

DE SUN TZU A CLAUSEWITZ
DEL ARTE A LA FILOSOFÍA DE LA GUERRA
Ricardo Veisaga
Nacido en la provincia de Ch’i, Sun Tzu; obtuvo gracias a su obra el Arte de la Guerra una audiencia con Ho Lu, soberano de Wu. Y Ho Lu le dijo: «Señor, he leído íntegramente los trece capítulos que habéis escrito. ¿Puedes ofrecerme ahora una pequeña demostración sobre el manejo de tropas? Sun Tzu le contestó: «Sí, puedo.» Ho Lu le preguntó: «¿Puedes llevar a cabo esta prueba utilizando mujeres?» Y Sun Tzu le dijo: «Sí.» El soberano estuvo de acuerdo e hizo que del palacio le enviaran ciento ochenta hermosas mujeres. Sun Tzu las dividió en dos compañías y puso a las dos concubinas favoritas del soberano al mando de cada una.
Después les enseñó a todas como se llevaba una alabarda. Luego les preguntó: «¿Sabéis dónde está el corazón, y dónde la mano derecha y la izquierda, y dónde la espalda?» Las mujeres dijeron: «Lo sabemos.» Sun Tzu les dijo: «Cuando yo ordene “de frente”, avanzad en la dirección del corazón, hacia mí; cuando diga “izquierda”, avanzad en la dirección de la mano izquierda; cuando diga “derecha”, hacia la derecha y cuando diga “atrás”, me daréis la espalda.»
Las mujeres dijeron: «Hemos entendido.» Una vez dadas estas instrucciones, se prepararon las armas del verdugo para mostrar que se estaba hablando en serio. Sun Tzu repitió tres veces las órdenes y las explicó cinco veces más, tras de lo cual dio con el tambor la orden “derecha”. Las mujeres estallaron en risa. Sun Tzu les dijo: «Si las instrucciones no son claras y las órdenes no han sido bien explicadas, el comandante tiene la culpa». Entonces, repitió las órdenes tres veces y las explicó cinco veces, y el tambor dio la orden de avanzar hacia la izquierda.
Las mujeres volvieron a reírse. Sun Tzu les dijo: «Si las instrucciones no son claras y las órdenes no han sido explicadas, el comandante tiene la culpa. Pero si las instrucciones han sido explicadas y las órdenes no son ejecutadas de acuerdo con la ley militar, los oficiales son los culpables». El soberano de Wu, que estaba observando, desde su terraza, vio que sus dos amadas concubinas estaban a ser punto de ser ejecutadas.
Aterrado, envió rápidamente a un ayudante con el siguiente mensaje: «Ahora sé que el comandante es capaz de manejar las tropas. Sin esas dos concubinas mis alimentos perderían sabor. Es mi deseo que no sean ejecutadas». Sun Tzu respondió: «Vuestro servidor ha sido designado comandante en jefe; cuando el comandante en jefe está al frente de las tropas, no está obligado a acatar todas las órdenes del soberano». Ordenó, pues, que las dos mujeres que habían mandado las compañías fuesen ejecutadas como ejemplo.
Después puso en su lugar a las dos que seguían en la fila. A continuación repitió las órdenes con el tambor y las mujeres marcharon hacia la izquierda y a la derecha, de frente y atrás; se arrodillaron y se levantaron todas exactamente como lo exigían las órdenes. No se atrevieron a hacer el menor ruido. Sun Tzu envió un mensajero al soberano informándole: «Las tropas están ahora adiestrada. El soberano puede venir a pasar revista e inspeccionarlas. Ahora pueden ser utilizadas como el soberano lo desee, no se detendrán ante nada».
El soberano de Wu le dijo: «El comandante se puede retirar y descansar. No deseo inspeccionarlas». Sun Tzu le respondió: «Las palabras del soberano son vanas si no es capaz de ponerlas en práctica». Entonces Ho Lu se dio cuenta de la capacidad de Sun Tzu como comandante y lo puso al mando de sus ejércitos. Sun Tzu derrotó a la provincia de Ch’u en el este y entró en Ying; al norte, amenazó a Ch’i y a Chin.
Esta es una de las historias más conocidas acerca de Sun Tzu, tomada de las Memorias históricas. Sun Tzu fue un general y estratega militar de la antigua china, el nombre Sun Tzu es un título honorífico que significa «Maestro Sun». Su nombre de nacimiento era Sun Wu. Se considera a Sun Tzu como el autor de El arte de la guerra.
Sin embargo, los historiadores cuestionan si realmente fue una figura histórica autentica. Se afirma que su descendiente, Sun Bin, escribió sobre tácticas militares llamado: «El arte de la guerra de Sun Bin», en algún momento creyeron que ambos eran la misma persona, hasta que en 1972 se descubrió el tratado del segundo nombrado. Las Memorias históricas afirman que Sun Tzu demostró en la batalla de Boju, la eficacia de sus teorías. Pero el Zuo Zhuan, un texto histórico antiguo que relata detalladamente la batalla de Boju, no menciona a Sun Tzu.
El arte de la guerra, fue traído a Occidente y traducido por el jesuita francés J. J. M. Amiot, y publicado por primera vez en 1772. El libro tuvo luego una amplia difusión y se multiplicaron las ediciones en francés, inglés, alemán y ruso. Los trece capítulos que componen el libro son apenas un poco más de cien páginas.
En el siglo XX, el libro de Sun Tzu se hizo famoso en Occidente y actualmente en todo el mundo. Según la opinión de B. H. Liddel Hart, el libro es «la quintaesencia de la sabiduría sobre la conducción de la guerra». Y según sus críticos es aplicable tanto en los deportes, las guerras, los negocios y la política. Dicen que lo leyeron Lenin, Mao Tse Tung y una gran cantidad de figuras políticas y militares que sería largo de nombrar.
Es famosa una fotografía donde se ve a Paris Hilton con el libro en sus manos en pose de estar leyéndola, aunque no sé qué aplicación pudo darle esta rubia famosa, probablemente en la cama donde despliega sus combates. Tenía alrededor de los dieciocho años cuando leí este libro por primera vez, y mi opinión ha cambiado desde entonces. Considero que El arte de la guerra, es un muy buen tratado de tácticas y algunas estrategias militares y, estrictamente hablando en ella no hay filosofía política como muchos afirman, sin aportar argumentos, desde luego.
En la cita inicial se denomina a Ho Lu como: «Ho Lu, el soberano de Wu», pero difícilmente se puede llamar a alguien «soberano» si sus órdenes no son cumplidas, porque nadie puede estar por arriba de un soberano. Si Sun Tzu no cumplió su pedido de no ejecutar a sus concubinas, Ho Lu, ipso facto, deja de ser un soberano. En la actualidad no existe un soberano y un comandante en jefe. El Presidente es a su vez el comandante en jefe, aunque en el caso de España (monarquía constitucional) el Rey Felipe VI es el comandante en jefe.
Este libro es un tratado sobre la guerra, pero una guerra entre reinos o señoríos orientales y no es aplicable a nuestro presente. El libro, gnoseológicamente tiene un gran interés desde el punto de vista Beta-operatorio, lo que debe hacer un estratega antes de entrar en guerra. Hacer una evaluación, apreciaciones sobre las condiciones del terreno, el cuidado del mando y el orden en el ejército.
La primera conclusión es que el gobernante sea recto, que sea justo, pero esas apreciaciones nos llevan al mundo de la ética (poco importa lo justo y lo recto, lo que importa es que sea prudente). Sun Tzu es contemporáneo de Confucio y su pensamiento está muy vinculado a este movimiento. En la política de la china clásica nos encontramos dos corrientes principales, influenciadas por el pensamiento filosófico y con fuertes preocupaciones sociales.
Una el confucionismo y la otra llamada legalismo, pero que en la política práctica muchas veces se juntan. Confucio parte del modelo de sociedad feudal, e invoca para ella una política basada en los principios morales, como el «entendimiento de lo justo» y una escala de valores de afecto y respeto que está formada por las «cinco relaciones». Esa es la base de la estructura feudal, considerado como esencialmente moral. El ideal político confuciano evoca una «edad de oro» idealmente reconstruida y proyectada hacia el futuro.
El legalismo de Han-Fei-Tzu, considera que la naturaleza humana es mala y que el hombre actúa bien solo bajo la recompensa o la amenaza del castigo. El Estado, debe ser gobernado por un conjunto de leyes que explique lo que se debe hacer y el premio y el castigo por cumplirlo o no. El gobernante tiene autoridad y no necesita ser sobrehumano, solo precisa conocer el arte del gobierno.
Siguiendo el legalismo se erigió un feudo autoritario-militar en el noroeste de China (Ch’in), que dominó al resto del país. La rebelión de la dinastía Hang acabó con los Ch’in, declarándose confucionista, pero en realidad fue un gobierno legalista pero manejado por confucianos. En este contexto nació El arte de la guerra.
En el capítulo III, hay muchas referencias al anhelo de la paz. Sun Tzu parece estar pensando en la paz perpetua pero no en la paz política. En el capítulo VIII dice, que las guerras deberían evitar las zonas de encrucijadas, las tierras de nadie. No mantiene la teoría de la apropiación. Sun Tzu dice: «Por lo general, en la guerra, lo mejor es tomar un estado intacto que destruirlo». «La victoria obtenida por medio del combate no es considerada una gran victoria».
Más allá de estas frases de Sun Tzu, la historia nos dice otra cosa. La segunda Guerra Púnica decidió la historia de Occidente, construido sobre el Imperio Romano. La eliminación de los cartagineses (norafricanos) dejó libre el camino a la influencia romana en Europa y la expansión del mundo Occidental, cosa que no hubiese ocurrido si el general romano, Escipión el africano, no hubiera ganado en Zama. O si Aníbal hubiera destruido Roma, como sugería su estado mayor y sus asesores, no destruir Roma fue un grave error político-militar.
El viejo Catón, un senador célebre por su severidad y por su retórica, en todo momento recordaba que debían aniquilar al enemigo. Cada vez que hablaba en la asamblea del Senado terminaba repitiendo siempre lo mismo: ¡Delenda est Cartago!, ¡Cartago debe ser destruida! Si no se destruía al enemigo, Roma jamás tendría descanso, y viviría con la amenaza permanente de los cartagineses.
De hecho, se materializó la Tercera Guerra Púnica. Escipión Emiliano, descendiente del general que había salvado a Roma en los tiempos de Aníbal, condujo la última Guerra Púnica, los hombres y la ciudad de Cartago sufrieron un duro castigo, los romanos saquearon, quemaron y arrasaron Cartago hasta los cimientos y luego que ésta desapareciera convertida en un montón de ruinas humeantes, los romanos pasaron el arado, sembraron con sal, y maldijeron esa tierra para siempre.
Roma acabó para siempre con su enemigo y quedó como dueño absoluto de toda la cuenca occidental del Mediterráneo. Es lo mismo que aconseja Maquiavelo hacer con el enemigo, obviamente que Maquiavelo era un genio como pensador político y Sun Tzu no. Este libro está centrado en tácticas que tienen mucho que ver con el entorno natural, geográfico, propio de las guerras del pasado, muy dependiente de lo geográfico lo que luego se llamaría Geopolítica.
Y que de manera reduccionista y abusiva se sigue llamando así a los conflictos o guerras entre Estados. Los factores climáticos o geográficos actualmente tienen escasa incidencia. La actual tecnología en la industria militar, en indumentaria, armamentos, alimentos, transportes militares, misiles intercontinentales, satélites, las comunicaciones, drones, reduce notablemente la importancia de lo geográfico. Por tanto, seguir llamando «geopolítica» al enfrentamiento entre estados en tiempos de ciberguerra es un desatino.
En 1643 Miyamoto Musashi escribe El libro de los cinco anillos, en franca referencia a la Tierra, Agua, Viento, Fuego y Vacio, los cinco elementos del Universo del Budismo. Musashi fue un guerrero famoso del Japón feudal, autor de este conocido tratado sobre artes marciales. Probablemente nació en 1584, en Miyamoto. Musashi es conocido por los japoneses como Kensei, es decir, «esgrimista divino» o «Santo de la espada».
Los discípulos de Miyamoto escribieron muchas de sus proezas en el Niten Ki o Crónica de los dos cielos. Trata no sólo del combate individual con espada, sino del uso de la táctica en cualquier situación. El libro no es una tesis de estrategia, según el mismo Musashi: «es una guía para hombres que quieren aprender la estrategia», escribió sobre los diversos aspectos del Kendo, de tal forma que cada uno puede estudiar según su nivel.
Dicen que los empresarios japoneses usaron o usan su libro como manual de gestión empresarial, desarrollando campañas de ventas tan agresivas como si fuesen operaciones militares. «Las historias no son más que sucesos contados y escritos a conveniencia de los autores, llenas de mentiras y verdades. Así se describe la historia que nos enseñan», es una frase que pertenece a Musashi.
Y muchos sostienen que en su caso se ha cumplido, se dicen muchas cosas reales de él mezcladas con leyendas. Tanto que es difícil distinguir qué cosas son verdad de todo lo que se cuenta de este mítico guerrero solitario.
El Artha-shastra es un antiguo tratado indio acerca del arte de gobernar, la política económica y la estrategia militar. Al autor se lo identifica en el libro por los nombres de Kautilia y Visnú Gupta, que tradicionalmente se identifica con Chanakia Pandit (350-283 a.c.), quien fue un erudito paquistaní de Taksila y luego primer ministro del reino Mauria.
Este tratado, el Artha-shastra, aboga por una gestión autocrática de una economía eficiente y sólida. Se discute la ética de la economía y los deberes y obligaciones de un rey. Muchos consideran una obra importante y fundamental, pero creo que es exagerada tal consideración.
En cambio, la importancia que tiene para la guerra es la obra de Eneas el Táctico (siglo IV a.c.) ya que fue el primer griego que escribió sobre el arte de la guerra, según Eliano el Táctico y Polibio, escribió varios tratados sobre la guerra. Es el primer tratado conservado sobre táctica militar de la literatura occidental. El único existente y que nos llegó como Poliorcética o Comentario táctico sobre cómo deben defenderse de los asedios, trata de los mejores métodos para defender una ciudad fortificada.
La Poliorcética son tácticas (más que estrategias), la estrategia nos llevaría a una metodología Alfa (donde hay componentes más objetivos). Eneas nos habla de tácticas para evitar los asedios, que tipos de contraseñas usar, como resguardar la ciudad. Tiene más de cuarenta apartados que se refieren a la táctica. Eneas el que escribió el libro tiene que ver con el capitán citado en la Anábasis.
Eneas fue contemporáneo de Jenofonte, identificado con el estratego arcadio de la liga de Arcadia, Eneas de Estinfalo. Jenofonte menciona también a otro oficial Eneas, del contingente de los Diez Mil, se puede especular que ambos eran familiares. Jenofonte dirigió y describió la famosa «La retirada de los diez mil», Jenofonte logró conducir con éxito de regreso hasta su patria, a los diez mil guerreros griegos desde Persia.
Una brillante retirada con gran pericia táctica y estratégica, que perdurará en la memoria y en el estudio de los lectores por siglos. Jenofonte estaba con ellos casi por casualidad como él lo confiesa, pero después de la muerte de los caudillos del ejército griego fue uno de los cinco nuevos jefes que se eligieron y que dirigieron la inmortal retirada. Describió minuciosamente los países que atravesaron y trazó cuadros completos de las costumbres y del carácter de sus moradores. También escribió sobre táctica y una novela histórica Ciropedia.
El libro de Polieno llamado Estratagemas está compuesto por ocho libros. Polieno (siglo II), macedonio pero ciudadano romano, ejerció como abogado en Roma al servicio de Marco Aurelio. Polieno ofrece estratagemas para hacer frente a las sublevaciones bárbaras de los Partos, Persas o los Armatas y los germanos. La Partia actual es la provincia iraní de Jorazán dividida en tres. Las guerras que libran los romanos contra los bárbaros que asedian los limes, corresponde a la «guerra de género uno», según la clasificación sobre los distintos tipos de género de la guerra.
En los ocho libros, se refiere a las habilidades de los grandes generales tanto griegos como romanos. Lo curioso es que empieza esos libros de la misma manera. Por ejemplo, en la introducción del libro primero: «La victoria contra los persas y partos, sacratísimos emperadores Antonio Ibero, la obtendréis con la ayuda de los dioses, de vuestra virtud y del valor de los romanos».
El concepto de dioses ya supone como en todos los tratados de guerra, lo que llamaríamos la defensa de la capa cortical, hay una superposición entre ese componente político-militar y un componente antropológico, que tiene que ver con el eje angular. El manto que protege esa corteza es la religión. El libro de Polieno es muy valioso para conocer la historia militar de la antigüedad.
El arte de la Guerra de Maquiavelo, tiene mucho de componente medieval, se sitúa en la ciudad de Florencia y su punto de vista es la ciudad-estado, la defensa de la ciudad-estado de los bárbaros como los suizos y germanos, se sitúa al margen de la lucha de los imperios. Es un libro extraordinario desde el punto de vista de la operatoria, enseña cómo debe desplazarse el ejército para atacar de una forma u otra. Pese a ello no hay componentes propios de la edad contemporánea, introduce la artillería como arma moderna. Testigo del desorden en la milicia por culpa de los jefes de los bandos asalariados (mercenarios) y de los soldados aventureros, quiso demostrar la necesidad de tener ejércitos nacionales y disciplinados.
Los Comentarios sobre la guerra de las Galias (en latín, De bello Gallico) de Julio César, fue redactada en tercera persona. En ella Julio César redacta las batallas e intrigas que sucedieron durante su lucha contra los ejércitos o tropas bárbaras, que se oponían a los romanos en las Galias. César se presenta respetuoso con el Senado y la legalidad republicana, que actúa conforme a la voluntad del Senado. Cuenta su resistencia física, su adaptación a la dureza de la guerra, su relación con sus camaradas, resaltando sus dones, la audacia, la reflexión, sus habilidades diplomáticas, y un conjunto de valores que conforman a un líder carismático. La narración de Julio Cesar es recomendable leer.
Existen muchos libros sobre la guerra, pero no exceden en mucho a su enfoque primario o etológico, la mayoría de ellos son ricos en táctica, es decir metodología Beta. La estrategia militar es el planteamiento utilizado por las organizaciones militares para intentar alcanzar los objetivos fijados. Y ella se ocupa del planeamiento y dirección de las campañas bélicas, así como del movimiento y disposición estratégica de las fuerzas armadas.
El padre de la estrategia militar moderna, Carl von Clausewitz, la definió como «el empleo de las batallas para conseguir el fin de la guerra». Dando primacía a los objetivos políticos sobre los objetivos militares, apoyando el control civil sobre los asuntos militares.
La literatura sobre la guerra es un género muy cultivado, hay también géneros sobre la guerra pero que tienen que ver con la historia, pero sabemos que la historia a su vez nos remite no sólo a metodologías beta sino también a metodologías alfa. Existen otros materiales que nos proporcionan las autobiografías o biografías, los reporteros, las crónicas sobre la guerra, algunos se convirtieron en novelistas, un ejemplo de esto es Arturo Pérez-Reverte y su novela Cabo Trafalgar.
Por esta novela Pérez-Reverte fue condecorado con la Gran Cruz al Mérito Naval, la más alta distinción otorgada por la Armada Española a un civil. La novela está inspirada en la batalla de Trafalgar, y expone minuciosamente los nombres, los barcos, las tácticas, siguiendo una rigurosa documentación histórica.
El material es abundante sobre la guerra, no solo del pasado sino del presente. Aunque estas guerras del presente nos llevan a acontecimientos del pasado, ya que existe una concatenación de guerras. Los periodistas en general están imbuidos en los horrores de la guerra, se ponen en la perspectiva ética o psicológica, y no ven la perspectiva política.
La filosofía de la guerra, está marcada por la filosofía académica como en la obra de Platón, en la República nos ofrece una discusión sobre las causas de la guerra, su posición es idealista. Pero en otro diálogo Laques o del valor (Laques es un famoso general ateniense que participó en las guerras del Peloponeso), en la que se discute el valor militar y sus componentes. La conclusión es que el valor no puede estar al margen de la razón.
Prusia, llamada asi en ese entonces, es el país de Carl von Clausewitz, y debe enfrentar a la invasión napoleónica, en su libro De la guerra, está ejercitando la idea de nación política, la idea de Estado constituido a sangre y fuego. En ella hace referencias al Imperio español, a Carlos V, a Alejandro de Farnesio, en Clausewitz está funcionando la idea de Imperio no solo la de nación. El prusiano fue además de estudioso, un militar que ejerció su oficio.
Su libro tiene tres partes, la primera consta de cuatro libros y en ella nos habla desde una perspectiva alfa-operatoria, es decir una teoría de la guerra que tiene un carácter estructural, genérico, que no tiene en cuenta solamente las tácticas, las batallas parciales, sino una teoría de la Guerra y nos lleva en ese libro al contexto de la teoría de juegos, que nos remite a las metodologías beta-operatoria, que tiene que ver con tácticas de carácter defensivo. La tercera parte consta de dos libros, en ella aparece un Clausewitz más filosófico, hace un regressus desde las tácticas defensivas (plano beta), hacia contextos envolventes alfa-operatorios.
El filósofo de la Guerra, Carl von Clausewitz.
Se refiere a lo que tiene que ser la estrategia general, entendiendo la guerra como un arma política. El libro ocho es el plan de la guerra, ya que debe tener un plan interno, no es cuestión de batallas, debe existir una estrategia de carácter político- militar. Finalmente desarrolla un teorema según el cual la guerra es la continuación de la política. Pero no por el fracaso de la política, que es lo que dice erróneamente Raymond Aron, en Pensar la guerra.
Clausewitz tiene una concepción materialista del Estado, un Estado tiene una capa cortical y esta capa no solo es el ejército, es también el poder determinante y el poder estructurativo. Y cuando el poder determinante que es la diplomacia no puede hacer más, cuando el determinante no puede determinar el fin de un conflicto de intereses, el paso siguiente es ascender a los ejércitos, que entonces toman la palabra y realmente determinan.
Interviene otro poder, no porque haya fracasado la diplomacia sino porque tiene su funcionalidad. La diplomacia no desaparece sigue funcionando, incluso tiene mucho que hacer una vez terminada la guerra. A veces, como en Crimea y las zonas de influencia rusas de Ucrania, Putin envió soldados sin uniformes para tomarla (hecho consumado), para luego usar el poder diplomático.
Raymond Aron, cree que Clausewitz es una derivación de El espíritu de las leyes de Montesquieu. Montesquieu habla de la guerra en dos de sus capítulos, pero lo hace desde una perspectiva jurídica, habla de las leyes para las guerras ofensivas y defensivas y habla de la guerra justa. Para Clausewitz no se trata de justas o injustas, sino que la guerra es la continuación de la política.
John Locke en su Ensayos sobre el gobierno civil, en el capítulo tercero, habla del estado de la guerra, pero lo contrapone al estado natural, al de la voluntad natural que considera a la guerra como una desviación o un déficit a corregir. «Los gobiernos no pueden originarse primitivamente sino de manera que acabamos de explicar, que las sociedades políticas no pueden fundamentarse en nada que no sea el consentimiento del pueblo», es decir el consenso.
«Sin embargo son tan grandes los defensores que la ambición ha acarreado al mundo que, en el estruendo de la guerra, que ocupa una parte importante de la historia del género humano, suele tenerse muy poco en cuenta ese consentimiento».
Nos quiere decir Locke, que la guerra no tiene nada que ver con la constitutio de un Estado, su posición es idealista completamente, detrás de todo esto está la teoría contractual, el pacto social (que viene del Contrato social de Rousseau), por tanto la guerra no está justificada ni legitimada, pues, no se puede instaurar un gobierno a base de la fuerza y las ramas, sino por otros procedimientos, de volver a lo natural, como si en lo natural o ese supuesto paraíso, la agresión etológica no hubiese estado presente.
Todos los estados del mundo tienen su origen en las guerras y las caídas de los imperios. El enfoque empleado por Clausewitz es el típico del realismo político. En la guerra la bondad sobra, está de más. Hay que saber luchar y combatir por todos los medios a nuestro alcance.
«Las almas filantrópicas podrían fácilmente pensar que hay una manera artificial de desarmar o derrotar al adversario sin causar demasiadas heridas, y que esa es la verdadera tendencia del arte de la guerra. Por bien que suene esto, hay que destruir semejante error, porque en cosas tan peligrosas como la guerra, aquellos errores que surgen de la bondad son justamente los peores. Dado que el uso de la violencia física en todo su alcance no excluye en modo alguno la participación de la inteligencia, aquel que se sirve de esa violencia sin reparar en sangre tendrá que tener ventaja si el adversario no lo hace. Con eso marca la ley para el otro, y así ambos ascienden hasta el extremo sin que haya más barrera que la correlación de fuerzas inherente».
Por esto a diferencia de Sun Tzu, Carl von Clausewitz afirma: «No queremos saber nada de generales que vencen sin sangre humana». La guerra es la continuación de la política por otros medios, dice.
«Vemos pues que la guerra no es sólo un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación del tráfico político, una ejecución del mismo por otros medios. Lo que sigue siendo peculiar de la guerra se refiere tan sólo a la naturaleza singular de sus medios. El arte militar en su conjunto, y el general al mando en cada caso concreto, pueden exigir que las direcciones e intenciones de la política no entren en contradicción con esos medios, y probablemente esa pretensión no sea pequeña; pero, por mucho que influya en algún caso sobre las intenciones políticas, siempre habrá de pensarse tan sólo como una modificación de las mismas, porque la intención política es el fin, la guerra el medio, y nunca puede pensarse el medio sin el fin».
Un general es como el político o el filósofo. Su actividad es de segundo grado que presupone la existencia previa de otras actividades humanas.
«El general no tiene por qué ser ni un erudito estadista ni historiador ni publicista, pero tiene que estar familiarizado con la vida superior del Estado, las orientaciones implantadas, los intereses suscitados, las cuestiones pendientes, y conocer y valorar correctamente a las personas que actúan en ella; no necesita ser un fino observador del ser humano, ni un sutil disecador del carácter humano, pero tiene que conocer el carácter, la forma de pensar y costumbres, los peculiares defectos y ventajas de aquellos a los que ha de mandar».
El gran mérito de Clausewitz fue haber separado lo político de las consideraciones psicológicas sobre la guerra. Afirmaba Raymond Aron que: «La guerra es de todos los tiempos históricos y de todas las civilizaciones». Por lo tanto, es un fenómeno político y social fundamental, central en el análisis de lo político y del Estado, y es desde el Estado la escala desde donde debe medirse la guerra. Cuando hablamos de saberes previos a la filosofía hablamos de conceptos y, cuando hablamos de filosofía hablamos de ideas, por eso debemos hablar de la idea de guerra y su tratamiento es filosófico.
La idea filosófica de la Guerra que proponemos se apoya en las categorías políticas, y esta idea filosófica de la guerra no puede estar encerrada en una categoría determinada. Esta idea desborda a otras categorías pero no prescinde de ellas. Las desborda incorporándolas a través de lo que llama Gustavo Bueno Martínez, «inversión antropológica».
«La idea filosófica de la guerra se dibuja, desde luego, en el espacio antropológico, y más precisamente, como hemos dicho, en el eje circular de este espacio. Pero en este eje se constituyen diversas categorías, a su vez mas o menos cerradas, desde el punto de vista gnoseológico, tales como las categorías de la antropología, las categorías religiosas, las categorías tecnológicas, las de la sociología, las categorías políticas, las categorías de la economía doméstica y política, las históricas, etc. Desde cada una de estas categorías circulares del espacio antropológico, se instituyen análisis científicos, o cuasi científicos, de la guerra muy diferenciados. Por ejemplo, los antropólogos clásicos (desde Morgan o Tylor) subrayan, como criterio distintivo de las guerras humanas respecto de las luchas animales, la utilización de instrumentos específicos (armas tales como flechas, puñales, mazas, y después, añadiremos, armas de fuego, catapultas, elefantes, carros de combate o misiles inteligentes); los economistas estudiaran las premisas y las consecuencias económicas de las guerras desde el punto de vista de las economías nacionales de los contendientes y aun de la economía internacional globalizada.
Sin embargo, que la idea filosófica materialista de la guerra no puede circunscribirse a una categoría determinada, no quiere decir que pueda «sobrevolarla» o, a lo sumo, que puede consistir en una coordinación neutral, enciclopédica, de todas ellas. Sin duda, la coordinación es imprescindible; pero esta coordinación podrá, o necesitará, llevarse a efecto si perjuicio del reconocimiento del hecho de que el núcleo esencial d la idea filosófica de la guerra actúa o gravita antes en alguna categoría que, en otra, sin por ello circunscribirse a aquella. En algún sentido, podría decirse que el juicio filosófico de cada guerra no consiste tanto en «desbordar» a todas las categorías antropológicas, sino en determinar cuál sea la categoría que tiene mayor peso y cómo desde ella se involucran las restantes.
Cabría, según esto, clasificar las múltiples teorías filosóficas de la guerra en función de la categoría que ellas consideren o utilicen, de hecho, como asiento de lo que ellas entienden como núcleo esencial de la idea de guerra. Habrá teorías filosóficas de la guerra de orientación etológica (de la que hemos hablado), pero también teorías de orientación antropológica, o bien teorías de orientación económica (las teorías del materialismo económico), o bien teorías de orientación religiosa o cultural (la teoría de Toynbee o de Samuel Huntington), o, por último, teorías de orientación política (cuya línea pasa por Maquiavelo y Clausewitz). Cada una de las ideas dibujadas por estas teorías habrá de contener obviamente un esquema capaz de dar cuenta de la incorporación al «núcleo» de los materiales procedentes de otras categorías con los cuales habrá que construir el «cuerpo» de la propia idea de guerra». (…)
«La guerra es un fenómeno antropológico», esta afirmacion quiere tener, ante todo, el alcance propio de una cuestión de hecho. Asi se le presentaba la guerra a P. Sorokin cuando constataba en su Dinamica social y cultural (Boston, 1957) que a lo largo de la historia de once Estados europeos, durante periodos de 275 a 1.025 años, tales Estados habían estado afectados por acciones militares durante el 47% del tiempo, un año cada dos; el 28% correspondia a Alemania, y el 67% a Espana. La guerra es un hecho que aparece una vez constituido el Estado; un hecho derivado «sinteticamente», no analiticamente, de la «composición» de un Estado con otros Estados, o con sociedades de rango más bajo». (…)
«La teoría politica de la guerra se resistirá a admitir que los hombres «deban ir a la guerra» impulsados por un imperativo categórico, estrictamente humano o personal menos aun por un imperativo etológico; ellos deben ir a la guerra en virtud de un imperativo político, es decir, por imperativo del Estado del que son miembros». (…)
«La guerra es un hecho derivado de las exigencias que un Estado ya constituido experimenta para mantener su equilibrio dinámico, o su «identidad», ya sea defendiéndose, ya sea atacando a otros Estados o a otros Pueblos. Con esto queremos decir que la guerra es un hecho que presupone al Estado; y ello al margen de cualesquiera que sean las causas del Estado mismo.
Se trata de un hecho que podría ser equiparado al hecho, también antropológico, de que, a partir de un determinado estado de su evolución, los hombres hayan desplegado «la conducta de leer». Esta conducta existe porque existen libros escritos, y se convierte en una conducta prácticamente universal a todos los hombres (por tanto, una «conducta antropológica» de carácter general, durante un largo intervalo de tiempo histórico), a partir del momento en el cual la imprenta pudo poner los libros en las manos de la mayoría de las personas. Puede afirmarse, por tanto, que si los hombres leen libros es porque hay libros. Y esto lo entendemos como un hecho, cualquiera sea que sea el origen del libro o de la escritura. Asimismo, diríamos, los hombres van a la guerra porque hay Estados distribuidos a lo ancho de toda la superficie terrestre. Y si la guerra procede del Estado, ¿qué sentido podría tener el poner a la Guerra, o al deseo o a la necesidad de Guerra, como causa del Estado? Parecido sentido al que tendría el poner la lectura, o al deseo o a la necesidad de leer, como causa de los libros». (…)
«En realidad, ninguna idea de la guerra, aunque se apoye en una categoría mejor que en otra, puede prescindir de estas involucraciones con otras categorías. Por ejemplo, una idea de guerra de orientación religiosa, que sitúe como germen y motor de las guerras, a las ideas religiosas en conflicto de los contendientes, no tendrá que ignorar lo componentes políticos o económicos necesarios para que estos contendientes puedan entrar en guerra, pero subordinará todos esos componentes a los «intereses religiosos». (…)
«Las explicaciones de las Cruzadas como guerras impulsadas por el objetivo de rescatar Jerusalén tras la conquista musulmana, no podrá ignorar la necesidad que tuvieron los organizadores de allegar recursos económicos y hacerse con ayudas políticas que debieron movilizarse, pero estas movilizaciones (limosnas, apoyo de los Reyes, etc.) serian interpretadas como instrumentos o medios necesarios para conseguir el objetivo puesto en marcha por los «motores religiosos» de tales fuerzas». (…)
«Cuando oponemos a la idea religiosa de la guerra una idea política o económica, no lo haremos moviéndonos en el terreno ideológico o psicológico. No diremos, por ejemplo, que los «objetivos religiosos» de los contendientes no son, hoy al menos, otra cosa sino pretextos de los intereses económicos o políticos de Bush II, o de Osama Ben Laden; y que, aunque no fueran pretextos deliberados, sí serían disfraces ideológicos de los auténticos intereses económicos. Desde nuestro punto de vista nos será, hasta cierto punto, indiferente que estos pretextos o ideologías tengan o no un importante peso motor, incluso podremos comenzar concediendo que lo tienen apreciable.
Lo que la idea de orientación política de la guerra subraya es sólo esto, que los ideales religiosos de las Cruzadas, o las de la Yihad, no podrían haber ejercido ningún papel motor si no hubieran canalizados por determinados Estados políticos, tales como el Reino de Francia, el de Inglaterra o el Papado, durante las cruzadas medievales; o bien, los Estados de Irak o de los Estados Unidos de América en nuestra época. En consecuencia, la idea filosófica de la Guerra que estamos exponiendo no necesita subestimar sus componentes religiosos o económicos, pues lo que ella quiere establecer es que estos componentes solo pueden alcanzar su eficacia bélica a través de los Estados políticos contendientes».
Gustavo Bueno. La vuelta a la caverna. Terrorismo, Guerra y Globalización.
Es imposible la paz perpetua entendido no en sentido positivo político-militar, sino como un idealismo, no es posible la paz perpetua kantiana a menos que creamos en el Fin de la Historia. Las guerras tienen siempre un substrato básico material ligado a la capa basal, a la capa cortical, y que los Estados o sociedades políticas se enfrentan porque siguen manteniendo intereses no satisfechos.
Después de Carl von Clausewitz no hay mucho que inventar sobre la guerra, el militar prusiano captó la esencia de la guerra. «La guerra es un acto de violencia destinado a obligar al adversario a ejecutar nuestra voluntad». Es un acto político y se expresa con toda claridad la esencia de lo político: la dominación del hombre por el hombre. Por esto, von Clausewitz subraya siempre la importancia del mando, no solamente militar, sino estatal, porque la guerra es un resultado de lo político. La guerra no es un fin en sí misma, sino un medio para conseguir fines políticos.
Una vez más repito a Carl von Clausewitz:
«Las almas filantrópicas podrían imaginarse fácilmente que hay una manera artificial de desarmar y vencer al adversario sin derramar demasiada sangre, y que a ello aspira el arte verdadero de la guerra. Por deseable que esto parezca, es un error que se hace preciso eliminar. En un asunto tan peligroso como la guerra, los errores debidos a la bondad del alma son precisamente lo peor. Como el empleo de la fuerza física en su integridad no excluye en absoluto la cooperación de la inteligencia, aquel que abuse sin piedad de esa fuerza y no retroceda ante una efusión de sangre, adquirirá ventaja sobre su adversario, si éste no opina igual que él».
Libro I, cap. I. Parte I.
4 de agosto de 2017.