraba en Alemania, país que también él visitaría. Junto a Juan Perón estaban en misión militar varios camaradas que luego actuarían en su gobierno, como Humberto Sosa Molina y Juan Pistarini (cuyo nombre lleva el aeropuerto internacional de Ezeiza).
Perón les contó a los periodistas españoles cómo conoció al mismísimo Duce:
«No me hubiera perdonado nunca al llegar a viejo, el haber estado en Italia y no haber conocido a un hombre tan grande como Mussolini. Me hizo la impresión de un coloso cuando me recibió en el Palacio Venezia. No puede decirse que fuera yo en aquella época un bisoño y que sintiera timidez ante los grandes hombres. Ya había conocido a muchos. Además, mi italiano era tan perfecto como mi castellano. Entré directamente a su despacho, donde estaba él escribiendo; levantó la vista hacia mí con atención y vino a saludarme. Yo le dije que, conocedor de su gigantesca obra, no me hubiese ido contento a mi país sin haber estrechado su mano».
En el libro: «Yo, Juan Domingo Perón. Relato autobiográfico» insiste en que tuvo «una entrevista personal que me concedió», y sin vergüenza alguna sostiene: «Tuve oportunidad de estar frente a frente y conversar con el Duce. Fue en Milán, y no sabía que podía atenderme tan rápido, ya que había transcurrido poco tiempo desde el pedido de audiencia. Verlo así, por primera vez, me impresionó sobremanera. Él estaba de militar, pulcro y cortés, tenía toda la imagen de un semidiós de la mitología romana. Yo se lo dije y le afirmé que me sentía emocionado y confundido, para no andar aclarando que en realidad también me temblaban las piernas».
Juan Perón afirmó en el libro lo que dijo del Duce: «Él levantó la vista y me miró a la cara, diciéndome que vamos a extender la mitología. Míreme a mí si no, ya soy un mito viviente. Con decir solamente que fui un antiguo agitador socialista, ya va a haber tela para cortar suficiente, para escribir varios libros». Luego su presunto interlocutor le recordó que al cariño del pueblo lo ayudaron con la propaganda en la calle y con su imagen en todos lados; practicando deporte, arengando masas, besando niños, etc. Y agregó: «En fin, la publicidad, uno de los tantos recursos de las democracias liberales, pero tan útil».
Al regresar Juan Perón le dijo a su biógrafo, el obsecuente Enrique Pavón Pereyra, que solo vio al Duce una vez y desde lejos: «Estaba confundido, como testigo mudo, entre aquella multitud clamoreante que victorió al jefe del fascismo, señor Mussolini, cuando éste dispuso su histórica determinación desde los balcones de la Plaza Venezia». Perón, en política, se identificó más con el pragmático Benito Mussolini que con Adolf Hitler.
El mismo Juan D. Perón confesó en la nueva edición de su biografía, reconfirmando lo relatado: «El día que Benito Mussolini en la Plaza Venezia declaró la guerra a las plutocráticas y reaccionarias democracias de occidente, yo estuve entre la muchedumbre y escuché con atención sus palabras».
En octubre de 1943, Perón asumió como jefe del Departamento Nacional de Trabajo, desde donde empezó a tejer alianzas con el sindicalismo, promoviendo políticas sociales y leyes a favor de los trabajadores. Un mes después, se convertiría en secretario de Trabajo. En febrero de 1944 el general Ramírez fue depuesto por los militares germanófilos poco después de haber anunciado que Argentina aceptaría el ultimátum de Estados Unidos. El vicepresidente y ministro de Guerra, general Edelmiro Farrell –superior inmediato de Perón– se hizo cargo de la Presidencia.
En febrero de 1944, Perón, sumaría el cargo de ministro de Guerra y en julio de ese año, el de vicepresidente del país. Fue Perón quien se convirtió en el hombre fuerte del país, con lo que obtuvo cargos tales como vicepresidente, ministro de Guerra, titular de la Secretaría del Trabajo y Bienestar Social y presidente del Consejo de Planeamiento de Posguerra.
La historiadora Lida dijo: «Con mucho olfato político, Perón se da cuenta de que tiene algo más para ofrecer que sus pares. Va acumulando poder y comienza a construirse como un líder de base obrera, un recorrido que no fue fácil porque muchos sindicalistas veían a Perón como un miembro más de un Gobierno fascista». En octubre de 1945, las reacciones de ciertos sectores al avance sindical y la propia interna militar catalizaron la salida de Perón del Gobierno de Farrell. Terminó preso y a los pocos días liberado en medio de las masivas manifestaciones de apoyo popular del 17 de octubre.
El Gobierno militar llamó a elecciones y Juan Perón se convirtió en presidente por el voto popular, asumiendo el cargo el 4 de junio de 1946, exactamente en el tercer aniversario de aquel golpe decisivo. Su adversario López cree que en cierto sentido el golpe de 1943 «quedó subsumido en la propia narrativa del peronismo», situándolo como una «revolución nacional y popular» o «el inicio de una nueva identidad política», cuando en realidad fue un proceso dictatorial con rasgos autoritarios que incluyeron desde la disolución de los partidos políticos hasta purgas masivas de militantes comunistas.
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El admirador del anarquismo, el historiador izquierdista Felipe Pigna, le pregunta al lúcido intelectual Juan José Sebreli:
¿Cuál es su opinión sobre el golpe de estado de 1930?
Pienso que 1930 es una fecha clave, porque ahí empiezan algunas de las corrientes que después van a predominar a lo largo del siglo. Desde ya el militarismo y desde ya el huevo de la serpiente del nacionalismo populista. Por lo menos dos de las tendencias ya se dan ahí. Es curioso ver que el golpe del ’30 -tan menospreciado y satanizado, y con toda la razón- en realidad esté tan vinculado con el otro golpe que por el contrario es exaltado y defendido: el del ’43, del que va a surgir justamente el peronismo. De hecho, el propio Perón formó parte del golpe de 1930 aunque después hizo su autocrítica. En ese sentido sería como anecdótica la intervención de Perón, pero no así la de los ideólogos del ’30, no Lugones porque Lugones muere, pero sí, por ejemplo, Carlos Ibarguren y Ernesto Palacio, que después van a ser los ideólogos nacionalistas del primer peronismo, de la primera etapa del peronismo, entre 1943 y 1945. Son los mismos ideólogos del uriburismo. Y el elemento fascista que se instala con Uriburu después va a seguir con el peronismo. Sin duda el uriburismo fue un movimiento sumamente contradictorio y confuso, porque se lo considera como movimiento fascista y evidentemente había elementos fascistas. Pero por otro lado en el caso de Uriburu, propiamente dicho, era demasiado aristocratizante como para ser lo suficientemente fascista.
¿Qué diferencias encuentra entre el fascismo y el régimen de Uriburu?
El fascismo implica inevitablemente el apoyo de las masas y la movilización de las masas, algo que evidentemente era imposible que pusiera en práctica un militar tan a la vieja usanza como Uriburu. No obstante, lo cual, en el caso de alguno de los integrantes, como Matías Sánchez Sorondo, hubo ciertos intentos de entrar en relaciones con el sindicalismo. Pero todo eso quedó muy en borrador porque el golpe del ’30 fue, como todos sabemos, muy efímero. Rápidamente fracasó.
¿Qué sucedió?
El comienzo del período militarista es 1943, ahí sí hay como una continuidad, porque después del 1930 todavía hay un interregno que podríamos llamar interregno conservador liberal, a la antigua usanza, que tiene características muy distintas que después va a tener la Argentina desde el ’43 en adelante. El período que se extiende desde el gobierno de Agustín P. Justo hasta el Golpe del ’43 sería como el canto del cisne de la oligarquía ilustrada a la manera del siglo XIX. Es el período que nace en 1880 y termina en el ’43, aunque ya empieza a dar evidentemente signos de gran deterioro justamente con el golpe de 1930.
¿Cómo calificaría el gobierno peronista?
Ya entramos entonces en el tema del peronismo y del golpe del 43. Yo diría que hay tres conceptos fundamentales que podríamos llamar los estados de excepción. Consideramos estado de excepción a todo aquel estado que no se ajusta a las normas de lo que más o menos convencionalmente se llama una sociedad democrática, tal como existe en Europa Occidental o en los EEUU. Bueno esos estados de excepción serían tres.
La dictadura militar de tipo tradicional, el régimen bonapartista y el fascismo. La dictadura militar tradicional casi no necesitamos definirla. Es un gobierno de fuerza, desmovilizador de masas, que gobierna mediante la represión lisa y llana. Serían las dictaduras autoritarias del siglo XIX, etc. En el caso de la Argentina entrarían en esta clasificación y hasta con ciertos matices, las dictaduras de Onganía y Videla.
Lo original, lo novedosos que se da con el peronismo, son estos otros dos modelos: el modelo bonapartista y el modelo fascista. El modelo bonapartista surge en el siglo XIX en Europa. El término fue creado por Marx, en su libro famoso El 18 Brumario de Luis Bonaparte. En realidad, los creadores del modelo bonapartismo son, justamente Luis Napoleón Bonaparte, que es el que da el nombre al modelo, en Francia, y, en Alemania, Bismarck. Serían los dos ejemplos típicos de régimen bonapartista. Los marxistas italianos prefieren utilizar el término cesarista, tal vez por razones nacionalistas, porque Julio César sería en cierto modo como un precursor del régimen bonapartista.
¿Cómo definiría este tipo de régimen?
Es un régimen de tipo autoritario dictatorial que, en vez de reprimir a las masas, las integra y asimila en la sociedad, algo absolutamente inédito e insólito en la Europa del siglo XIX. Era una Europa compuesta por monarquías absolutistas, donde no existían democracias. Es un régimen que cambia las relaciones violentas con las masas por las relaciones públicas. El gobierno hace relaciones públicas. Esto viene después del movimiento revolucionario del ’48 que había asolado a toda Europa, había conmovido a toda Europa y donde los gobiernos tradicionales se dan cuenta de que no se puede seguir gobernando a la antigua, que las masas son un hecho real, y que hay que tratar con las masas y conformarlas en cierto modo. Los regímenes bonapartistas del siglo XIX crean el asistencialismo. Las leyes de asistencia social son creadas por Bismarck y por Luis Bonaparte por primera vez. No es algo que inventó Perón ni nada por el estilo. Surge en ese momento. Por supuesto, más modestas que las que se podían hacer en el siglo XX, pero para la época son audaces: apoyo a la vejez, subsidios a la enfermedad, protección a la infancia, retiros, jubilaciones, todo lo que se puede llamar una política asistencialista es el invento de ese sistema que podemos llamar bonapartista, en el cual encajaría el Peronismo.
¿De qué manera considera que se manifiesta el fascismo en el peronismo?
En el siglo XX aparece otro fenómeno novedoso que es el fascismo, que es una forma de bonapartismo exacerbado. Yo diría que el bonapartismo es un fascismo moderado y el fascismo es un bonapartismo extremista, radicalizado. La diferencia es que en tanto que el bonapartismo asimila a las masas pasivamente, el fascismo no solamente se apoya en las masas, sino que además las moviliza, las agita por supuesto controladas por el estado. Ese es el elemento novedoso que introduce el fascismo. Lo que le da las características de un régimen revolucionario. Por eso es que se puede decir que los fascismos son revoluciones de derecha o revoluciones reaccionarias. La agitación de masas de Mussolini y de Hitler fue algo completamente novedoso.
Otro aspecto, también revolucionario, es que mientras el bonapartismo surge de las clases dirigentes tradicionales -Napoleón y Bismarck formaban parte de una larga tradición- los fascismos surgen de gente realmente marginal. El caso de Hitler es realmente sintomático: era un típico marginal, de clase media-baja, que se había degradado hasta el lumpenal. Y en general todo el equipo, todos los jerarcas nazis formaban parte de una especie de lúmpen, de bohemios, intelectuales y artistas fracasados. Así que no era la elite tradicional a la que estábamos acostumbrados a ver gobernando un país. Más aun, como ostentaban su crítica a la elite tradicional, constituían una anti-elite. Hitler fue siempre muy menospreciado por la aristocracia alemana. Lo respetaron mientras tuvo poder, pero siempre lo menospreciaban. Lo llamaban «el cabo».
¿Y en la Argentina?
El caso típico de una anti-elite volviendo al peronismo es Evita, más que Perón.
¿Cuáles son, dentro del peronismo, según esta concepción, los límites entre el bonapartismo y el fascismo?
Los límites entre bonapartismo y fascismo son muy vagos. En el peronismo se puede enfocar como bonapartismo en algunos aspectos, y en otros aspectos, como un fascismo. Las dos cosas. El elemento tal vez más fascista es Evita, porque es el elemento más revolucionario del peronismo. Y el más bonapartista es Perón, porque de cualquier manera Perón formaba parte de una élite tradicional. Era un hombre que había sido funcionario público. Así que el elemento como más anti-elite era Evita. Pero estaban los dos. Incluso hay un tercer elemento. En el peronismo se dan las tres formas de estado de excepción:
Primero la dictadura militar tradicional, porque surge de una dictadura militar tradicional, que es la del golpe del ’43. Nada más tradicionalista que el general Ramírez, el primer gobierno salido del golpe del ’43. Fue un gobierno nacional católico, absolutamente de extrema derecha, con elementos fascistas. Perón es el que le va dando ese giro hacia la agitación de masas, pero surge de una dictadura militar tradicional.
Luego se convierte en un bonapartismo.
En realidad, el objetivo de Perón era ser asimilado en la sociedad establecida. La prueba está en que el primer apoyo político que busca es el apoyo del partido tradicional por excelencia: el Partido Radical. Él va a buscar la alianza con los radicales. No va a buscar una alianza con ningún otro ni a inventar un partido él. Y la prueba está en que algunos lo reconocían: su vicepresidente de todo el período fue un caudillo radical de primera línea. Y todo el grupo que dirigía el radicalismo de la FORJA se pasa al peronismo. Y él fue el primero que se animó a reivindicar a Yrigoyen como su precursor.
Así que la idea de él era un bonapartismo, como en cierto modo el radicalismo también lo era. El radicalismo fue un modo de bonapartismo, sobre todo el radicalismo yrigoyenista. Y él hubiera querido ser algo así. Y el modelo mussoliniano lo tenía evidentemente. Pero la cerrada oposición de la sociedad establecida -incluso de las clases medias, porque no era sólo la oligarquía, sino la mitad de la sociedad estaba en contra- lo obliga a ser más revolucionario de lo que él hubiera querido, lo obliga a dejar de ser bonapartista y convertirse en fascista. Esa es la historia.
¿Dónde encuadrarían los regímenes de Videla y de Onganía?
El problema es que la gente confunde. La gente se escandaliza cuando uno dice, por ejemplo, que Perón fue el único fascista del siglo XX y que, en cambio, Onganía y Videla no lo fueron. Se escandalizan porque no tienen idea de lo que es el fascismo. No hay que juzgar el fascismo por la crueldad. Puede haber un régimen fascista menos cruel que una dictadura tradicional. Videla fue indiscutiblemente sangriento; Perón no lo fue. Fue un régimen más o menos moderado, no hubo tantas matanzas, hubo algunos muertos, pero no tantos. Fue un régimen moderado porque la situación se dio para eso, pero técnicamente era fascista. ¿Por qué? Porque se basaba en la movilización de masas. Videla podrá haber matado a miles, podrá haber sido el régimen más cruel que hubo en la Argentina, pero no fue fascista. Porque desmovilizó a las masas, porque no pretendió de ninguna manera ser un anti-elite, ni crear una nueva filosofía de la vida, que era el otro elemento del fascismo. Los fascismos tratan de crear una nueva ideología: el justicialismo era una serie de vaguedades, pero era una nueva filosofía. En tanto que las dictaduras tradicionales se basan en la Iglesia católica, en el nacionalismo, en valores tradicionales. Ni Videla ni Onganía pretendieron de ninguna manera oponerse a una sociedad establecida, de ninguna manera intentaron crear una nueva filosofía de la vida. Por lo tanto, no eran fascistas y por lo tanto no sólo no movilizaban a las masas, sino que las desmovilizaban. El único fascismo que existió en la Argentina fue el peronista.
¿Por la movilización de las masas?
El fascismo en Italia no movilizó solamente a las clases medias y a la pequeña burguesía. Intentó en buena forma movilizar también a la clase obrera. El pre-fascismo italiano, por ejemplo, antes de tomar el poder, intervino hasta en huelgas. Hay una similitud muy grande entre el fascismo italiano y el peronismo. La organización sindical mussoliniana, la Carta del Lavoro, fue copiada punto por punto y hasta la última coma por la CGT peronista. No hubo ninguna diferencia. El que crea realmente la idea de la mesa, el diálogo entre los empresarios y los sindicatos mediados por el estado es Mussolini. Y la Carta del Lavoro mussoliniana todavía hoy en un gobierno democrático nos rige. Ningún gobierno posperonista, ni aun antiperonista, se atrevió como a tocarla.
¿Y en el caso de Hitler?
Hitler tuvo que luchar más que Mussolini, porque la clase obrera italiana estaba muy organizada. Suele decirse que no se puede hablar de fascismo sobre el régimen peronista, que subió con las elecciones más limpias que existieron en la tierra, pero Hitler subió también con elecciones. No eran mayoritarias, pero era la primera minoría. Fueron perfectamente limpias. El sufragio universal podrá ser una condición necesaria, pero no suficiente para hablar de un régimen democrático. Cuando surge ese giro en que los nazis empiezan a ganar votos, ¿qué partido disminuye los votos? El Partido Socialdemócrata, porque no lograba satisfacer sus necesidades inmediatas de esa época: básicamente la desocupación. El desempleo era el problema fundamental y de pronto el nazi prometía el oro y el moro y no estaba en el poder. En cambio, los socialdemócratas eran cogobierno y no resolvían los problemas. Muchos votos socialdemócratas, que eran votos obreros, se pasaron a los nazis.
Después, cuando los nazis ya están en el poder, es indiscutible que la mayor parte de la clase obrera, salvo los militantes que eran aun minoría, se pasan al hitlerismo. En un primer momento Hitler efectivamente mejora la situación: se termina la desocupación y como todo régimen de tipo bonapartista o fascista, acrecienta todavía el sistema de asistencialismo social. En el caso de Mussolini, no había prácticamente asistencia antes de Mussolini, porque Italia era una sociedad muy atrasada y muy rudimentaria antes del ’22. Casi se podría decir que todas las leyes de asistencia las crea Mussolini. En el caso de Hitler, evidentemente la República de Weimar tenía un gran sistema de asistencia social, pero Hitler incluso agrega elementos nuevos que eran completamente inéditos. Por ejemplo, Hitler fue el primero que pone en práctica el turismo social, poco antes que lo ponga en práctica el Frente Popular en Francia. Los obreros por primera vez viajan por Alemania, después viajan al exterior, a Italia y ya en la época de la guerra, los primeros tiempos cuando la cosa iba bien para Alemania, viajan a países ocupados. Fue Una cosa insólita: turismo social al extranjero. Evidentemente no se notaron de ninguna manera signos de hostilidad de descontento de la clase obrera hacia el hitlerismo. La guerra civil de la clase obrera y el nazismo, eslogan típico de la izquierda de la época, no existe.
¿Perón buscó a su electorado entre la clase obrera?
No es cierto que el peronismo únicamente se dirigiera a la clase obrera. Perón, en su primer proyecto, puso la vista en los radicales. El radicalismo era un partido de clase media, y Perón, como hombre de clase media, quiso integrar a su clase. Lo que pasó fue que no lo consiguió, entonces tomó a la clase obrera que, por las concesiones que le había otorgado, era la única que tenía a mano. Pero aun siendo la clase obrera indiscutiblemente la punta de lanza del peronismo -eso no lo negamos- nunca el peronismo hubiera ganado las elecciones sin una buena parte de la clase media. La idea de que la clase media en bloque fue antiperonista es falsa. Hubo un sector de la clase media muy grande -la clase media tradicional, los profesores, los profesionales, los maestros, la clase media, digamos, intelectual- que fue netamente antiperonistas; fueron la punta de lanza del antiperonismo. Pero hubo otra clase media -el pequeño comerciante, el pequeño industrial, el chacarero, la pequeña burguesía rural- que fue totalmente favorecida por el peronismo. La burguesía rural con la ley de arrendamiento fue favorecida por el peronismo. Eso era clase media; no era proletariado. Se habla de los peones que votaron a Perón, el proletariado rural, pero en las estancias hay muy pocos peones. Pensar que los peones de estancia pueden resolver una elección es no conocer el campo. Las estancias se manejan con pocos peones. En el campo votaba la burguesía rural, los chacareros, que se habían beneficiado por el peronismo, la clase media industrial, el industrial incipiente.
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La carta del Lavoro
Perón tenía muy en claro lo que había aprendido en la Italia de Mussolini, de donde trajo la Carta del Lavoro y la idea de combatir a los comunistas. El Duce había impuesto un modelo de movimiento obrero organizado, cuya ley de las corporaciones, o Carta del Lavoro, establecía que la organización sindical era libre, pero que solo el sindicato «reconocido y sometido a la disciplina del Estado» tenía el derecho a la representación.
Juan Perón, decía que el sindicalismo era libre, pero luego negaba el derecho de huelga, con su palabra o por la fuerza. Estableció en 1944 que la policía federal podía actuar inmediatamente contra la protesta obrera no autorizada (decreto del 16 de septiembre). En enero de 1945, el decreto de Seguridad de Estado amplió la potestad para reprimir la protesta sindical. Esta legislación fue convalidada bajo las formas de la democracia luego de 1946.
En el fascismo italiano y en la Argentina de Perón, los sindicatos no eran libres y estaban sometidos al poder. La persecución ideológica se puso de manifiesto en el congreso de la CGT de 1950, cuando se incorporó esta enmienda al estatuto: “Recomendar a las organizaciones afiliadas y a los trabajadores en general la eliminación de los elementos comunistas, francos o encubiertos”. Incluso de quienes se solidarizarán con ellos.
En los primeros gobiernos de Juan Perón, la CGT decía combatir el capital, de hecho, la marcha oficial del peronismo dice: «combatiendo el capital», pero también podía combatir las huelgas, si eran inconsultas. Con su elocuencia habitual, Evita lo había expresado mejor que las teorías: «Pido a los trabajadores que denuncien a los antiperonistas, porque son vendepatrias, y también les pido a los funcionarios que tomen medidas, porque si no, creeremos que ellos también son vendepatrias».
La conversión de la Confederación General del Trabajo (CGT) en organismo partidario del peronismo se hizo obvia después de 1946. El sindicalismo peronista hacía campañas políticas disponiendo de fondos públicos y gremiales, aunque Perón afirmó en 1947 que jamás le había pedido un voto a un trabajador.
El peronismo es un fascismo a la argentina, ese populismo es fascismo, el culto al líder, la utilización de la educación cuyos libros en los cincuenta rezaban: «Mi mamá me ama, Evita me ama», la movilización de masas, el clientelismo que aún continúa con mucha fuerza. El peronismo ganó la batalla cultural, ese populismo -de derecha o de izquierda- tomó a la juventud, a la clase media, a los universitarios y una gran parte de los intelectuales que se plegaron irracionalmente, pese al «alpargatas sí, libros no».
En el plano internacional se inculcaba el odio a Francia y a Inglaterra, pese a que Perón, equivocadamente, creía que Gran Bretaña era aún un imperio y su política exterior concreta, no la demagógica, tenía estrecha relación entre ambos, solo basta ver los acuerdos Eddy-Miranda. Imitaron a la Logia de las Mujeres Alemanas de 1933, creando la Rama femenina del Partido Peronista.
Perón tomó muchas ideas del fascismo italiano, entre ellas las que se referían a la sociedad corporativa «la comunidad organizada», idea tomada de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y que se basa en la doctrina de los cuerpos intermedios. Nacionalistas católicos le escribirían a Perón las bases doctrinales basadas en la DSI, pero la utilizaron a su antojo y conveniencia.
La DSI sostiene que el papel del Estado, mejor dicho, del «gobierno» de un Estado, tiene una función que es subsidiaria, sin embargo, para el peronismo su función, es esencial y tendía a la totalidad del Estado. Juan Perón diría que estaba basada en la cooperación, controlada y organizada por el Estado, entre los diferentes grupos e intereses de la sociedad. Al tiempo que se ponía en movimiento la peronización del país, la corte suprema perdía su autonomía y los políticos de la oposición eran encarcelados.
Nadie podía discutir sus decisiones, lo diría claramente el contralmirante Alberto Teisaire, en noviembre de 1954. El marino había sido en tres oportunidades presidente de la república por ausencia de Perón y simultáneamente presidente del Senado y del Partido Peronista Masculino. En una de las ocasiones en que ejerció la presidencia provisional, el 13 de febrero de 1953 firmó un decreto que disponía el traslado de la residencia presidencial para levantar en su lugar un gigantesco –nunca concretado- monumento a Eva Perón.
A lo largo de su carrera de senador presentó diez proyectos de leyes sobre homenajes y otorgamientos de honores a Juan Domingo Perón. Una vez que Perón fue derrotado por el golpe cívico-militar, y pidió asilo político en Paraguay, sorprendió lo que declaró el contraalmirante Alberto Teisaire. Su testimonio público duró 12 minutos y, entre muchas otras cosas, reveló:
“La conducta de Perón como gobernante y su deslealtad para los que en él creyeron, su cobarde y vergonzosa deserción frente al adversario que lo hizo abandonar al gobierno y a sus colaboradores, me habilitan para la actitud que asumo. Estimo que no tengo por qué guardar respeto ni consideraciones para quien no las tuvo con nadie, ni siquiera con el país, de cuyos destinos dispuso a su antojo.
Algunos se preguntarán cómo fue que viendo tanta podredumbre moral e infamia ya no acusase en su momento al responsable directo de ese estado de cosas. Mi respuesta es que el sistema cerraba toda posibilidad de rebeldía, crítica o disentimiento a quienes no comulgaban incondicionalmente con sus ideas y sus planes.
Todo el que levantara su voz contra Perón era marcado como traidor o vende patria y perseguido en todos los terrenos, conjuntamente con su familia. Disentir era quedar expuesto a la cárcel y a la persecución, que se extendía a amigos y familiares. Disentir o rebelarse comprometía la libertad, el honor y los bienes propios y familiares.
Alberto Teisaire
Discrepar con Perón fuera del peronismo era peligroso y disentir con él dentro del partido o del gobierno era exponerse a todos los peligros imaginables. Por eso muchos de los hombres que ocuparon posiciones prominentes en el régimen y después fueron arrojados por la borda sin explicaciones guardaron prudente y cauteloso silencio acerca de lo que les había sucedido.
Yo también podría haberme ausentado del país o asilarme en alguna embajada extranjera. Me quedé para no seguir el desgraciado ejemplo de Perón, quien después de utilizarnos, engañarnos y entregarnos se fugó en un barco de guerra extranjero. Lo suyo fue una traición a sus partidarios, a sus compatriotas y al país. Perón, que hizo derramar sangre de obreros, de soldados y de ciudadanos terminó huyendo en el momento más crítico y cuando todavía las cosas no estaban decididas.
Mientras los trabajadores daban “la vida por Perón” él tuvo miedo de dar su vida por los obreros, y huyó. Abandonó al partido peronista que siempre le acompañó con lealtad y sacrificio. No fue leal ni se sacrificó por su partido, y también abandonó a las mujeres partidarias, que tanto creían en él, aunque él nunca creyó en ellas.
Se asiló bajo bandera extranjera, hecho único en la historia nacional. Los dos únicos presidentes constitucionales derrocados por una revolución (Yrigoyen y Castillo) afrontaron la situación con entereza, asumiendo la responsabilidad de su magistratura frente a quienes encabezaron aquellas sediciones.
Sin embargo, Perón, que tantas manifestaciones de hombría, de coraje y de valor había hecho, tuvo miedo y huyó. Bonito ejemplo nos dejó el “conductor”, el “líder”, el “libertador” que nosotros idealizamos y ensalzamos con un candor y buena fe realmente increíbles. Digo todo esto con la esperanza de que no vuelva a haber en el futuro, en un pueblo sano y bien intencionado como el nuestro, ídolos tan falsos como Perón. Frente a su deserción considero que hablar es para mí un deber inexcusable. Con esto no eludo ninguna responsabilidad ni busco atenuar las que me alcancen, pero tampoco eludiré manifestar la verdad, aunque esta verdad sea dura y amarga.
Contraalmirante Alberto Teisaire.
«Ningún peronista entra a analizar las situaciones: basta que el general Perón quiera una cosa, para que todos estemos dispuestos a cumplirla», Alberto Teisaire, dixit.
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Pero es preciso analizar si el fascismo o el nazismo eran de derecha o izquierda, que la izquierda, para tratar de ocultar o distraer sus falencias doctrinales y la violencia ejercida sobre millones y millones de personas, haya calificado de fascista o de derecha a los nazis y al fascismo italiano carece de toda autoridad.
El nazismo tenía en común con el marxismo la crítica al capitalismo, los nazis decían que ellos querían hacer un tipo de socialismo nacionalista para Alemania, pero sin la perspectiva que tenía el marxismo de unir revoluciones en el mundo entero, digamos que no eran internacionalistas. Los nazis rechazaban la izquierda y la derecha tradicional de la época, se mostraban como un tercer camino.
La idea de una revolución social para Alemania en 1919, fue el origen del Partido Nacionalsocialista alemán. Tanto el nazismo y el fascismo negaban la lucha de clases como defendía el socialismo. Las escuelas nacionalsocialistas que se extendieron por Alemania enseñaban a los jóvenes que los judíos eran los creadores del marxismo y que, además de antimarxistas, debían ser antisemitas. De esta manera los judíos se convirtieron en víctimas de los nazis, por ser considerados los representantes del capitalismo liberal.
Esta creencia sostenía que los judíos estaban asociados al capitalismo financiero porque los judíos asimilados, es decir, aquellos que asumían las culturas de otros países de Europa tenían una tradición de préstamos de dinero y de negocios. Entre el nazismo y el régimen soviético de Stalin, había rasgos comunes como la propaganda y que ambos eran regímenes totalitarios, que controlaban y legislaban sobre la vida pública y privada del ciudadano.
El régimen nazi, no solo persiguió a los judíos, también a demócratas liberales, socialistas, gitanos, testigos de Jehová y homosexuales, algo que hoy contribuye a que el nazismo sea clasificado como de extrema derecha, lo que es falso. El Che Guevara persiguió y estableció centros de detención y trabajos forzados para los homosexuales en Cuba.
Es innegable que tanto Adolf Hitler como Benito Mussolini combatieron el comunismo y el socialismo, pero esto no se debe a que fueran de derecha y otros de izquierda, sino a discrepancias sobre el socialismo. Los bolcheviques a través del Comintern querían internacionalizar su movimiento. En tanto, Hitler y Mussolini creían en un socialismo nacionalista y autárquico por motivos raciales, en el primer caso. Adolf Hitler se decía que él representaba el auténtico socialismo, y que los marxistas eran representantes del más vil capitalismo internacional dominado por los judíos.
Según Hitler, el marxismo era capitalista, y ni qué decir de la socialdemocracia. En la biblia de los nazis, el ensayo llamado «Mein Kampf», el jefe del nacionalsocialismo alemán, Adolf Hitler, en numerosos momentos refiere que Karl Marx era una simple herramienta del judaísmo internacional capitalista, por lo que él consideraba que su movimiento debía atraer a todos los simpatizantes de la extrema izquierda.
«La fuente en la cual nuestro naciente movimiento deberá reclutar a sus adeptos será, pues, en primer término, la masa obrera. La misión de nuestro movimiento en este orden consistirá en arrancar al obrero alemán de la utopía del internacionalismo, libertarle de su miseria social y redimirle del triste medio cultural en que vive, para convertirle en un valioso factor de unidad, animado de sentimientos nacionales y de una voluntad igualmente nacional en el conjunto de nuestro pueblo».
También es falso y aquí radica lo más importante, para poder calificar a unos y otros de izquierda o derecha. Ni los nazis ni los fascistas italianos defendían la propiedad privada, en ambos regímenes permitían la subsistencia de la empresa privada bajo la conditio sine qua non, que esta se dedicara a producir para el Estado. En la Alemania nazi un Betriebsführer, era una especie de líder o dueño de la fábrica, y que, junto a los Gefolgschaft, que representaban la masa obrera, se encontraban subordinados jerárquicamente a la cabeza que era Hitler.
El Gauleiter, que eran designados por el Führer, era una especie de líder zonal al cual los Betriebsführer debían obedecer, estos determinaban bajo la supervisión de Hitler qué era lo iban a producir las empresas, cuánto, cómo, su distribución, y el salario que ganarían los trabajadores, el horario de trabajo, y determinaban los precios que se cobrarían y la estructuración entera de todas las compañías. Era el Estado nazi quien disponía de la posesión de los medios de producción, pues este ejercía los poderes de propiedad, y que además le quitaba las ganancias vía impuesto.
Algunos estudiosos del tema, hacen notar que en el año 1935 se produjo un debate sobre economía en el seno del partido nazi, por un lado, se encontraba Hjalmar Schacht junto a Friedrich Goerdeler, quién se encargaba del control de precios y le recomendaron a Hitler que debían abandonar el proteccionismo, la intervención económica, el proyecto autárquico y, abogar medidas de libre mercado. Del otro, se encontraba Hermann Göring, partidario de continuar con las medidas. Hitler se inclinó por Göring, entonces Hjalmar Schacht renunció, y el partido nazi continuó con el estatismo intervencionista hasta el fin de sus días.
Bajo dos mentiras se construyó el mito del nacionalsocialismo como un régimen de derecha y su apoyó a la «empresa privada», en ese régimen ni la vida era privada. Adolf Hitler dejó frases ilustrativas en su libro como: «Lo colectivo prima sobre lo individual». Hitler despreciaba al individuo, y consideraba que lo colectivo debía estar siempre por encima de lo individual, un principio básico del más puro marxismo. Pero a diferencia de este, Hitler, consideraba que el marxismo, junto a la socialdemocracia obedecía a los intereses del capitalismo internacional, tal como dice en «Mein Kampf», cuando da a conocer «Las causas del desastre»:
«La internacionalización de la economía alemana había sido iniciada ya antes de la guerra mediante el sistema de las sociedades por acciones. Menos mal que una parte de la industria alemana trató a todo trance de librarse de correr igual suerte; pero al fin tuvo que ceder también ante el ataque concentrado del capitalismo avariento que contaba con la ayuda de su más fiel asociado: el movimiento marxista. La persistente guerra que se hacía a la industria siderúrgica de Alemania marcó el comienzo real de la internacionalización de la economía alemana tan anhelada por el marxismo que pudo colmarse con el triunfo marxista en la revolución de noviembre de 1918. Justamente ahora que escribo estas páginas, es también cosa lograda el ataque general dirigido contra la empresa de los Ferrocarriles del Reich que pasa a manos de la finanza internacional. Con esto ha alcanzado la socialdemocracia «internacional» otro de sus importantes objetivos».
Cuando fue constituido el partido nazi, estaba inclinada a la izquierda, y su discurso era antiburgués, pero cuando el sector más a la derecha y menos marxista tomó el poder en Alemania, fue haciendo más alianzas con la burguesía y expulsando al grupo de izquierda. Tanto el régimen soviético como los nazis y fascistas eran regímenes totalitarios, aunque nunca se podrá totalizar enteramente el mundo político.
Hitler estaba plenamente convencido de que él era el auténtico revolucionario de izquierda que defendía la soberanía nacional alemana, y que tanto socialdemócratas como marxistas formaban parte de un mundo dominado por los judíos que buscaban crear un falso conflicto para apoderarse del mundo y su preciada Alemania:
«El mismo problema, pero esta vez en proporciones mucho mayores, se le había vuelto a presentar al Estado y a la nación. Millones de personas emigraban del campo a las grandes ciudades para ganarse el sustento diario como obreros de fábrica en las industrias de reciente creación. Mientras la burguesía no se preocupa de problema tan trascendental y ve con indiferencia el curso de las cosas, el judío se percata de las ilimitadas perspectivas que allí se le brindan para el futuro y, organizando por un lado, con absoluta consecuencia, los métodos capitalistas de la explotación humana, se aproxima, por el otro, a las víctimas de sus manejos para luego convertirse en el líder de la «lucha contra sí mismo»; es decir, «contra sí mismo» sólo en un sentido figurado, porque el «gran maestro de la mentira», sabe presentarse siempre como un inocente atribuyendo la culpa a otros. Y como por último tienen el descaro de guiar él mismo a las masas, éstas no se dan cuenta de que podría tratarse del más infame de los fraudes de todos los tiempos.
Veamos cómo procede el judío en este caso: Se acerca al obrero y para granjearse la confianza de éste, finge conmiseración hacia él y hasta parece indignarse por su suerte de miseria y pobreza. Luego se esfuerza por estudiar todas las penurias reales o imaginarias de la vida del obrero y tiende a despertar en él el ansia hacia el mejoramiento de sus condiciones. El sentimiento de justicia social que en alguna forma existe latente en todo ario, sabe el judío aleccionarlo, de modo infinitamente hábil, hacia el odio contra los mejor situados, dándole así un sello ideológico absolutamente definido hacia la lucha contra los males sociales. Así funda el judío la doctrina marxista. Presentando esta doctrina como íntimamente ligada a una serie de justas exigencias sociales, favorece la propagación de éstas y provoca, por el contrario, la resistencia de los bien intencionados contra la realización de exigencias proclamadas en una forma y con características tales, que ya desde un principio aparecen injustas y hasta imposibles de ser cumplidas.
De acuerdo con los fines que persigue la lucha judía y que no se concretan solamente a la conquista económica del mundo, sino que buscan también la supeditación política de éste, el judío divide la organización de doctrina marxista en dos partes, que, separadas aparentemente, son en el fondo un todo indivisible: el movimiento político y el movimiento sindicalista. Políticamente el judío acaba por sustituir la idea de la democracia por la de la dictadura del proletariado. El ejemplo más terrible en ese orden, lo ofrece Rusia, donde el judío, con un salvajismo realmente fanático, hizo perecer de hambre o bajo torturas feroces a treinta millones de personas, con el solo fin de asegurar de este modo a una caterva de judíos, literatos y bandidos de bolsa, la hegemonía sobre todo un pueblo».
Durante el peronismo se hablaba y denunciaba complots sinarquistas, conspiraciones integradas por judíos, pero nunca probaron nada. Curiosamente, Juan Perón, fiel a sus contradicciones fue uno de los primeros en reconocer al Estado de Israel y nombrar una calle de Buenos Aires, con el nombre del fundador del sionismo. Los nacionalistas nazi-fascistas argentinos gritaban «Haga patria, mate un judío».
Adolf Hitler consideraba que el nacionalsocialismo era el auténtico socialismo, a partir de esta lucha contra el marxismo internacionalista se vende esta premisa de supuesta lucha entre grupos ideológicos opuestos, y se empieza a construirse el relato de que el nazismo, junto a su compañero de batallas, el fascismo, fueron movimientos de ultraderecha.
El conocido filósofo alemán Peter Sloterdijk declaró:
«Que el fascismo de izquierda le haya gustado presentarse como comunismo, era una trampa para moralistas. Mao Tse Sung nunca fue otra cosa que un nacionalista chino de la izquierda fascista, que en sus inicios hablaba con la jerigonza de la Internacional Comunista de Moscú. Comparado con la placentera exterminación promovida por Mao, Hitler parece un cartero raquítico. Sin embargo, la comparación entre monstruos no es agradable a nadie. El engaño ideológico más masivo del siglo XX fue precisamente, que después de 1945 la izquierda fascista acusó a los derechistas de fascismo, para quedar finalmente como sus opositores. En realidad, se trató de una autoamnistía. Cuanto más se expusieran como imperdonables los horrores de la “derecha”, más desaparecía la izquierda del campo visual».
Friedrich Hayek, dijo: «No menos significativa es la historia intelectual de muchos de los dirigentes nazis y fascistas. Todo el que ha observado el desarrollo de estos movimientos en Italia o Alemania se ha extrañado ante el número de dirigentes, de Mussolini para abajo (y sin excluir a Laval y a Quisling), que empezaron como socialistas y acabaron como fascistas o nazis Y lo que es cierto de los dirigentes es todavía más verdad de las filas del movimiento. La relativa facilidad con que un joven comunista puede convertirse en un nazi, o viceversa, se conocía muy bien en Alemania, y mejor que nadie lo sabían los propagandistas de ambos partidos. Muchos profesores de universidad británicos han visto en la década de 1930 retornar del continente a estudiantes ingleses y americanos que no sabían si eran comunistas o nazis, pero estaban seguros de odiar la civilización liberal occidental. Es verdad, naturalmente, que en Alemania antes de 1933, y en Italia antes de 1922, los comunistas y los nazis o fascistas chocaban más frecuentemente entre sí que con otros partidos. Competían los dos por el favor del mismo tipo de mentalidad y reservaban el uno para el otro el odio del herético. Pero su actuación demostró cuán estrechamente se emparentaban. Para ambos, el enemigo real, el hombre con quien nada tenían en común y a quien no había esperanza de convencer, era el liberal del viejo tipo. Mientras para el nazi el comunista, y para el comunista el nazi, y para ambos el socialista, eran reclutas en potencia, hechos de la buena madera, aunque obedeciesen a falsos profetas, ambos sabían que no cabía compromiso entre ellos y quienes realmente creen en la libertad individual».
Para comprender la ideología del fascismo es preciso comprender la historia del padre creador del movimiento y sus principales referentes teóricos. Giovanni Gentile, filósofo neohegeliano, fue el autor intelectual de la «doctrina del fascismo», la cual escribió en conjunto con Benito Mussolini. Las fuentes de inspiración de Gentile fueron pensadores como Hegel, Nietzsche y también Karl Marx.
Giovanni Gentile llegó a declarar que «El fascismo es una forma de socialismo, de hecho, es su forma más viable». El fascismo es en sí, un socialismo basado en la identidad nacional, y creía que toda acción privada debía ser orientada a servir a la sociedad, estaba en contra del individualismo, para él no existía distinción entre el interés privado y público. En sus postulados económicos defendió el corporativismo estatal obligatorio, queriendo imponer un Estado autárquico.
Giovanni Gentile sostenía que la democracia liberal era nociva, pues estaba enfocada en el individuo, lo que conducía al egoísmo. Él defendía «la verdadera democracia» en la que el individuo debía subordinarse al Estado. En ese sentido, promovía las economías planificadas en las que era el gobierno el que indicaba qué, cuánto y cómo producir. Giovanni Gentile y otro grupo de pensadores fueron los que crearon el mito del nacionalismo socialista, ese en el cual un país bien dirigido por un grupo superior podría subsistir sin comercio internacional, siempre y cuando todos los individuos se sometieran a los designios del gobierno, el fin era crear un Estado Corporativo.
No se debe olvidar que Benito Mussolini (nombre elegido por su padre en honor a Benito Juárez) venía del Partido Socialista Italiano tradicional, pero debido a la ruptura con este movimiento marxista tradicional por la actitud que el socialismo debía tomar frente a la Guerra, y al fuerte sentimiento nacionalista que predominaba en la época, se trastocan las bases para crear el nuevo «socialismo nacionalista», al cual llamaron fascismo. También la izquierda peronista hablaba de «socialismo nacional», incluyendo al mismo Juan Domingo Perón.
Como dijo el creador de la ideología fascista, Giovanni Gentile, el fascismo es otra forma de socialismo, por tanto, la batalla no era de izquierda contra derecha, sino una lucha entre diversas izquierdas, una internacionalista y una nacionalista. En esos tiempos hablar de nacionalismo era ser de izquierdas, todos los nacionalismos eran anticapitalistas y estatistas, por eso no se debe extrañar que miembros de Alianza Libertadora Nacionalista, Tacuara, Montoneros, terminaran en la izquierda marxista, Perón le habría ofrecido la conducción de la juventud peronista al nacionalista Alberto Escurra Medrano de Tacuara.
A comienzos de la década de 1950, Juan Perón aumentó sus esfuerzos por expandir el corporativismo estatal y establecer «la comunidad organizada» por medio del ordenamiento de la sociedad a través de asociaciones controladas por el Estado. Lo cierto es que Perón crea la logia militar GOU, el peronismo fue fascista en los 50, revolucionario izquierdista en los 60/70, represor después, de lo que ellos habían creado, la izquierda marxista peronista, luego socialdemócrata en los 80, neoliberal en los 90 con Menem y bolivariano en el siglo XXI con la basura de los Kirchner.
Dijo Jorge Luis Borges «El peronismo no tiene una idea y representa solamente un régimen de aprovechados». Pero para regresar a la pregunta al inicio de este artículo, hay que decir que el peronismo era de «derecha», por así decirlo, porque era un socialismo fascista, es decir, nacionalista, no internacionalista como el marxismo soviético. No era un peronismo totalmente de «izquierdas» porque no era marxista internacionalista, porque era fascista, un socialismo nacionalista, aunque muchas veces asumieran la izquierda marxista de acuerdo a los planes de Perón.
Juan Domingo Perón no fue un creyente de una sola fe, era un pragmático y un oportunista, usaba lo uno y lo otro, aunque estas fueran totalmente contradictorias. Era de «derecha» o de «izquierdas» según como venía la mano. Su intención fue recuperar el poder político y si para eso debía arreglar con los izquierdistas o con los derechistas, no había ningún problema. Perón solía decir que la política era como un caballo, se sube por izquierda y se baja por derecha, claro, que esa política ecuestre desgració el país.
Hace un tiempo escribí que, a inicios del siglo XXI, la derecha, que no tiene nada que ver con la derecha del «Trono y el Altar» del pasado, aunque unos marxistas reformados sigan delirando y manejándose con esquemas perimidos y fuera de la realidad política. Y entonces decía que la derecha que, según palabras de Gustavo Bueno, se había acojonado ante la izquierda y había perdido la batalla cultural, dio la cara y le dio combate a la nueva izquierda cultural, a la séptima generación de izquierda, la marcusiana, la cultural.
La derecha actual había ganado la batalla cultural, pero a pesar de ello todavía no era una derecha política, pero ahora ya es una derecha política, y más allá de que esté integrada por diversos grupos o ideólogos, o técnicos de la economía, como Javier Milei, tienen algo en común y acuerdan en lo principal, en el rol que debe desempeñar el Gobierno de un Estado. Es eso y no otro motivo, lo que constituye a la derecha actual frente a la séptima generación de izquierda, la cultural. Porque en la vida política se está frente a algo concreto y no a construcciones inexistentes en la realidad, propia de intelectuales metidos en política.
En ese sentido, el peronismo, como el marxismo político (perro muerto) no tienen ningún sentido en la actualidad, en el caso del peronismo, solo para lucrar, para ejercer la corrupción y poner palos en la rueda de los gobernantes opositores, para retornar al poder y volver a gozar de sus privilegios. El peronismo es una asociación ilícita cuyo fin es delinquir en banda. La izquierda peronista era la «juventud maravillosa», la jotaperra, los montoneros, los curas del tercer mundo, la resentida Evita, los de la patria socialista y la derecha era José López Rega, la Triple A, Brito Lima, Ignacio Rucci, etc.
Y Perón, como dijo en Conducción Política, él estaba por arriba como el Padre Eterno, pero el padre eterno, que no era tan eterno tuvo que bajar a la polis y se armó el desmadre que él mismo había creado. Pero como dicen los marxistas, se le juntaron las contradicciones y las cosas se le fueron de las manos, tanto, que tuvo que regresar al país (pedido o mandado por Estados Unidos) para acabar con los zurdos, y de paso enviarle su apoyo al general Augusto Pinochet en su lucha contra el marxismo. Y también, perdió la mano, literalmente, después de muerto.
7 de febrero de 2024.